La Opera Nacional de Holanda o “Stopera” en la jerga ciudadana, acaba de estrenar en Amsterdam una puesta de La doncella de Orleans de Tchaikovsky, con regie y escenografía de Dmitri Tcherniakov que comparte en coproducción con la Metropolitan Opera House de Nueva York.
La propuesta de este afamado regisseur es una estructura escénica giratoria que muestra la sala de un Tribunal donde se desarrolla el juicio de Juana de Arco. El estrado y las bancas giran para mostrar ángulos diferentes en un movimiento en sí mismo atractivo por la forma en que la enorme masa decorativa de estrado, bancas, y muros en imponente boiserie gira sobre sí misma a través de las diferentes escenas de la obra. Pero lo que ocurre adentro es tan confuso como la mente de una heroína que el regisseur presenta como una subversiva visionaria impulsada a la autodestrucción por una sociedad implacablemente reaccionaria.
La narrativa argumental concebida por el compositor (que también escribió el libreto) y que relata cronológicamente las alternativas de una Juana que abandona su padre y su pretendiente para confrontar la guerra, la prisión y la muerte es reemplazada aquí por pantallazos que el regisseur denomina “circulares”: memorias, flashbacks y alucinaciones proyectan la acción en ir y venir de pasado de batallas y glorias a un presente de jueces y carceleros. Y todo ello entre los bancos del tribunal, con coros y personajes constantemente entrando y saliendo y con Juana de vez en cuando en una jaula cuando se la quiere mostrar como prisionera. El regisseur trata de ordenar racionalmente las divagaciones de la heroína denominando cada escena con sobretítulos alusivos al pasado (ejemplo: “dos años antes”) y a las semanas del juicio. El resultado final es tan desordenado como la mente de la heroína, una jovenzuela de abrigo de plumas corto, jersey y pantalones. Contra la pasión que inspiran el texto y la música, esta Juana es una joven más bien pasiva, confusa y poco asertiva en medio del Mare Magnum donde se mezclan su padre, el rey y su amante, el arzobispo etc. con el coro que hace de audiencia en el juicio. Y en un momento que alarmó a muchos por su innecesaria degradación de una figura femenina, los carceleros tratan de revisar la vagina de Juana, para después humillarla poniéndola en paños menores y haciéndole poner una minifalda de lentejuelas y una peluca entre sucia y ensangrentada. Algunos entre el público se rieron nerviosamente, no sabemos si por la negra comicidad de esta degradación o como hastío frente a un recurso gratuito que ni quitaba ni agregaba algo al concepto del regisseur. Sobre el final la joven se inmola ella misma y hace volar la sala del juicio en un espectacular truco teatral. Según Tcherniakov, “Juana se quema por dentro, como poseída por una idea. Quiere incendiar el universo, derretir un glaciar.” Así lo logra al encender con un petardo una enorme hoguera que parece incendiar todo el escenario.
Los defectos de esta regie fueron balanceados por la esplendida versión musical, capitaneada por Valentin Uryupin al frente de la orquesta Filarmónica de Holanda y los coros de la casa. Todos ellos convencieron con una intensa proyección de variedad cromática, y claridad en los cambios de ritmo y expansión melódica. Y los cantantes no se quedaron atrás. Como protagonista Elena Stiknina compensó la anodina presencia escénica impuesta por el regisseur con apasionado fraseo e impecable seguridad de impostación. Nadezhda Pavlova, proyectó un timbre similarmente cálido y seguro como Agnes Sorel, la amante de un Carlos VII que Allan Clayton entonó con la diafanidad de un clarín. Tcherniakov realzó el dúo entre Sorel y su rey con un sutil movimiento de ballet, resaltando así el espíritu de danza que siempre acompaña la música de Tchaikovsky. También convenció Tcheniakov en la compleja relación entre Juana y su enemigo Dunois, aquí un excelente Vladislav Sulimsky que ayudó a la protagonista a lo largo de las difíciles alternativas emocionales de rechazo místico y entrega erótica.
Excelentes estuvieron también Gábor Bretz como Thibaut, el obtusamente insufrible papá de Juana, y John Relyea como un arzobispo de sotana y todo, en comparación con los otros personajes que, salvo la ropa finolis de Agnes, uniformizaron el cuadro escénico con vestuario contemporáneo indiferenciado y soso.
Inevitablemente la enjundiosa versión musical fue afectada por la frialdad y el aburrimiento del decorado único, que, salvo en los ya aludidos dúos de Agnes y Carlos y Juana y Dunois neutralizó la rica diferenciación de caracteres y situaciones de la obra. También se esfumó algo fundamental, como lo es la impronta épica y de saga esencial para presentar teatralmente una protagonista que es un mito y como tal requiere una trascendencia particular para convencer como personaje operístico. La idea de contraponer frustraciones individuales a la intolerante sociedad que las provoca es en sí misma un acierto. Pero no basta con ello. También es necesario ponerse a la par de la arrolladora pasión melodramática de la obra que aquí eludió la escena para brillar en la versión musical.
Agustín Blanco Bazán
Elena Stikhina, Allan Clayton, Nadezhda Pavlova, Vladislav Sulimsky, Andrey Zhilikhovsky, Gábor Bretz, John Relyea, etc.
Orquesta Filarmónica de Holanda/Valentin Uryupin.
Escena: Dmitri Tcherniakov.
La doncella de Orleans, de Pyotr Ilyich Tchaikovsky
Stopera, Amsterdam.
Foto © Dutch National Opera | Marco Borggreve