Sobre el rico denominador común de la poesía en lengua francesa, escuchamos un programa descrito por su primer epígrafe titular como…: “Un ave del paraíso”.
Sobre las tablas de la sala de cámara del Auditorio Nacional de Música, los cantantes: Rebeca Cardiel y Ariadna Martínez, sopranos; Maria Morellà y Marta Caamaño, contraltos; Ariel Hernández y Diego Blázquez, tenores; Enrique Sánchez-Ramos, barítono y José Antonio Carril, bajo; junto con Eduardo Raimundo al clarinete y el piano de Sergio Espejo en las piezas que los requerían, todos dirigidos por Alfonso Martín.
Las Tres canciones de Maurice Ravel, arrancaron con una Nicolette que ya incluía todo tipo de dificultades técnicas y atmósferas, de inicio. Sin ir más lejos, la comprometida ejecución del mismo acorde final.
Tres bellas aves del paraíso presentaba otra problemática, con un canto solista, en principio de soprano pero, después, viajero por todas las voces del coro y acompañado a menudo por disposiciones cerradas, próximas o invertidas en las demás voces.
Una dinámica Ronda remató la pieza con brillantez.
El puente Mirabeau, una bellísima pieza pieza coral, también a cappella como la anterior, del canadiense Lionel Daunais, se desarrolló con sensibilidad y sentido.
Las canciones/rimas infantiles del pajarero (Les comptines de l’oiselier) de Jean Binet, una suite plena de dinamismo que lució tanto al grupo vocal como al clarinete con una parte solista elegante y grácil en manos de Eduardo Raimundo.
La Primera rapsodia para clarinete y piano de Claude Debussy fue todo un despliegue de musicalidad, lirismo sin palabras, y savoir-faire en manos del clarinetista citado y el pianista Sergio Espejo.
Tres poemas de Paul Valéry de Jean Françaix insistieron en aquella ligereza en La Aurora. Mayor trascendencia en el más desarrollado Cántico de los pilares, que, ciertamente, invitó a aplaudir tras su conclusión… antes de esperar al propio final del tríptico.
En La Sílfide volvimos a aquella ágil ligereza, en simetría.
Con acompañamientos de piano, las Tres canciones bretonas del danés Henk Badings, arrancaron con La idealizada noche en la mar (La nuit en mer), antifonalmente, para converger en punta. Ya desde el purgatorio, y está vez, en simetría con la anterior, con las voces femeninas, El lamento de las ánimas (La complainte des âmes) y, por fin, la epicúrea y jocosa Tarde de verano (Soir d’été) con un espíritu extrovertido que sirviera para lucimiento de todos por concertación, timbre y afinación.
Y, como remate, otro firme pilar (colonne…) de la música francesa, con un breve ejemplo de la obra vocal con acompañamiento de piano de Francis Poulenc: Nos souvenirs qui chantent (Nuestros recuerdos que cantan). A ritmo de vals, un tanto villano, viciado y pendenciero, como muchos de los números que se han hecho con esta base, eso sí, en sabias manos y hoy con espléndidas voces por musicalidad y, equilibrada e intensa, proyección, tanto en su desempeño conjunto como por cuerdas o a solo.
Preciso final para un “beau…” programa de concierto en la sala de cámara del Auditorio.
Ya a modo de propina o bis: canícula musical, con Badings y su Tarde de verano… en oportuna consonancia con las primeras embestidas del “protoverano” madrileño.
Luis Mazorra Incera
Alfonso Martín, director; Rebeca Cardiel y Ariadna Martínez, sopranos; Maria Morellà y Marta Caamaño, contraltos; Ariel Hernández y Diego Blázquez, tenor; Enrique Sánchez-Ramos, barítono y José Antonio Carril, bajo. Eduardo Raimundo, clarinete; y Sergio Espejo, piano.
Obras de Badings, Binet, Daunais, Debussy, Français, Poulenc y Ravel.
Satélites-OCNE. Auditorio Nacional de Música. Madrid.
Foto © Rafa Martín