Como colofón del XIV Ciclo de Guitarra Clásica de Alicante que se ha celebrado en el Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA) durante los cinco primeros meses del año 2026, el recital del maestro Manuel Barrueco, invitado una vez más por el Máster en Interpretación de Guitarra Clásica de la Universidad de Alicante, ha supuesto un hito de magnificencia musical en el pleno sentido de la palabra. El gran guitarrista cubano ha vuelto a visitar el auditorio alicantino con un instrumento que el prestigioso lutier alemán Matthias Dammann, impulsor y constructor de la guitarra de doble capa, construyó el año 2000, con la que la música del gran compositor mejicano Manuel María Ponce adquiere una dimensión sonora y un grado de expresividad verdaderamente sublimes. La integración del intérprete en las características del instrumento y la extraordinaria adaptabilidad de éste a la musicalidad de la que hace gala el guitarrista se han fundido en una realidad que sólo es comprensible desde un altísimo nivel de fenomenología artística como el que ha ocurrido en este magnífico recital, que sólo puede ser comprendido e imaginado desde un planteamiento mistérico que exigiría un amplio y muy particular análisis.
Nada más iniciar su recreación de la Sonata Clásica homenaje a Fernando Sor del gran músico zacatecano se pudo percibir la concentración con la que asumía tal cometido proyectándose sobre la guitarra y haciendo que ella irrumpiera en su capacidad recreativa, convirtiéndose ambos en una sola y nueva realidad que trascendía cualquier tipo de argumentación de carácter estético. La obra de Ponce se expandía por la extraordinaria acústica de la sala de cámara del ADDA, justificando la bondad de su contenido en el que quedaba idealizada la forma de cómo habría sonado una gran sonata de Sor si este hubiera tenido a su disposición la evolución armónica del siglo posterior y las posibilidades técnicas de la guitarra moderna, que durante el primer tercio de la pasada centuria Andrés Segovia, colaborador y gran impulsor del arte de Ponce, estaba desarrollando. Así se pudo disfrutar de cómo Barrueco asumía tal responsabilidad adentrándose en la naturaleza clásica del allegro inicial, ofreciendo la emocionalidad que encierra el Andante, el sentido galante del minueto que le sigue y, como corolario, la incontenible alegría del rondó final en el que Barrueco desplegó un arsenal de recursos técnicos e idiomáticos de la guitarra: escalas rápidas, ligados complejos, cejillas prolongadas y cambios bruscos de posición a lo largo del diapasón, hasta reafirmar finalmente la tonalidad fundamental de la obra, que dejaba una sensación rotunda de impecable conceptualización.
Seguidamente ofreció la Sonata Meridional del mismo autor, llegando a ese punto de manifestar plenamente su madurez estilística alcanzada y la profunda comprensión que llegó a tener Ponce de la guitarra, mostrando cómo su lenguaje, moderno y arraigado en las tradiciones folclóricas, queda estilizado en su creatividad desde una perspectiva artística universal de sustancial calidad musical. Con un enorme respeto a las influencias impresionistas que contiene el primer movimiento, Campo, un expansivo allegretto con el que el guitarrista daba toda una lección de cómo hay que descubrir los distintos timbres del instrumento, el maestro Barrueco llevó sus amplísimas facultades de articulación a su máximo exponente. En la Copla, tiempo lento que ocupa el centro de la obra, supo hacer todo un ejercicio de sugerencia, permitiendo que el fraseo protagonizara su discurso, lo que enriquecía su cromatismo mediante cambios de posición y ataques de pulsión que favorecían la diversidad tímbrica de la guitarra. Ésta se transformó en el último movimiento, Fiesta, desde la claridad y precisión que aportó a su ejecución, consiguiendo un magistral equilibrio entre la brillantez expresiva y el control de la velocidad, para, de tal modo, no comprometer la belleza sonora contenida en sus pentagramas. Terminaba así la primera parte del recital con un público absolutamente entregado a la excelencia musical de un maestro que ofrece su enorme autoridad con una naturalidad orgánicamente inherente a su aristocrática personalidad artística.
Esta cualidad tuvo su complemento en el extraordinario tratamiento que dio a las seis piezas que interpretó en la segunda parte del recital, dedicada a una selección de las Danzas Españolas que compuso Enrique Granados entre 1892 y 1900, que Manuel Barrueco transcribió para guitarra desde el año 1979 a lo largo de su carrera. Poder escuchar esta versión al propio transcriptor significaba todo un privilegio ante el respeto al compositor ilerdense que refleja en cada una de ellas. De tal modo hubo que entender el tratamiento dado a la primera que interpretó, Minueto, en la que insinuó un cierto aire de bolero, o la sugestiva evocación dada a la Villanesca, trasladando su expresividad a una pastoril atmósfera renacentista. Le siguió la Arabesca, con claras reminiscencias orientales desarrollando un alto sentido de reinterpretación al llevarla desde el piano, instrumento original para el que fue compuesta, al ámbito sonoro de la guitarra. El punto culminante se produjo con Andaluza, manteniendo un tempo sereno que realzaba la sugestiva evocación guitarrística de esta obra pensada originalmente para la polifonía del teclado. Terminó el recital con Danza Triste, también conocida como Melancólica, y la ordenada en el tercer lugar de la colección por Granados, Zarabanda, a cuya versión dotó de especial alegría en sus cambios de ritmo y cuidados realces del lirismo que destila en algunos de sus pasajes, volviendo a demostrar el supremo arte de su articulación, la soltura de ornamentación, acentuación y sentido del tempo, permitiendo que esta preciosa pieza respirara en por sí misma.
Dos fueron los bises con los que obsequió al entusiasta público; Tango Estudio núm. 3 de Astor Piazzolla, también adaptación del maestro Barrueco, y una exquisita versión de la canción Estrellita de Ponce, que dejó un regusto melancólico entre un muy satisfecho auditorio, confirmando la enorme calidad artística experimentada en este gran recital de Manuel Barrueco, uno de los más destacados de los distintos ciclos de la presente temporada del ADDA.
José Antonio Cantón
XIV CICLO DE GUITARRA DEL ADDA
Recital de guitarra de Manuel Barrueco
Obras de Manuel María Ponce y Enrique Granados
Sala de Cámara ‘Ruperto Chapí’ del Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA), 23-V-2026