La Nacional es, ante todo, obediente. Un director llega a ella sabiendo que el resultado va a ser más que digno y que sus miembros van a intentar ser fieles a sus órdenes. Para bien o para mal. El concierto del Ciclo Sinfónico de este fin de semana ha resultado una prueba evidente de esto.
Dirigía Pablo González, un trabajador incansable que, además, posee conocimientos profundos de la materia. Un director debe poseerlos, por supuesto, pero ante todo debe llevar la teoría a la práctica para que los pensamientos se conviertan en resonancias. En esta jornada, la praxis no pareció traducir las ideas sólidas que seguramente habitasen en la mente de González. De principio a fin, con cualquiera de las páginas ejecutadas, encontramos los mismos defectos. En primer lugar, una falta absoluta de dirección en los discursos; las frases y diferentes partes de cada composición aparecieron yuxtapuestas, sin ningún sentido; nada de pulir transiciones, dialogar entre fragmentos o enfrentarlos.
Si esta amalgama de episodios hubiese contenido momentos de delectación tímbrica, no habría habido problema, pero es que tampoco hubo cuidado acústico: los desequilibrios reinaron durante toda la velada, y cada familia consiguió pisar a las demás en un momento u otro. De aquí surge otro problema: un sonido muy poco interesante, a veces casi desagradable, en la mayor parte del evento. Alcanzar el fortissimo significó atronar, y buscar un efectismo algo burdo. Cabría la posibilidad de que la orquesta actuara con dejación, sin cuidado alguno, de ahí el caos y el desequilibrio. Pero no. La formación se limitó a cumplir órdenes, y lo hizo con la lealtad al podio que siempre demuestra. Por esa razón se vio a estos profesionales sudando entre velocidades imposibles (en ocasiones, costaba pasar las páginas) y volúmenes dolorosos. Como ya he señalado, de principio a fin de la velada.
Esta se abrió con dos Salmos de Lili Boulanger, los números 24 y 129. La compositora tuvo que enfrentarse a dos obstáculos enormes en vida: la misoginia y la enfermedad. El primero ha devorado la estela de tantas y tantas creadoras. El segundo devoró su salud. Hay que celebrar que sus obras sean rescatadas e interpretadas ya que, en las pocas páginas que legó a la posteridad antes de fallecer con 25 años, se muestra una música de enorme interés, perfectamente construida desde la inquietud de una generación poco convencional.
La vehemencia con que se abrió el 24 se convirtió bien pronto en esa jauría de decibelios que marcó los fortes de la noche. Las armonías, llenas de sutilezas como requiere la música francesa, quedaron huecas. Los metales se comieron a las cuerdas. Por suerte, ahí estuvieron el organista, Daniel Oyarzábal, y el (como siempre) impecable Coro Nacional para sacar algo de Boulanger del incendio. La sección coral brilló con una dicción impecable en este conjunto de piezas cuya dificultad radica, justamente, en lo apegado que se haya lo verbal a lo musical.
A continuación, tomó el relevo otro campeón francés: Claude Debussy. Pese a que el texto nos atragante a base de nombres místicos y auras celestiales, La doncella elegida resulta una obra interesantísima desde el punto de vista armónico, tímbrico y dramático. La zona orquestal continuó sin sacar partido de las resonancias. La vocal fue, felizmente, otra cosa. El coro, esta vez solo femenino, mantuvo su calidad. Y de esta formación justamente provienen las dos solistas. Ambas defendieron el sentido dramático de sus roles con emoción y unas voces que, por pura coherencia con la obra, vencieron a la masa orquestal desordenada. Beatriz Oleaga, con su timbre profundo, consiguió alzar un papel, el de recitante, en principio poco grato o lucido. Desde las alturas (metafóricas y vocales), Rebeca Cardiel triunfó como la Doncella incluso descendiendo a lo más oscuro del amor ausente.
La segunda parte la ocupaba la Quinta Sinfonía de Chaikovski. Sin lugar a dudas, una de las páginas más célebres y mejor construidas del autor (aunque él dudase de su criatura). Casi siempre significa éxito seguro, tanto por su belleza como por su discurso íntegro, muy bien trabado desde el primer hasta el último movimiento (gracias, entre otras cosas, al uso cíclico del tema principal). Casi siempre no es siempre, claro. Y en esta ocasión hubo éxito, sí, pero de un público de aplauso fácil. El éxito artístico fue otra cosa. Otra vez falta de sentido discursivo. Otra vez la lucha encarnizada entre instrumentos (recordé aquel lema de Los Inmortales: “Sólo puede quedar uno”); el pobre clarinete apenas pudo bracear entre las acometidas de las cuerdas al exponer el motivo inaugural. Otra vez efectos burdos, como media docena de clímax que se producían de manera repetitiva. La coda llegó a confundir la conmoción (esa cosa tan necesaria en el arte) con la ansiedad. Pero el público aplaudió muchísimo, porque a quién no le gusta un chim-pún de toda la vida.
En fin, esperemos que esta praxis descontrolada de una teoría sólida haya sido solo un accidente y que otros programas tan interesantes como este sean defendidos con mayor cuidado.
Una última observación, aunque no menos importante que todo lo anterior: la inmensa mayoría de profesoras salieron a escena en ropa informal. De esta manera, manifestaban su disconformidad con la política de vestuario que sufren desde hace un tiempo, con diseños que dificultan la interpretación y un material de mala calidad. Las razones de este desastre de sistema pueden deberse, creo yo, o a una mente ignorante de las necesidades técnicas o a una mente descuidada o a una mente de dudoso gusto o a una mente que quizá se esté llevando algún beneficio con prácticas oscuras al gestionar esta parte de presupuesto. Desde aquí, todo mi apoyo a las profesoras de la Orquesta Nacional.
Juan Gómez Espinosa
OCNE. Ciclo Sinfónico Temporada 2025/2026.
Obras de: Lili Boulanger (Salmo 24. De Jehová es la tierra; Salmo 129. Mucho me han angustiado), Claude Debussy (La doncella elegida, L. 62) y Piotr Ílich Chaikovski (Sinfonía núm. 5 en Mi menor, op. 64).
Intérpretes: Orquesta y Coro Nacionales de España, Pablo González (director), Miguel Ángel García Cañamero (director del CNE), Rebeca Cardiel (soprano) y Beatriz Oleaga (mezzosoprano).
Fecha y lugar: 23 de mayo de 2026. Auditorio Nacional de Música de Madrid (Sala Sinfónica).
Foto © Rafa Martín