Entre los conciertos más destacados de la presente temporada 25/26 de la Sociedad de Conciertos de Alicante hay que considerar el recital de piano de Elisabeth Leonskaja, gran dama en la interpretación de la música para este instrumento que, por su autoridad artística, genera siempre el máximo grado de expectación entre los aficionados. Desde su primera visita a la Sociedad, hace cuarenta años, esta era la octava ocasión que era invitada por dicha institución alicantina presentando un programa en el que ha compaginado autores de distintas épocas y estilos en apariencia irreconciliables y de difícil compaginación estética pero sí defensores, cada uno de ellos, de la obra musical como “un particular espacio de pensamiento, de tensión formal y de exploración expresiva” como puede leerse en las magníficas notas al programa de mano del colaborador de esta institución musical alicantina Alberto Rodríguez-Mayol escritas para esta ocasión.
Empezó la actuación con la Fantasía para piano en Sol menor, Op. 77 de Ludwig van Beethoven, todo un ejemplo primigenio de esta forma musical en la que la tonalidad progresiva adquiere una razón de ser sustancial desde su inestable evolución narrativa, verdadero núcleo de su ser estético. Partiendo de esta premisa afrontó su interpretación generando esa inquietud en el oyente al encontrarse ante un discurso poco definido como así pretende el autor, aspecto fundamental de una cuidadosa ejecución de esta obra que Leonskaja ha asumido con absoluta responsabilidad estética ya desde la febril inquietud en la presentación de esta obra hasta el Adagio y Allegretto que preceden a su final, que supo orientar y transmitir como elementos de estabilidad emocional.
La primera incursión de Leonskaja en la Segunda Escuela de Viena, vino propiciada por las Seis pequeñas piezas para piano, Op. 19 compuestas por el músico austriaco Arnold Schönberg, llegando a un notable grado de aforístico ensimismamiento, por su aire lento, en la segunda, tercera y sexta, piezas en las que se pudo extraer la mejor esencia del padre del serialismo dodecafónico, destacando la última, que leyó como si de una desmaterialización musical se tratara, alcanzando uno de los momentos más singulares de su actuación por su carga sugestiva.
El recital continuó con tres obras de Federico Chopin, que sirvieron para recomponer la capacidad sensitiva del público, entrado de lleno en la armonización romántica a lo largo de la media hora de duración de su contenido en conjunto. Haciendo gala de un disección analítica del Primer Scherzo en Si menor, Op. 20, dejó constancia de su capacidad polifónica en el cambio de tonalidad del trío, que le sirvió para adentrarse en la esencia del pensamiento chopiniano, aspecto que tuvo su continuidad en la ejecución del Segundo Nocturno en Re bemol mayor, Op.27 que significó uno de los momentos más relevantes de su actuación, llegando a ese grado de expresividad que hace de esta composición para piano una obra maestra del repertorio. Terminó con el compositor polaco haciendo una muy sólida versión de la Polonesa-Fantasía en La bemol mayor, Op. 61 que le sirvió para dejar de manifiesto su portentoso dominio del pedal en aras a conseguir todos los sentimientos que con esta obra quiso transmitir el autor, inmersos siempre en una fluctuación expresiva de contrastante carácter doliente que constituye la esencia de su inspiración, cerrando así la primera parte del recital en la que se pudo admirar el arte de esta gran dama del piano que conquistó en su momento la atención de uno de los pianistas míticos del siglo XX como fue Sviatoslav Richter, convirtiéndolo en un prosélito maestro de su arte. El momento más elocuente de su interpretación fue cómo expuso la coda haciendo de ella un condensado resumen del mensaje de esta fantasía polaca que pone de manifiesto la proyección creativa que se veía venir en Chopin tres años antes de su muerte.
La segunda aproximación el piano serialista de esta pianista georgiana fue con las Variaciones, Op.27 de Anton Webern, una de sus composiciones más esenciales que reflejan con más autenticidad el carácter de este genial maestro de la música dodecafónica. Demostrando un profundo dominio del misterioso lenguaje expresivo del autor, Leonskaja se sometió a máxima concentración, especialmente en el episodio central, Sher schnell, por la rapidez que exige su discurso de acentuada exactitud rítmica, que fue solventado por su versátil mecanismo y enriquecedora musicalidad. Se ponía de manifiesto una vez más cómo su concepto ha de ser tenido en un muy alto nivel de consideración como un referente absoluto dentro de la tradición recreativa de esta obra, única escrita para piano por este singular compositor austriaco del siglo XX.
El momento culminante del recital llegó con la música de Franz Schubert, de la que la pianista nacida en Tiflis está entre los más consumados especialistas en este compositor como fueron el moravo Alfred Brendel, el rumano Radu Lupu y, las felizmente aún en vida, la japonesa Mitsuko Uchida o la lisboeta Maria Joâo Pires, sin olvidar al mencionado Richter y al ínclito Grigori Sokolov. Programó para esta ocasión la Sonata en La menor, D 845 sirviéndose de la encadenada perfección temática de su moderado tiempo inicial, con el que consiguió transmitir la riqueza emocional que encierra esta singular pianista. Así transitó por sus compases desgranándolos con suma elegancia espiritual encontrando, con auténtico sentido, la inestabilidad modulante que presenta el autor antes de la reafirmación tonal que significa la coda con la que antecede su final. La contundencia de esta conclusión fue contrastada con el cambio psicológico que supone el segundo movimiento, Andante poco mosso, en el que la intérprete presentaba un revitalizado estado de ánimo a través de su ágil virtuosismo como el demostrado en la cuarta variación que siempre mantuvo en muy matizados contrastes dinámicos plenos de una especial coloratura vocal trasladada al teclado, generando así su hermoso carácter evocador. El Scherzo lo tradujo en su conjunto con cierta inquietud que fue compensada por el tratamiento dado al trío, que tradujo como un canto a la felicidad antes de regresar a tensión generada con la reexposición. En el rondó con el que termina esta sonata Leonskaja desencadenó con prodigalidad su virtuosismo técnico generando a su vez ese fatalismo que destila aquí la música de Schubert, confirmado con el intenso dramatismo de los acordes finales que rematan su coda, poniendo así la rúbrica a un recital regio en sus connotaciones formales y en la suma belleza sus secretos sensitivos.
Para terminar de forma definitiva volvió a recrear el pensamiento musical de Schubert a través de uno de sus impromptus más característicos, el escrito en Si bemol mayor D 935-3, que significó todo un homenaje a la genial inspiración liederística del autor en las variaciones que contiene, dejando la más gratificante sensación en el auditorio de experimentados abonados de esta prestigiosa Sociedad de Conciertos de Alicante, como privilegiado testigo colectivo de un recital en el que se pudieron sentir las mejores esencias de este genio del romanticismo musical, con el que Leonskaja demostró cómo se toca el piano más poniendo el corazón que con las manos.
José Antonio Cantón
SOCIEDAD DE CONCIERTOS DE ALICANTE
Recital de piano de ELISABETH LEONSKAJA
Obras: Beethoven, Chopin, Schönberg, Schubert y Webern
Teatro Principal de Alicante, 10-III-2026
Foto © Angel Yuste