El concierto de despedida del ciclo ‘Universo Barroco’ del Centro Nacional de Difusión Nacional (CNDM) de la sala de cámara del Auditorio Nacional ha conseguido concluir la temporada con un evento festivo rebosante de pasiones, afectos, amoríos, festejos y contrastantes situaciones altamente satíricas de quien ostentaba el poder durante los siglos XI y XII. La desbordante imaginación contenida en el Códex Buranus, mundialmente conocido como Carmina Burana (Canciones de Beuern), hallado en 1803 en el monasterio de Benediktbeuern, en Baviera, se la debemos seguramente a estudiantes y clérigos errantes, goliardos, que en su erudición consiguieron elaborar un manuscrito que a día de hoy sería considerado ‘contenido para adultos’. No todos sus poemas contienen música, y los que la poseen están escritos con la notación neumática tan poco precisa en cuanto a melodía y ritmo que hace que su transcripción moderna sea un mérito al alcance de unos pocos estudiosos que permitieron su interpretación de estas joyas por parte de personas enamoradas de su poesía y música.
Pocas veces se escucha en nuestro país un concierto dedicado en exclusiva a este fabuloso códice, y más extraño es todavía que lo interprete un grupo español con el rigor, teatralidad, pasión y empatía con el público que demostró en toda la velada Capella de Ministrers. El programa que presentaron se dividió en dos grandes bloques, el primero titulado Carmina moralia et satirica (Cantos morales y satíricos) para concluir su selección de obras con el titulado Carmina amatoria y potoria (Canciones de amor, parodias y cantos sobre la bebida).
Debemos señalar que el concierto fue un espectáculo que buscó siempre la labor conjunta de todos sus músicos, tanto cantantes como instrumentistas, en la búsqueda de una interpretación creíble, variada y teatral plagada de efectos. Es realmente una labor complejísima convertir unos simples neumas asociados a unos poemas en piezas musicales que satisfagan al melómano moderno. La agrupación valenciana lo consiguió con creces, gracias a la experiencia y a la profesionalidad de todos sus integrantes, pero se lo debemos sobremanera a su director, Carles Magraner. Su labor, visión y pasión por esta música consiguieron crear un concierto de una altura interpretativa excelente, plagada de multitud de afectos, ambientes sonoros y emociones en comunión con un entregado público.
Hay dos aspectos muy importantes en cada pieza que situaban al espectador en al apropiado ambiente de cada obra. La primera, la elección del orgánico instrumental de cada una, absolutamente cambiante que no permitió que la atención decayera en ningún momento, y la segunda, la lectura de una reducida sinopsis en castellano de cada poema por parte de los cantantes, e incluso por el propio Magraner, que facilitaba sobremanera la comprensión de un texto compuesto en un conglomerado de lenguas vernáculas medievales europeas o de un latín germánico antiguo.
El concierto comenzó con Ecce torpet trobitas, que es una crítica de la decadencia moral de la época y que narra la victoria de la codicia. Como buena introducción al concierto y confiriendo la solemnidad requerida, Jota Martínez, excelente multiinstrumentista, se encargó de tañer unas notas en una especie de trompeta natural medieval que situó de inmediato al público entre los goliardos en esta canción.
No faltó el homenaje a quien popularizó este manuscrito, a Carl Orff en su afamadísima cantata, con un arreglo de una de sus invenciones más conocidas sobre uno de los poemas que no posee música, O Fortuna, velut luna statu variabilis, conservando su melodía, pero adaptando la instrumentación y las armonías como en el resto del programa. No desentonó y fue un guiño astuto a Orff.
Una de las piezas en donde la voz de la soprano Èlia Casanova destacó fue Dum iuventus floruit, que versa sobre los pecados de la juventud. Su exigente tesitura aguda y su texto lleno de matices fueron el vehículo perfecto para el lucimiento de su depurada técnica vocal y de su elegancia en el fraseo y en la diferenciación estrófica. Esta misma pieza denotó asimismo la gran musicalidad y teatralidad de sus dos compañeras cantantes, Rosa García, de una gran redondez y naturalidad en la expresión de su voz, y Laia Blasco, de timbre más agudo y ligero. Las tres conformaron un excelente, diverso y complementario plantel de solistas vocales en la difícil y cambiante labor de conseguir que sus cientos de versos sonaran frescos, expresivos y atractivos. Lo consiguieron con nota.
