Fue la cuarta y última representación de Maria Stuarda de Gaetano Donizetti en el Palacio Euskalduna bilbaíno una notable y muy aplaudida velada lírica que puso de relieve, una vez más, la extrema delicadeza de ese engranaje belcantista donde la ornamentación, el control del fiato y la gradación dramática son indisociables. La función, confiada a un reparto que debutaba prácticamente en su totalidad en la temporada de la ABAO, ofreció un resultado globalmente sólido, aunque no exento de matices susceptibles de mayor refinamiento estilístico.
Comencemos por la Elisabetta de la mezzosoprano Maria Barakova, quien, con un instrumento de volumen generoso y centro bien apoyado, mostró una emisión franca y una proyección homogénea que le permitió sostener con autoridad la escritura, particularmente exigente en la escena de confrontación con la Stuarda. Indudablemente, Barakova posee un registro grave bien asentado y con cuerpo, mientras que los ascensos al agudo, generalmente firmes, están resueltos con determinación, si bien en algún ataque el sonido tendió a abrirse ligeramente en forte. Destacó la incisividad en el recitativo y la articulación clara del texto, aspectos esenciales en la caracterización de una reina cuya autoridad se construye tanto desde el acento como desde la línea. Las agilidades, sin ser de virtuosismo deslumbrante, se resolvieron con limpieza suficiente y adecuado sostén del aliento.
La soprano Yolanda Auyanet optó para su Maria Stuarda por una aproximación más lírica y recogida, apoyada en un legato cuidado y en reguladores expresivos bien planteados. La emisión, de timbre grato y centro flexible, encontró momentos de notable musicalidad en la escena final, donde la administración del fiato y la contención dinámica contribuyeron a una atmósfera de introspección muy convincente. Ciertamente, en los pasajes de mayor exigencia en la coloratura, percibimos cierta prudencia en el ataque y una articulación no siempre plenamente definida, lo que restó algo de incisividad a determinados momentos de tensión dramática, pero, con todo, la construcción global del personaje evidenció experiencia escénica y sentido del estilo.
Leicester, parte ingrata por su tesitura y continua exposición en la zona de paso, estuvo en manos del tenor Filip Filipovic, que ofreció una prestación comprometida. El timbre, de apreciable proyección, mantuvo coherencia en el centro, aunque los ascensos al agudo acusaron ocasional tirantez y una emisión algo apretada en los momentos de mayor presión dinámica. Agradecimos, en cambio, el cuidado del fraseo y la intención expresiva, evitando el canto meramente declamatorio y procurando sostener la línea incluso en los concertantes más densos. Manuel Fuentes (Talbot), Cristina del Barrio (Anna) y Milan Perisic (Cecil) completaron el elenco con más que solvencia.
Desde el podio, la dirección de Iván López Reynoso mostró conocimiento del estilo y atención constante a la respiración de los cantantes. Los tempi, en general bien calibrados, favorecieron la claridad de la escritura sin caer en precipitaciones. La concertación fue precisa y el equilibrio foso-escena estuvo adecuadamente resuelto. La Orquesta del País Vasco (Euskadiko Orkestra) respondió con disciplina, ofreciendo transparencia en la textura y una cuerda homogénea, aunque con margen para una mayor variedad de colores en los pasajes más sombríos.
El Coro de Ópera de Bilbao cumplió con suficiencia en lo musical, afinado y compacto en los conjuntos, especialmente en los bloques de mayor densidad armónica: con una escena final ejemplar. Sin embargo, su tratamiento escénico resultó parco en términos de movimiento y desarrollo teatral, con disposiciones predominantemente estáticas, al estilo de una tragedia griega clásica, que limitaron su función como verdadero contrapunto dramático. En una ópera donde la presión política y social es determinante, nos parece que una mayor implicación escénica del conjunto habría intensificado el relieve del conflicto.
La puesta en escena de Emilio López apostó por un equilibrio entre la belleza plástica y la sobriedad funcional y estuvo centrada en no interferir con el discurso vocal. La propuesta facilitó la fluidez narrativa y el protagonismo del duelo entre las reinas, aunque sin aportar una lectura particularmente novedosa del trasfondo histórico o simbólico.
En conjunto, pudimos escuchar una Maria Stuarda de apreciable nivel escénico y musical, sostenida por una Elisabetta incisiva en lo vocal, una Stuarda convincentemente lírica y por un reparto comprometido con el estilo, que, aun con aspectos perfectibles en la definición técnica y en la teatralidad colectiva que no empañaron el goce estético. Objetivo cumplido, pues.
Darío Fernández Ruiz
Yolanda Auyanet, Maria Barakova, Filip Filipovic, Manuel Fuentes, Cristina del Barrio, Milan Perisic.
Coro de Ópera de Bilbao y Orquesta del País Vasco (Euskadiko Orkestra) / Ivan López Reynoso.
Escena: Emilio López (dirección), Carmen Castañón (escenografia), Naiara Beistegui (vestuarios).
Maria Stuarda de Donizetti.
Palacio Euskalduna
74ª Temporada ABAO
Foto © E. Moreno Esquibel