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Crítica / Dos voces, dos momentos: Beczala y Lewek en la gala lírica del FIS - por Darío Fernández Ruiz

Santander - 23/08/2026

Fueron tantos los vítores, tan cerrada la ovación y tantos los espectadores que se pusieron en pie para aplaudir a los cantantes al término de su actuación, que el balance de la gala lírica del Festival Internacional de Santander no admite demasiadas dudas: Piotr Beczala y Kathryn Lewek obtuvieron un éxito incontestable en un programa construido sobre algunas de las páginas más frecuentadas del Romanticismo italiano y francés. Pero, más allá de la inmediata eficacia de arias y dúos concebidos para provocar precisamente esa respuesta, la velada tuvo otro interés: permitió observar de cerca dos instrumentos vocales muy diferentes y dos maneras igualmente distintas de administrar sus posibilidades.

El caso de Piotr Beczala resulta particularmente interesante porque su trayectoria constituye casi un ejemplo de manual de evolución vocal. Lejos queda aquel tenor de medios ligeros y timbre plateado que cimentó su carrera en Mozart. Con los años, el instrumento ha ganado anchura, densidad y peso, permitiéndole desenvolverse con autoridad en cometidos de lírico pleno e internarse incluso en papeles que requieren considerable empuje, desde varios Verdi (léase su Aida en el Teatro Real hace no tanto) hasta Lohengrin.

Ese recorrido se escucha hoy en la voz. El esmalte juvenil ha cedido inevitablemente parte de su tersura, pero a cambio permanece un instrumento pastoso, timbrado, extenso y de considerable volumen, con una emisión bien asentada y una proyección que adquiere especial eficacia en el tercio superior. Sí, hay algún estrangulamiento puntual, pero en general la cobertura del pasaje está sólidamente resuelta y el ascenso hacia el agudo se produce sin alteraciones sustanciales de colocación: de hecho, conservan cuerpo, vibran con libertad y alcanzan la sala con esa cualidad restallante que continúa siendo uno de los grandes activos del tenor polaco.

Beczala posee además un control respiratorio de primer orden. Sabe sostener frases amplias, administrar el fiato y recurrir a la media voz sin que el sonido pierda completamente su núcleo, aunque no siempre explote esas posibilidades. De hecho, no es que frecuente, sino que a menudo se instala en la franja dinámica que hay entre el forte y el mezzoforte y el fraseo y su variedad, claro está, se resienten. Tampoco han desaparecido ciertos ataques mediante golpe de glotis aquí y allá que perjudican un legato que de otro modo, cuando la emisión discurre libremente, puede ser excelente.

No son reparos capaces de cuestionar una actuación de notable categoría. En La traviata, La bohème y, sobre todo, Carmen, Beczala exhibió oficio, seguridad y una comunicación directa que nunca necesita recurrir a excesos expresivos. La dicción fue nítida, la línea estuvo bien gobernada y los agudos aparecieron con una facilidad que por momentos parecía desafiar la lógica y el sentido común. En Che gelida manina administró con inteligencia la progresión hacia el clímax y en O soave fanciulla encontró junto a Lewek una expansión lírica particularmente feliz.

Más accidentada resultó la escena de la tumba de Lucia di Lammermoor. Una desafortunada intervención del metal y, casi simultáneamente, el sonido de un teléfono móvil provocaron un instante de desconcierto que hizo vacilar al tenor. La recuperación fue inmediata, aunque produjo una curiosísima contaminación textual: Beczala sustituyó momentáneamente el verso donizettiano «rispetta almen le ceneri» por el «fra quelli estremi aneliti» de Ah, sì, ben mio, de Il trovatore. Más que la anécdota en sí, interesó la capacidad del cantante para recomponer casi instantáneamente la línea musical y continuar sin que el incidente condicionara el resto de la interpretación ni, juraría, buena parte del público se diera cuenta. Qué maestría.

El caso de Kathryn Lewek es muy distinto. Si Beczala mostraba el resultado de un instrumento que ha ido adquiriendo peso con los años, la soprano estadounidense fundamentó su actuación en la flexibilidad, la precisión y un dominio técnico extraordinariamente refinado. Diecisiete días después de su triunfal Reina de la Noche en La flauta mágica inaugural del Festival, confirmó que aquellas virtudes no pertenecían exclusivamente al territorio de la coloratura mozartiana.

Lewek posee un timbre atractivo, luminoso sin resultar acerado y dotado de una cálida vibración que individualiza inmediatamente el sonido. La emisión es franca y permanece sostenida sobre el aliento; la afinación, de una seguridad excepcional; y la agilidad se articula con limpieza incluso cuando la escritura obliga a encadenar rápidas figuraciones, saltos interválicos y ascensiones hacia el sobreagudo. Pero quizá resulte aún más interesante su capacidad para colorear la línea mediante reguladores cuidadosamente graduados. No se limita a ejecutar las notas: modela dinámicamente la frase.

Así pudo apreciarse en Regnava nel silenzio, Caro nome y Sempre libera, donde las filigranas, picados y escalas conservaron definición sin adquirir nunca carácter puramente mecánico. Particularmente impresionante fue la gestión del aliento en el prolongado «gioir» que precede a la cabaletta verdiana. El virtuosismo encontraba allí su verdadera justificación: no como exhibición atlética, sino como intensificación del estado emocional del personaje.