Pero si la velada alcanzó altas cotas en la correcta ambientación de cada pieza, convirtiendo su sencillez melódica en espléndida sonoridad, fue gracias a los instrumentistas de Capella de Ministrers. Jota Martínez destacó en su ejecución de la zanfoña, consiguiendo esas sonoridades tan evocadoras del medievo, pero también enriqueció y devolvió las armonías a las monodías en conjunción con Eduard Navarro, laudista, pero a su vez espléndido intérprete de la gaita, demostrando su maestría y virtuosismo en Virent prata hiemata que el ensamble interpretó de un modo instrumental permitiéndonos disfrutar de la rica y sugerente sonoridad de la cornamusa. Por si esto fuera poco, Navarro añadió además su dominio absoluto en las piezas que incluyeron la chirimía como instrumento.
La otra pieza interpretada de un modo instrumental fue Olim sudor Hercules, que abrió el segundo bloque del concierto, funcionando como una especie de obertura para los clímax que íbamos a presenciar. Aquí, destacó especialmente la flauta de pico de David Antich, de naturalidad, pulcritud, virtuosismo e igualdad sonora, cualquiera que fuese la flauta que interpretara, puesto que al menos tocó la soprano y el tenor, con igual destreza en ambas.
Si de algo carecen estas piezas musicales es de compás, algo que nuestro oído moderno necesita para reconocer una melodía y sus estrofas como una unidad estable. Por ello, la labor del percusionista Pau Ballester fue tan necesaria como brillante. Su férreo control del tactus convirtió cada pieza en natural y cohesionada, permitiendo a cantantes e instrumentistas compartirlas de un modo orgánico y al mismo tempo, sin desajustes.
Además de todos estos elementos se añadió el coro, fundamental en este repertorio estrófico, formado por hombres y que interpretó en casi todas las piezas los estribillos al unísono, o por cuartas o por quintas de un modo realmente empastado y con una afinación impecable, además de conseguir una gran diversidad de caracteres y afectos en las piezas tan dispares. Su naturalidad en la emisión vocal confirió al conjunto de la apropiada sonoridad para la época tan temprana en la que fueron escritas estas obras. Pero el grupo vocal masculino no solo se comportó como el coro que participa en los distintos estribillos, sino que, sobre todo en la recta final del concierto, fue adquiriendo un protagonismo que acabó consiguiendo el clímax de la velada. Especialmente en las dos últimas piezas, In taberna quando sumus y Bacche, bene venies, su teatralidad, desparpajo y sentido actoral permitió que estas obras fueran los verdaderos cúlmenes del concierto. Los miembros del coro actuaron también como solistas vocales. Debemos destacar a Antonio Sabuco como el gran protagonista, a modo de celebrante, de In taberna quando sumus.
El verdadero impulsor de toda esta apasionante interpretación, de variedad extrema en los caracteres de cada obra y en la vitalidad y en el entusiasmo de todos y cada uno de los componentes de Capella de Ministrers, es Carles Magraner, fundador e infatigable intérprete de repertorios históricamente informados que comienzan en este período temprano y que culminan con el siglo XIX. Su interpretación, presente en cada pieza de un modo patente, demostró el arduo trabajo de preparación del concierto. Todo estaba en su sitio, y todos los miembros del ensamble demostraron una disciplina y una pasión por el trabajo encomiables. Magraner demostró además su dominio en las violas da gamba medievales, tanto en la soprano como en la alto, denotando momentos de evocadora belleza especialmente en las introducciones a las obras más dolces o sutiles. No obstante, su precisión de los tempi confirió de su adecuada forma a las melodías.
Como curiosidad y como conclusión del concierto, en Bacche, bene venies, todos los integrantes de Capella de Ministrers bajaron al patio de butacas mezclándose con el público, organizando una pequeña bacanal tan contagiosa como espléndida.
La calurosa y prolongada ovación al finalizar el concierto del público, permitió que Capella de Ministrers repitiera In taberna quando sumus de un modo más expresivo y pícaro si cabe. Un auténtico festín.
Simón Andueza
Capella de Ministrers, Carles Magraner, violas da gamba y dirección.
Carmina Burana. Música medieval para rebeldes sin causa.
Ciclo ‘Universo Barroco’ del CNDM.
Sala de cámara del Auditorio Nacional de Música, Madrid.
21 de mayo de 2026, 19:30 h.
Foto © Rafa Martín