En una madrileña tarde primaveral tormentosa, extraña, como perteneciente al pleno estío, las fuertes rachas de lluvia efímera que arreciaron en la hora exacta del concierto fueron la señal inequívoca de la fecundidad y de la vida floreciente que estábamos a punto de presenciar en la primera aparición de Jácaras del Zéfiro en el Festival de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid, tanto por el contenido de su música, como por ser la cita inicial en la Basílica de San Miguel de este festival que arrancó hace ya una semana con la renovada dirección artística de Josetxu Obregón, con dos abrumadoras interpretaciones de William Christie y Les Arts Florissants. Este año disfrutaremos de un total de diecisiete citas musicales en localizaciones como el Auditorio Nacional de Música, el Real Coliseo Carlos III de El Escorial, los Teatros del Canal o el Centro Comarcal Sierra Norte de La Cabrera. Todas ellas estarán centradas en las músicas históricas.
Una de las principales innovaciones de esta edición del festival es que al fin hemos comenzado a disfrutar de la desaparición de las interminables colas de incierta consecución que se formaban horas antes de los conciertos, gracias a un ingenioso sistema implementado hace muchos años en otras latitudes. Fundamentalmente consiste en cobrar una entrada, casi testimonial, con la que cada asistente tenga asegurado su asiento. Los bancos de la iglesia se numeran, y en estricto orden de compra de cada localidad se asigna la plaza al melómano. Además, de este modo queda asegurado que todo aquel que asiste al espectáculo tenga un interés verdadero por la música que se va a interpretar. El resultado no pudo ser más satisfactorio. Así, asistimos por vez primera a la experiencia espiritual profunda que conlleva disfrutar en un recinto religioso de la música sacra, pero con todas las comodidades de cualquier sala de conciertos.
Bajo el título de Avecillas, Jácaras del Zéfiro inauguró este ciclo de siete conciertos en esta iglesia que tantas satisfacciones nos ha brindado. El elaborado programa que pudimos degustar conlleva un arduo proceso de investigación, transcripción e interpretación previo de su material, que ha sido desarrollado y coordinado en su mayor parte por Víctor Cruz, fundador, director, investigador e intérprete, tanto vocal como instrumental, de la emergente agrupación compuesta por destacados músicos del panorama español de las músicas históricas. Su sinopsis es tan coherente y apasionante como la música que incluye, aunque fue muy difícil comprobarlo en el concierto, dada la dificultad que esta información, a la que se añadían la transcripción de todas las partituras del concierto. Es por ello que en ningún momento se explicó el significado o el hilo conductor del programa. Con un simple código QR visible fácilmente que enlazara con estos trabajados documentos, los espectadores hubieran podido disfrutar del espectáculo en toda su dimensión.
Según las propias notas al programa, el concierto “captura esta esencia (del Santísimo Sacramento) al invocar la simbología de las aves como metáfora del alma en vuelo hacia lo divino, un tópico literario heredado del Renacimiento y floreciente en el Barroco: el locus amoenus, ese lugar idílico de prados, ríos y pájaros cantores que representa una evasión del caos urbano e insalubre de la época, un paraíso terrenal donde la naturaleza refleja la perfección de lo sublime”. Así, pudimos presenciar la interpretación de doce piezas con una alta calidad musical, entre las que se incluyeron seis obras que fueron estrenos en tiempos modernos. Para ello, el propio Víctor Cruz hizo las labores de transcriptor y de editor, pero a la vez se contó con la inestimable labor de los musicólogos e investigadores Eduardo López Banzo, Mariano Lambea, Lola Josa, Raúl Angulo, Nancho Álvarez, Omar Morales, Iolanda Serrano y Beatriz González, quienes descubrieron estas músicas en archivos tan dispares como la Biblioteca Nacional de España, o los archivos de la Catedral de Barcelona, de la Catedral de Burgos, de la Catedral de Segovia, o de la Catedral de Guatemala.
