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Crítica / Khatia Buniatishvili y Jaime Martín: de sorpresa en sorpresa - por Darío Fernández Ruiz

Santander  - 25/08/2025

La Melbourne Symphony Orchestra no es una formación de renombre internacional: apenas pisa Europa, así que suena poco entre los aficionados. No obstante, lo que ofreció la noche del pasado domingo 24 de agosto en el Festival Internacional de Santander de la mano de su director titular Jaime Martín desmiente cualquier prejuicio y merece los mismos elogios que la crítica dedica a menudo a orquestas más prestigiosas. Secciones equilibradas. Sonoridad noble. Precisión sin rigidez. Flexibilidad sin concesiones.

El arranque con Haunted Hills (13’06’’) de Margaret Sutherland fue revelador. Poema sinfónico de 1950, evocador, lleno de claroscuros, merecedor de mejor suerte y mayor fama: nunca fue fácil ser mujer compositora, ni siquiera a mediados del siglo XX. Jaime Martín trazó líneas firmes, atmósfera clara y texturas bien calibradas. La orquesta respondió con naturalidad. No solo fue un guiño obligado a la más grande compositora australiana, sino la introducción perfecta para lo que vendría después.

El Concierto para piano n.º 1 en si bemol menor, op. 23 de Tchaikovsky (18’51’’, 6’20’’ y 6’00’’) que le siguió fue antológico. Planos perfectamente distinguidos, una sorpresa tras otra, como las primeras notas del fagot en el segundo movimiento o los marcados ritmos de danza del tercero, por poner solo dos ejemplos. Tempi rápidos, más cercanos a la electricidad de Volodos/Ozawa que a los clasicismos de Richter/Karajan o Kissin/Gergiev, no digamos de Barenboim/Celibidache. La solista, Khatia Buniatishvili, desplegó un torrente de sonido. Poder sin dureza. Cantabilidad expansiva. Ataques impetuosos. Frases que ardían. Más allá de la aparatosa teatralidad de sus gestos, la agilidad de sus dedos o su técnica abracadabrante, lo que quedó fue la música. La frase que el crítico Roy Westbrook dedicó a la pianista georgiana en 2019 se confirmó palabra por palabra: sus interpretaciones hacen que el repertorio más trillado parezca nuevo. Y aquí todo sonó nuevo. Introspección, personalidad, amplitud de aliento y diálogo vivo entre solista y orquesta. El público lo sintió y la ovación mereció como propina el Adagio del Concierto en re menor, BWV 974 de Bach (2’43’’): transparencia, intimidad, contrapunto después del volcán.

Tras el descanso, Cuadros de una exposición de Mussorgski en la colorista orquestación de Ravel (32’50’’). Fértil en ideas, generoso en contrastes, Martín dirigió con gesto claro y fraseó con fantasía, prestando atención a detalles aparentemente insignificantes que él hace iluminadores. Progresión. Sentido del humor y del color y, al final, “La gran puerta de Kiev” formidable, monumental, como debe ser. La orquesta, entregada, sólida, con un nivel que no envidia a formaciones más laureadas. Dos propinas ratificaron esa calidad: una chispeante Obertura de Ruslan y Liudmila de Glinka (5’18’’) con ritmo punzante y cuerdas ligeras. Y un regalo final de acento local: el Irish Tune del australiano Percy Grainger (3’27’’), pura delicadeza, suspiro pastoral.

En definitiva: concierto grande, memorable. Una orquesta que merece más presencia internacional y que volveríamos a escuchar con mucho gusto mañana mismo. Un director muy inspirado que se entrega por completo. Una solista que convierte lo conocido en sorpresa. Música viva.

Darío Fernández Ruiz

 

Khatia Buniatishvili, piano

Melbourne Symphony Orchestra. Jaime Martín, director.

Obras de Sutherland, Tchaikovsky y Mussorgsky.

74 Festival Internacional de Santander

Sala Argenta del Palacio de Festivales de Cantabria

 

Foto © Pedro Puente / FIS

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