Si hubiera que elegir un hilo temático entre los muchos que ofrecía para ello el segundo fin de semana del FeMÀS, en puertas de la primavera sevillana, quizás este de bloques nacionales podría resumirlo de manera fiel, ya que los programas giraban en su mayoría alrededor de música concebida en Francia, Inglaterra, España o Alemania; además, en muchos casos, en torno a un compositor concreto o a su círculo.
Así, con una de las obras más peculiares y, a su vez, más cautivadoras del barroco francés de cámara se abría el jueves 12 el maratón de eventos en una nueva localización, la sala Fundición del recién inaugurado espacio de la artillería en el barrio de San Bernardo. Polémica por su acústica discutiblemente adecuada para una música como las Pièces de clavecín en concerts de Rameau —entre la exuberancia de la danza y la intimidad de la conversación—, se perdió quizás el empaste en ciertos momentos iniciales, aunque la cuidada y elegante lectura de La Reverencia suplió carencias envolviéndonos con sus acertados contrastes y la solidez interpretativa. Especialmente brillante resultó la imponente ejecución —por perfección y madurado discurso musical— de Andrés Alberto Gómez al clave. Ligereza y fraseo variado aportó el traverso de José Fernández y nobleza y profundidad la viola da gamba de Sara Ruiz.
En otro espacio de belleza indiscutible que ya es un clásico del festival, este último instrumento mencionado se convirtió precisamente en protagonista absoluto de la matinal del sábado 14; y por partida doble. Fue la barroca iglesia de San Luis el marco en el que un programa de carácter introspectivo e intenso nos llevaba a su época dorada, con Sainte Colombe, Forqueray o Marin Marais. A través de la música de estos titanes franceses, dos figuras emergentes de la viola da gamba como Marino González —muy vinculado al ambiente musical sevillano y ganador de la última beca otorgada por el festival y la AAOBS— y Miguel Bonal —que acaba de publicar un muy recomendable disco como solista en el sello Alpha— dialogaron de manera sobria; aunque con una precisión y madurez inusual —por ello, altamente loable— si se tiene en cuenta la juventud de ambos intérpretes. En particular, destacables fueron los conciertos de Sainte Colombe, con un discurso narrativo muy contenido en el Tombeau de Les Regrets. Noble y teatral asimismo la intervención de Ana Marija Kranjc, meticulosa acompañante de sus colegas, como solista en el pasacaille de la lullinana Armida concebido por D’Anglebert.
Y, de las lágrimas y la introspección —rompemos el hilo temporal para mantenernos en el mismo espacio, pero el mediodía del 15 de marzo—, al cruzar los Pirineos nos encontramos con un programa lleno de luz que mezclaba, a través de la música cortesana española del XVIII, las raíces populares de la danza con la sonata de cámara. El radiante violín de Elsa Ferrer, flexible, comunicativa y precisa, se erigió protagonista en una propuesta que vertebraban las Flores de Música de Martín y Coll. Con desparpajo y pulso, supo la música madrileña, junto a su implicado conjunto Ars Combinatoria, hilar las breves piezas del compendio, otorgándole además un plus teatral mediante chispeantes narraciones intercaladas. Mucho trabajo y compenetración se destilaba de las ejecuciones de las sonatas de Manalt y Ledesma —rarezas que agradecemos poder disfrutar en vivo—, con un siempre atento y seguro Canco López desde el clave, una Malena Augustino de refinado fraseo al violonchelo y una expresiva Violeta Casado, responsable de la cuerda pulsada.
La ruptura temporal tenía su lógica. De España, a Alemania, los dos conciertos del Espacio Turina de las noches del 14 y el 15 de marzo se dedicaron a quien este año tiene una especial presencia, en múltiples formatos, en el FeMÀS: Johann Sebastian Bach.
Desde la iglesia hasta el ámbito doméstico o de los motetes —interpretados en su totalidad— a los libros que el músico regaló a su esposa Anna Magdalena y a su hijo Wilhelm Friedemann, la sala de la calle Laraña, de envidiable acústica para la música antigua acogió al Conductus Ensemble y a una tan peculiar como feliz reunión de solistas instrumentales de primer nivel en la actualidad.
El conjunto que dirige con gran pasión y entrega el donostiarra Andoni Sierra desde inicios de este milenio destacó por una versión muy matizada de cada una de las obras que componen la simpar colección coral. El singular contraste de voces y su natural empaste en la mayoría de ellos acercó esta tradición centroeuropea, con una original y luminosa lectura, al público más meridional; en especial en las últimas piezas del programa, sin por ello perder la contención o la retórica original. El acompañamiento orquestal, a cargo de un nutrido y comprometido grupo de la Barroca de Sevilla, aseguró el éxito del evento.
Por último, resultó todo un lujo y una rareza disfrutar de la velada musical que preveía adaptaciones de piezas originalmente concebidas para teclado y propuesta por Avi Avital y Maurice Steger. El primero, brillante con su mandolina, tanto en los pasajes más virtuosos —pocas notas se le escapaban de la endiablada escritura de alguna de ellas— como en aquellos más pausados —justa dosis de contención y expresividad—; el segundo, con un despliegue de instrumentos de viento que dominaba a la perfección, en todos ellos musical, de fraseo impecable y vertiginosas aproximaciones. Un privilegio contar, además, con Hille Perl a la viola da gamba —sensibilidad y precisión—, y con David Bergmüller o Sebastian Wienand, de nuevo, muy familiarizados con el repertorio y habituales colaboradores del flautista.
Pedro Coco
FeMÀS, XLIII Festival de Música Antigua
Del 6 al 29 de marzo (segunda semana)
Diversos intérpretes y escenarios
Foto: Conductus Ensemble: “una tan peculiar como feliz reunión de solistas instrumentales de primer nivel en la actualidad” / © Lamadrid