En el terreno interpretativo Jácaras del Zéfiro sorprendió a todos los asistentes por la condición de que casi cada miembro del grupo fue a la vez cantante e instrumentista, algo que aportó una riqueza chispeante a las texturas musicales y a la expresividad, a lo que se añadió una gran variedad tímbrica al contar casi cada pieza con un orgánico distinto, bien fuera por la esencia de la propia composición, o por el colorido tan diverso conferido por los miembros del ensamble.
Individualmente todos y cada uno de sus miembros dejaron patente su elevada calidad musical y su gran compromiso con las interpretaciones. Así, la soprano Paloma Friedhoff, quien también se desenvolvió con las castañuelas en las piezas más rítmicas, mantuvo una entrega absoluta al carácter y al texto de cada pieza, mostrando un rico y expresivo color en su voz y un control de la prosodia impecable. Su un gran trabajo en la música de cámara con el resto de sus compañeros fue, además, encomiable.
El contratenor Brumo Campelo fue seguramente el gran descubrimiento para el público madrileño, por la naturalidad de su timbre y por la brillantez de su volumen sonoro. Su desempeño en el tambor y en la pandereta fueron asimismo muy notables.
Quien posee una luz muy especial en todas sus intervenciones es el tenor Ariel Hernández, quien mostró una ductilidad excelente, a la vez que goza de una expresividad tan personal como atrayente. Su bellísimo timbre de personalidad única destacó en la deliciosa pieza de Sebastián Durón Vaya, pues, rompiendo el velo.
Quien actuó tanto como cantante como instrumentista fue especialmente Jorge Enrique García, que bien como violagambista, bien como contratenor, fue uno de los motores férreos del conjunto, mostrando unas excelentes dotes en ambas disciplinas.
Quien no necesita presentación es Juan Carlos de Mulder. Como uno de los intérpretes de cuerda pulsada más reconocidos de nuestro panorama musical, fue la base armónica del grupo en todo momento, aportando además una variedad enorme de recursos tanto armónicos como expresivos, con lo que confirió el apropiado afecto a cada pieza de tan diversas índoles. En el concierto tocó el archilaúd y la guitarra barroca. Su improvisación introductoria sobre la armonía de Pájaros, hojas y ramas de Juan Hidalgo, mostro su habilidad para convertir una secuencia de acordes en toda una toccata que bien pudiera ser del mejor autor para laúd.
A quien debemos la osadía de crear Jácaras del Zéfiro, además de investigar el repertorio, darle coherencia y de mantener horas y horas de largos meses de estudio para crear este formidable programa tan coherente, variado y de una calidad musical tan exquisita, es a Victor Cruz, fundador y director de esta simpar agrupación, quien siempre se mostró apasionado, vital e inspirador de los incontables caracteres que contuvo el concierto, mostrando su personal y natural voz de barítono de sutil flexibilidad, a lo que se sumó su condición de buen tañedor de la guitarra barroca. Fue un compañero leal en su rasgueo tanto de Juan Carlos de Mulder como del resto de cantantes e incluso de sí mismo. Su dirección del conjunto aportó la necesaria forma que confiere esa singular y atrayente interpretación de gran riqueza y variedad para el estilo barroco español que combina aspectos poéticos, digamos profanos, con el mundo de la oración religiosa.
La última pieza del concierto, La Negrina, la afamada Ensalada de Mateo Flecha ‘El Viejo’, fue todo un homenaje a esta inigualable creación, que mostró la capacidad teatral y la belleza melódica que sus intérpretes pueden alcanzar.
El público, que respondió a las interpretaciones con una calurosa ovación y con sonoros vítores, consiguió un ansiado bis, la repetición del estribillo de una de las piezas más rítmicas y vitalistas de la velada, A batalla con los rayos, de Alonso de Torices.
Simón Andueza
Avecillas. Música al Santísimo Sacramento.
Jácaras del Zéfiro, Víctor Cruz, barítono, guitarra barroca y dirección.
Obras de Alonso de Torices, Diego de Cáseda, Sebastián Durón, Joan Barter, Juan Hidalgo, Mateo Flecha ‘El Viejo’, Alfonso X ‘El Sabio’ y Anónimo.
XXXVI Festival Internacional de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid.
Basílica Pontificia de San Miguel, 7 de abril de 2026, 20:00 horas.
Foto © Pablo F. Juárez