Aún más reveladora resultó Micaela. En «et tu lui diras que sa mère songe nuit et jour à l’absent», Lewek desplegó un legato de gran calidad, apoyado en una respiración larga y en sutiles modificaciones del color. La voz pareció tornasolarse dentro de una misma frase sin perder nunca la continuidad de la emisión. Fue uno de esos momentos en los que técnica y expresión dejan de percibirse como categorías diferentes. Lástima que no evitase el portamento tradicional en el «Seigneur» final.

El reverso del instrumento apareció en el extremo grave. Allí la soprano tiende ocasionalmente a reforzar el apoyo para otorgar al sonido una consistencia que la naturaleza de la voz no siempre proporciona, y alguna nota perdió proyección y homogeneidad respecto del centro. La circunstancia se hizo más perceptible cuando la densidad orquestal aumentaba. Es, en cualquier caso, una limitación localizada que apenas afecta a un instrumento muy bien organizado.

La Orquesta Sinfónica de Bilbao, dirigida por José Miguel Pérez-Sierra, cumplió eficazmente la función esencial de una gala de estas características: acompañar, respirar con los cantantes y proporcionarles una base suficientemente flexible para el despliegue vocal. Hubo momentos, sin embargo, en los que el plano orquestal adquirió una contundencia excesiva, comprometiendo entonces el equilibrio con las voces.

En los dos fragmentos exclusivamente instrumentales —la obertura de La forza del destino y el intermedio de Manon Lescaut— la formación pudo mostrarse con mayor autonomía. La lectura fue sólida y teatralmente eficaz, aunque sin alcanzar el grado de refinamiento tímbrico, precisión de ataques y transparencia de planos que otras formaciones han mostrado recientemente en la Sala Argenta. Pérez-Sierra dirigió con atención constante al escenario y buen conocimiento de las necesidades respiratorias de los solistas, virtud que en una gala lírica importa bastante más que cualquier pretensión de protagonismo sinfónico.

El programa tenía, además, la inteligencia de permitir escuchar distintas maneras de entender la vocalidad romántica. Desde la ornamentación belcantista de Donizetti hasta la expansión melódica de Puccini, pasando por el canto verdiano o la declamación francesa, Beczala y Lewek recorrieron un siglo en el que la creciente exigencia de verdad dramática transformó progresivamente la relación entre técnica vocal y expresión. En este sentido, el contraste entre los dúos Verranno a te sull’aure y O soave fanciulla siempre es revelador: dos voces de naturaleza muy distinta consiguieron equilibrarse mediante la calidad del legato y la administración de las dinámicas, hasta culminar en agudos de espectacular efecto, aunque el camino que sus autores siguieron es distinto: en el caso de Donizetti, el agudo es la culminación del énfasis dramático postrossiniano; en Puccini, surgen de la conversación, se expanden de manera casi imperceptible y vuelven a disolverse en el flujo de la acción.

Con las tres páginas de Puccini llegó inevitablemente el punto de máxima temperatura emocional. Che gelida manina y O soave fanciulla permitieron a Beczala explotar la amplitud actual de su instrumento y a Lewek oponerle una línea más etérea y flexible. Ambos comprendieron además algo fundamental en esta música: la necesidad de permitir que la frase se expanda sin confundir expansión con pesantez. El resultado tuvo la elocuencia inmediata que Puccini exige y el público respondió en consecuencia.

Las tres propinas confirmaron el clima alcanzado: el espiritual He’s Got the Whole World in His Hands, Amor ti vieta y, finalmente, el inevitable brindis de La traviata. A esas alturas la gala había abandonado ya cualquier pretensión de distancia entre escenario y sala y se había convertido en aquello que este tipo de celebraciones busca deliberadamente: una ceremonia colectiva del canto.

En definitiva, puede discutirse algún ataque de Beczala, cierta tendencia a la uniformidad dinámica, la limitada consistencia del grave de Lewek o una prestación orquestal menos refinada que otras escuchadas recientemente en el Festival. Son observaciones necesarias precisamente porque ambos cantantes permiten, incluso imponen, una escucha exigente. Pero el balance permanece intacto. Beczala exhibió la solidez de una técnica que ha sabido acompañar la evolución y el ensanchamiento de su instrumento; Lewek, una combinación poco común de agilidad, musicalidad y control dinámico. Y ambos demostraron que, cuando el dominio técnico se pone al servicio de la frase, incluso la más consabida antología de arias puede recuperar algo de la verdad dramática para la que esas páginas fueron escritas. El público lo entendió antes de que terminara la última nota. Y lo celebró puesto en pie.

Darío Fernández Ruiz

 

Arias, dúos y fragmentos orquestales de Verdi, Donizetti, Bizet y Puccini

Piotr Beczala (tenor) y Kathryn Lewek (soprano)

Orquesta Sinfónica de Bilbao

José Miguel Pérez-Sierra, director

75º Festival Internacional de Santander

Sala Argenta del Palacio de Festivales de Cantabria

 

Foto © FIS / Pedro Puente

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