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Crítica / Energía a pie de atril - por Luis Mazorra Incera

Madrid - 22/06/2026

La enérgica expresividad de Dan Ettinger ejercida desde el piso del escenario, se hizo notar en su versión de la Cuarta sinfonía de Robert Schumann que abría su concierto con la Orquesta Sinfónica de Madrid en el Auditorio Nacional de Música.

Tras una frágil introducción pausada, se levantó un estimulante primer movimiento con sus secciones perfectamente delimitadas, sin eludir las dificultades de tempo finales para todos los atriles. Una lógica discursiva personal articulada por la gestión de los calderones, sonoridades de duración ajustable que trufan (y complican) esta partitura de nada fácil dirección si se quiere sacar el lírico (y adelantado) sentido narrativo, épico por momentos, que atesora.

Esta energía se volvió abiertamente extrovertida en su scherzo, mostrando el músculo de la orquesta en un repertorio de tintes poéticos que presenta sus abultados contrastes. Como el fluido “trío”, difícil de conjunción, que se interpone en este movimiento de una sinfonía visionaria planteada de un solo tirón.

La entrada del vertiginoso último movimiento (toda ella pero especialmente aquí) me llegó como un sincero homenaje a aquel Beethoven idolatrado y, más aún, en esta interpretación.

Precisión en los cambios de tempi, inmediatos, directos, a los que la orquesta respondió con intención y entrega en un final brillante y de claridad encomiable pese a los envites afrontados en este continuo ascenso tensivo.

Scheherezade de Nikolái Rimski-Kórsakov partía también de aquella energía fundante, pero con un discurso narrativo explícito que no homenajea ni se sirve de las mismas raíces.

Plasticidad que Ettinger interpretó siempre desde la óptica de la prestancia inmediata, con detalles de fraseo tanto en solos como en conjunto, para lo que aquella dirección sobre el terreno, parecía idónea.

El tercer movimiento (“El joven príncipe y la joven princesa”) de esta obra se vio destacado sobre manera por esta dirección a pie de atril, siempre sin podio ni batuta. Una opción que ganaba en implicación expresiva lo que (presumiblemente) perdía en visibilidad para los últimos atriles de una orquesta con la cuerda dimensionada sobre la base de seis contrabajos (14/12/10/8/6).

Alguna que otra sorpresa fue de agradecer en declarado tono de fantasía, aunque no tuviera siempre demasiada lógica en su irrupción y suspense del discurso (... bueno… pensándolo bien… también por eso se las llama… sorpresas...).

El movimiento final con su fiesta en Bagdad, el mar, y el barco rompiendo sobre la rocas se presagiaba como desencadenante de esta energía y... así fue.

Curiosamente, la repetida envolvente melódica en que se basa la envolvente cantilena del concertino que representa a la persuasiva narradora, Scherezade, tiene alguna similitud con el tema cíclico de la Cuarta sinfonía de Schumann... (Curiosamente…) Una cuestión (casi) subliminal que, para el que suscribe al menos, se tradujo en una solidez inédita para un intenso programa.

Luis Mazorra Incera

 

Orquesta Sinfónica de Madrid / Dan Ettinger.

Obras de Rimski-Kórsakov y Schumann.

OSM. Auditorio Nacional de Música. Madrid.

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