La esperada velada de clausura de Ibermúsica de la presente temporada ha sido de una singularidad muy especial que viene a reforzar la evolución continua que asume la interpretación orquestal en estas últimas décadas. Así, nos demuestra este puntero ciclo musical que se esfuerza en estar completamente actualizado, ofreciendo a sus abonados la mejor selección posible del actual panorama global del sinfonismo.
La particularidad a la que me refiero es que Ibermúsica haya decidido apostar para su concierto de cierre con una de las más legendarias figuras de la interpretación históricamente informada, Sir John Eliot Gardiner, quien demostró en su ochentena que las contagiosas vitalidad, pasión y amor por la música que siempre le han caracterizado, siguen completamente intactas. Además, brilló al mando de su nueva y espléndida formación instrumental, The Constellation Orchestra. El programa escogido nos brindó tres excepcionales piezas de tres genios irrepetibles de la historia de la música, Juan Crisóstomo Arriaga, Wolfang Amadeus Mozart y Franz Joseph Haydn.
Con una plantilla de 8-6-4-4-2 en la cuerda, The Constellation Orchestra con su fundador y director al frente ofrecieron un guiño al público español con la interpretación de una de las joyas de nuestro patrimonio de la que tanto se habla pero que no suele estar presente en nuestros escenarios del modo tan asiduo como debiera, la Sinfonía en Re mayor de Juan Crisostomo Arriaga (1806-1826). Aunque es la pieza más tardía de cuantas pudimos disfrutar, escrita en 1824, sonó en absoluta contextualización con las otras dos obras, dada la extrema juventud de su autor, que se encontraba en plena ebullición del aprendizaje de sus grandes maestros predecesores. No obstante, presenciamos la interesantísima y compleja estructura interna de su estructura gracias a la destreza de Gardiner de resaltar cada elemento propio. Así, los vientos nos ofrecieron un verdadero festín colorista de imaginativos motivos en continua comunión con las brillantes y complejas melodías ideadas por Arriaga. Debemos añadir, no obstante, que la cohesión de la cuerda no fue tan perfecta como en el resto del concierto, debido seguramente a un mayor desconocimiento de la partitura por parte de todos los músicos. La extensa partitura fue una absoluta delicia que nos recuerda que el compositor bilbaíno debió haber vivido muchos, muchos, años más. Seguramente ahora disfrutaríamos del compositor referente indiscutible del siglo XIX español y de su fecundo catálogo.
La segunda parte del concierto comenzó con la que fue, sin duda alguna, con la interpretación más excelente de la velada, tanto por parte de la solista como por la de la orquesta y su director, el Concierto para clarinete en la Mayor K. 622, que no necesita presentación alguna, abrió esta segunda mitad del concierto con la solista de clarinete, Nicola Boud, empuñando un original instrumento, el clarinete bajo, un modelo absolutamente fiel a los empleados en la época mozartiana, puesto que Boud posee una colección de unos 40 ejemplares distintos de clarinetes. Muy amablemente, explicó al público las características principales de este ejemplar, explicando su curiosa forma, “similar a un palo de golf” y sus características, como que su registro es tan amplio que el instrumento alcanza desde las notas más agudas de una soprano hasta las más graves del bajo, algo que se obtiene gracias a sus llaves de la zona inferior.
La introducción orquestal del concierto mozartiano fue absolutamente referencial, de una viveza, energía y conducción melódica ejemplares, mostrando una orquesta llena de jovialidad, pasión y deleite, algo conferido, sin duda alguna, por John Eliot Gardiner. La pulcritud y empaste de los violines fueron, ahora sí, impecables, y la conjunción y unanimidad por parte de todas las secciones en torno a una misma idea de radiante calidad musical, no solo aquí, sino a lo largo de todo el exquisito concierto, consiguieron una de las versiones más fascinantes de esta querida pieza.
En cuanto a Nicola Boud, debemos alabar tanto sus virtudes técnicas en el instrumento como su extraordinaria capacidad expresiva del mismo, siendo conscientes de la dificultad que conlleva hacerlo con un instrumento con el que fue interpretado. Para algunos, los instrumentos modernos mejoran la calidad con que los instrumentistas pueden ejercer su labor, pero presenciando lo extraordinario del trabajo de Boud esto puede asemejarse a la actual sociedad del bienestar, que es, en múltiples ocasiones, la sociedad de los débiles. La afinación del clarinete dieciochesco es verdad que no es tan exacta en algunas notas como la de su hermano actual, pero la calidez y hermosura de su sonido tan humano es absolutamente fascinante e inspirador. La falta de muchas de las llaves que poseen los actuales clarinetes permitió, además, un discurso melódico de una delicadeza y naturalidad asombrosas en manos de la intérprete australiana. Los movimientos más ágiles nos descubrieron que Boud es asimismo una virtuosa del clarinete mediante una pulsación de una exactitud y velocidad extremas en los tempi tan veloces y estrictos impulsados por el director británico.
El concierto finalizó con una de las sinfonías más elaboradas del catálogo de Franz Joseph Haydn, su Sinfonía nº 49 en Fa menor, ‘La Passione’. La lectura de esta trágica composición nos permitió disfrutar del sonido global de la orquesta, tanto de la cuerda como de los vientos, de generoso aporte sonoro al conjunto. La concertino, Kati Debretzeni, dio buenas muestras de su maestría en este puesto que a través de los años ha ejercido, además de ser compañera inseparable del maestro inglés. Su precisión, comandancia y rigor fueron constantes en todo el concierto para conseguir ese sonido tan homogéneo como compacto que posee The Constellation Orchestra.
John Eliot Gardiner, verdadero artífice de toda la concepción y el resultado del concierto, sigue demostrando una envidiable capacidad de mantener la ilusión y la vitalidad en sus formaciones, a la vez que su inimitable e inspirador gesto conductor de la música sigue atrapando tanto a intérpretes como a la fascinada audiencia. La admirable labor del director británico es ya una leyenda en la interpretación reciente de tantísima música, desde el Renacimiento más temprano hasta las músicas más actuales, que no podemos más que mostrar agradecimiento y veneración por su labor.
La acalorada respuesta del entusiasmado público, obtuvo su anhelada propina, la repetición del último movimiento de la Sinfonía de Haydn, aún más vital y veloz, si cabe, que en el concierto ‘oficial’.
Este broche de oro a la actual temporada de Ibermúsica nos dice hasta pronto con el adelanto de su nueva edición 26/27, que incluye a algunas de las grandes figuras internacionales de la interpretación de la música clásica, como La Filarmónica de Nueva York con Gustavo Dudamel, la Orquesta Filarmónica de Londres con Edward Gardner, la Filarmónica Checa con Semyon Bychkov, la Staatskapelle Dresden con Daniele Gatti o la Philharmonia Orchestra con Esa-Pekka Salonen, entre otros. En el terreno historicista repetirán John Eliot Gardiner con esta misma orquesta, pero también con el Constellation Choir, además de poder disfrutar de Le Concert d’Astrée dirigidos por Emmanuelle Haïm. Hasta entonces.
Simón Andueza
Nicola Boud, clarinete bajo. The Constellation Orchestra, John Eliot Gardiner, director.
Obras de Juan Crisóstomo Arriaga, Wolfgang Amadeus Mozart y Joseph Haydn.
Ciclo Ibermúsica, Serie Arriaga.
Sala Sinfónica del Auditorio Nacional de Música, Madrid. 27 de mayo de 2026, 19:30 h.
Foto © Rafa Martín/Ibermúsica