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Crítica / Espléndida exhibición escénica de Le Jardin des Voix - por Simón Andueza

Madrid - 17/02/2026

El Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) ha querido volver a programar al ya legendario e incombustible William Christie al frente de su querido grupo con un merecidísimo homenaje a una de las figuras más trascendentales de la creación musical francesa, Marc-Antoine Charpentier, cuya obra se prodiga en muy escasas ocasiones en nuestros escenarios, sobre todo más allá de algunacomposición icónica, muchas veces testimonial. Tuvimos el placer de presenciar dos de sus creaciones escénicas más deliciosas, Les arts florissants, H487 y La descente d’Orpheé aux enférs, H488.

Como viene siendo cada vez menos extraño, el escenario del Auditorio Nacional se transformó en un escenario digno de cualquier coliseo operístico mediante la inclusión de suelo negro que ocupaba buena parte de la superficie escénica, añadiendo en los laterales unos focos que verdaderamente la transformaron con sugerentes efectos lumínicos.

A través de escasos pero eficaces elementos escenográficos y con un vestuario atemporal, los cantantes ganadores de la 12ª edición de Le Jardin des Voix, la aclamada academia de jóvenes figuras del mundo del canto historicista creada por el propio William Christie, aparecieron en escena de un modo tan natural como trabajado. Los solistas vocales hicieron gala de una concienzuda labor individual de compromiso con las obras interpretadas, al no solo estar desprovistos de partitura, sino de demostrar una verdadera interiorización de sus roles a través de una asombrosa puesta en escena que contuvo toda clase de suertes, incluida la danza.

Debemos destacar el resultado global de la interpretación de la segunda parte del espectáculo, La descente d’Orphée aux enfers (El descenso de Orfeo a los infiernos), según su autor, un Idilio en música en dos actos. La concepción teatral estuvo francamente conseguida, tanto en el primer acto -el más breve, pastoril que culmina con la desdichada muere de Eurídice-, como en el segundo –el que contiene el verdadero drama, protagonizado por un desesperado Orfeo-.

Quien encarnó a Orfeo fue el tenor Bastien Rimondi, fue sin duda alguna el protagonista indiscutible del espectáculo, al mostrar tanto sus fantásticas dotes vocales como su extraordinario talento teatral. Su voz, de impecable técnica vocal, denotó una facilidad absoluta en el registro agudo y una gran belleza tímbrica. En el apartado actoral, su personaje resulto creíble, empático y mostró unos extremos afectos de una pasmosa naturalidad, apoyados en una prosodia del texto impecable. Además, sus mil y una posturas inverosímiles en el escenario fueron posibles gracias a su buen estado físico.

La soprano Camille Chopin dio vida a Eurídice. Su papel, mucho más breve obviamente que el de su pareja en la ficción, permitió no obstante, junto a su participación tan luminosa en la primera parte de la velada, la demostración de sus virtudes, como una fabulosa proyección vocal, ligera pero plena, y una línea de canto tan musical como fácil. De igual modo su talento actoral estuvo en consonancia al de Rimondi y en general a la par que el resto del elenco vocal presente, de un total de diez cantantes.

Como antagonista de la trama, se puso en la piel de Plutón el bajo Kevin Arboleda Oquendo, de inquietante presencia escénica, quien mostró una gran igualdad en su emisión vocal de emisión muy natural.

Quienes hicieron una fantástica puesta en escena  y una labor encomiable como trío de cámara fueron Richard Pittsinger y Attila Varga-Tóth, tenores, y el barítono Olivier Bergeron, dando vida a Ixión, Tántalo y Ticio, tres almas en penas pertenecientes al averno, y que se encontraban atados a sogas y arrodillados durante toda la representación. El suyo fue un verdadero trabajo excepcional de altísima calidad musical y teatral que encandiló a todo el público.

Debemos hacer notar la esmerada labor de todos los cantantes en los números de coro, ya que demostraron una conjuntada labor llena de matices, de equilibrio sonoro y  de una absoluta expresión de los afectos tan atormentados.

En el apartado instrumentista destacaron muy especialmente las violagambistas Myriam Rignol y Mathilde Vialle, quienes poseen una excepcional participación solista a dúo en el segundo acto de esta obra, de extrema belleza tanto como dúo solista como en su aporte a la textura del orgánico instrumental. Las dos intérpretes denotaron una espléndida riqueza sonora y una gran cohesión tanto entre sí como con el resto de músicos.

La primera parte del programa la ocupó la pieza que dio nombre al conjunto francés, Les arts florissants, que el propio Charpentier define como Ópera de cámara en un acto. La obra, de creatividad y asombrosa alegría, careció de esa excelencia musical mostrada en la segunda parte del espectáculo, probablemente por la novedad del espacio escénico y de la colocación de los intérpretes en un ámbito tan amplio. No obstante, la implicación de todo el elenco vocal a nivel teatral fue absoluta, sin duda gracias a la magnífica labor de dirección de escena a cargo de Marie Lambert-Le Bihan y de Stéphane Facco, quienes crearon unos cuadros plásticos realmente bucólicos y estableciendo una atmosfera creíble en cada escena.

Mención aparte merecen las espléndidas coreografías creadas por Martin Chaix, quien consiguió además que los cantantes se confundieran en ellas con los bailarines, cuatro extraordinarios artistas que deben ser nombrados gracias a su naturales, acrobáticos y entregados movimientos escénicos, Tom Godefroid, Claire Graham, Noémie Larcheveque y Andrea Scarfi, que permitieron conseguir ese delicioso dinamismo y esa credibilidad teatral a la velada.

Como conjunto instrumental nos encontramos a Les Arts Florissants, que en esta ocasión fue un conjunto de cámara de mínimas dimensiones, propias de una sala de cámara. Además, su colocación espacial, al fondo del escenario para dar protagonismo a la escena, no favoreció ni su audición ni la comunicación y conjunción con los cantantes.

William Christie, ovacionado de manera especial desde el momento de su aparición en escena, verdadero creador, pionero e impulsor de este repertorio y mítica figura del panorama mundial del historicismo, lideró discretamente tanto al grupo vocal como al instrumental, permitiendo un desarrollo musical interpretativo orgánico y camerístico.

El público que atiborraba la sala sinfónica, atrapado en sus asientos por el gran espectáculo ofrecido, no dudó en ovacionar cálidamente con sonoros vítores a todos los músicos.

Simón Andueza

 

Tanaquil Ollivier, Camille Chopin, Josipa Bilić y Sarah Fleiss, sopranos, Sydney Frodsham, contralto, Bastien Rimondi, Richard Pittsinger y Attila Varga-Tóth, tenores, Olivier Bergeron, barítono, Kevin Arboleda Oquendo, bajo.

Marie Lambert-Le Bihan y Stéphane Facco, dirección de escena. Martin Chaix, coreografía.

Les Arts Florissants, William Christie, clave, órgano y dirección.

Obras de Marc-Antoine Charpentier (1643-1704).

Ciclo ‘Universo Barroco’ del CNDM.

Sala sinfónica del Auditorio Nacional de Música, Madrid.

15 de febrero de 2026, 19:00 h.

 

Foto © Elvira Megías

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