Dentro del ciclo Primavera Barroca de Oviedo, el clavecinista Yago Mahúgo nos dejó una impresión clara de solidez estilística y de conocimiento profundo del repertorio. El programa, dedicado íntegramente a François Couperin y articulado con piezas de los dos primeros libros de Pièces de clavecin junto a pasajes de L’art de toucher le clavecin, estuvo planteado con criterio y sin buscar apoyos ajenos a la propia música. Las piezas fueron, además, brevemente contextualizadas tanto por el propio intérprete como por las notas al programa de Pablo Vayón, claras y bien orientadas.
Desde el arranque se percibió una interpretación trabajada desde la articulación, la jerarquía de planos y la medida del ornamento. Mahúgo evitó tanto la rigidez como el exceso de refinamiento y optó por una lectura más bien sobria, atenta al carácter de cada pieza y a la continuidad del discurso. Hubo empaque en L’Auguste, ligereza bien controlada en La Bourbonnoise y un tratamiento particularmente cuidadoso del detalle en La Manon y L’Enchanteresse, sin convertir el matiz en un fin en sí mismo.
El instrumento jugó también un papel decisivo en el resultado. Su riqueza tímbrica y la calidad de la respuesta permitieron una gama amplia de colores sin necesidad de forzar el discurso. En este punto, resultó especialmente significativo el uso de un temperamento irregular —de carácter probablemente mesotónico— que, aun no indicado en el programa de mano, se inscribe con coherencia en el trabajo que Mahúgo viene desarrollando en la grabación de la integral de Couperin. Este planteamiento no solo afecta a la afinación en sentido técnico, sino que incide directamente en la percepción del discurso: las diferencias entre tonalidades se vuelven más elocuentes, las tensiones armónicas adquieren relieve y el perfil de cada pieza gana en definición. La iluminación de la sala, sobria y bien equilibrada, contribuyó además a reforzar esta percepción, realzando la presencia y la belleza del instrumento —copia de un Pascal Taskin de 1769 construida por Keith Hill— y favoreciendo una escucha especialmente concentrada.
El recital ganó además en interés por la forma de administrar los contrastes. No se trató solo de una sucesión de piezas bien tocadas, sino de un programa con recorrido interno, con cambios de densidad, de pulso y de color bien dosificados. En ese sentido, la inclusión de fragmentos de L’art de toucher le clavecin resultó pertinente, porque ayudó a situar la escritura de Couperin en su marco técnico y expresivo sin romper la continuidad de la velada.
En la segunda parte el concierto terminó de asentarse con especial claridad. La Ténébreuse apareció con gravedad y sin afectación; Les ondes y Les langueurs tendres mostraron un discurso bien articulado y una continuidad convincente entre secciones; y Les baricades mistérieuses se presentó con pulso contenido y una textura bien graduada, sin insistir en el aura enigmática de la pieza más de lo necesario. Fue una lectura seria, bien pensada y sin concesiones al efectismo.
Como propina, Mahúgo ofreció Le Tic-Toc-Choc, que funcionó muy bien como cierre por contraste. Tras un programa donde había predominado el control del matiz y la atención al detalle, esta página permitió un final de mayor tensión rítmica y más proyección externa. No desentonó con lo anterior, pero sí cambió el foco y dejó una última imagen de mayor nervio.
En conjunto, el recital se sostuvo por su coherencia interna, por el control del lenguaje y por una aproximación sin excesos, centrada en hacer funcionar la música desde dentro más que en subrayarla desde fuera. Más que un ejercicio de estilo, una lectura con fondo y dirección, sostenida con solvencia de principio a fin.
Luis Sena
Yago Mahúgo, clave.
Obras de F. Couperin.
Ciclo XIII Primavera Barroca de Oviedo.
Sala de Cámara del Auditorio Príncipe Felipe / 26-III-2026