El pasado domingo asistimos a un concierto extraordinario para celebrar los cien años de un edifico emblemático de Madrid, el que proyectó en los años 20 del siglo XX el arquitecto Antonio Palacios en la calle Alcalá, para albergar el Círculo de Bellas Artes de Madrid, institución creada en 1880. Coronado por la hermosa estatua de Minerva, obra de Juan Luis Vassallo, cuya efigie se ha convertido en logotipo de la institución, este edifico ha vivido muchos acontecimientos de la sociedad madrileña, y tiene bien merecido este homenaje.
Concierto extraordinario por estar fuera del abono de temporada del Círculo de Cámara que programa Antonio Moral, y extraordinario también por la majestuosa voz de la que pudimos disfrutar.
Lise Davidsen se ha coronado, merced a sus virtudes vocales, en una de las mejores sopranos de la actualidad, sobre todo en repertorios tan complicados de afrontar como ciertos roles wagnerianos. Su fama la precede, y el aforo estaba completo desde bastantes días antes del recital.
Desde luego, la noruega no defraudó, ofreciendo un recital relativamente heterogéneo, con 19 lieder de F. Schubert. Tiene Davidsen una voz absolutamente apabullante, por calidad tímbrica, por registro, por facilidad de emisión y por belleza del canto. Llenó la sala con ella cuando la partitura lo pedía y apianó su poderío cuando el compositor lo marca en la partitura, demostrando, a lo anteriormente dicho, un dominio del instrumento sobresaliente.
Pudimos escuchar una voz muy teatral (en el mejor de los sentidos), muy operística. Desde la primera canción, Davidsen nos entregó un Schubert menos recogido de lo que nos tienen acostumbrados otras grandes voces schubertianas (sin que sea nuestra intención hacer ningún tipo de comparación). Costó a quien esto escribe disfrutar de esta forma de cantar Schubert, pero conforme se desarrolló el recital, se fue entendiendo su forma de acercarse al vienés. A lo largo del recital Davidsen, y su pianista, James Baillieu , tomaron la palabra en varias ocasiones, para ‘explicar’ el sentido de los lieder elegidos. Ella misma dio la clave cuando en una de sus intervenciones explicó que las canciones de Schubert son como pequeñas óperas. Trabajó todo el recital desde ese lugar, desde una aproximación teatral, estudiando y desarrollando los personajes de cada canción, atenta a sus diferentes caracterizaciones. Pero por el camino, pasó de soslayo por la faceta más íntima de las piezas de Schubert, esa que te hace entender que sus lieder son poemas y cuentos para recitar junto al fuego en una reunión de amigos, no sobre un escenario de ópera. -¿Quizá por eso nunca triunfó Schubert en sus intentos operísticos? ¿Quizá por eso Davidsen ha querido rendir homenaje al vienés ‘operizando’ esta selección de lieder maravillosos?-.
Como hemos dicho, el recital fue ganando en intensidad, profundidad y sentido conforme se iba desarrollando: el universo de Schubert es infinito, cada lied es pasmosamente diferente uno de otro, y Davidsen fue encontrando la clave para desentrañar toda la intención de Schubert.
En la primera parte, dos fueron los lieder en los que demostró, no ya su calidad vocal (que, como hemos dicho, fue apabullante durante todo el recital, sin fisuras de ningún tipo), sino su comprensión de la calidad dramática de estas piezas, que requieren arrebato y a la vez introspección. Se trató de Der Zwerg, D 771, El enano, con dos personajes muy bien matizados, y sobre todo, el brevísimo Der Tod und das Mädchen, D531, La muerte y la doncella, auténtico filón de emociones absolutamente schurbertianas, que la noruega reflejó con meridiana claridad en su interpretación, controlando hasta la última nota con intención emocionada.
En la segunda parte pudimos constatar que estábamos ante un recital menos melancólico que el resto de los que hemos disfrutado esta temporada en el Círculo de Cámara. De nuevo Davidsen imprimió un carácter muy teatral a los primeros lieder de esta segunda parte, llegando por fin, en Der Blinde Knabe, op. 101 nº2, D833 (El muchacho ciego), a encontrar el equilibrio perfecto entre el intimismo y la emoción contenida que pide la obra de Schubert y un desarrollo vocal perfecto y natural. Mantuvo ese clima, con una línea de canto bellísima, en la siguiente canción: Du bist die Ruh, D776 (Tú eres la paz).
El resto de lieder, hasta concluir el recital, con dos propinas añadidas, demostraron porqué Davidsen es la gran cantante que triunfa en todos los escenarios: posee una voz extraordinaria, y también la inteligencia necesaria para manejarla con cuidado, atención y sentido. Schubert es siempre una piedra de toque espinosa para cualquier cantante lírico y la noruega demostró que sabe cómo tiene que cantarse.
El pianista James Baillieu supo acompañar con justeza a la personalidad arrolladora de Davinsen, sin opacarse ni quedar atrás, atendiendo a la delicadeza de matices del piano schubertiano.
Un éxito más en el Círculo de Cámara del Círculo de Bellas Artes de Madrid.
Blanca Gutiérrez Cardona
Teatro Fernando de Rojas, Círculo de Bellas Artes, Madrid. 24/05/2026.
Concierto extraordinario, VII Temporada del Círculo de Cámara.
Lise Davidsen, soprano. James Baillieu, piano.
Lieder de Schubert.
Foto © Miguel Balbuena