El segundo Concierto del Ciclo Recitales y Música de Cámara que la OSCyL dispone en la Sala de la especialidad de su sede vallisoletana, tuvo su primer acierto en la cita misma; satisfacción recibir en la ciudad, al Dúo formado por Vadim Repin (Novosibirsk, 1971), violín, y Nikolay Lugansky (Moscú, 1972), piano, entre las pocas que lo hacen en esta gira por España, máximos representantes como son de la Escuela Rusa cada uno en su especialidad y que como Dúo, sigue siendo célebre su álbum para DG de 2010. El violinista, que toca un Amati de 1664, ganó, a sus 11 años, Medalla de Oro en el Internacional “Wieniawski” y, en 1981, ganador más joven del “Reina Elisabeth”, donde ahora es Jurado. Del pianista baste decir que aúna tres Premio “Diapason d’Or” y dos ECHO. El Programa que presentaron tenía a Prokofiev y a Franck como protagonistas de cada Parte, coincidiendo ambos en que las obras, fueron dedicadas a violinistas renombrados que, con pianistas del nivel, las estrenaron. Adelantemos ya que, si hubiesen escuchado cómo las toca esta pareja protagonista de la tarde, no habrían tenido inconveniente alguno en confiarle su primicia.
Iniciaron con Cinco melodías para Violín y Piano, op. 35 bis (1925), estrenada en París por P. Kochánski y el autor Prokófiev al piano. En realidad, se trata de una transcripción de su op. 135, donde el violín sustituye a la soprano, con la intención de aumentar más y mejor la expresión de las melodías sin palabras, que la voz humana emitía como vocalise similar a un instrumento; de ahí que Prokófiev las llevase al violín, pensando que su posibilidad de legato íntimo, continuado o sus ágiles agudos extremos y dinámicas, permitirían que hubiese un juego expresivo de igual a igual entre ambos instrumentos, enriquecido con pizzicati, staccato y dobles cuerdas. Además, tuvo a la sordina como colaboradora en los números 1, 2 y 5, reforzando el ambiente de intimidad que buscaba. La versión tuvo todas esas características en grado sumo, tan afectiva, por el sonido de Repin tan homogéneo, extendido y natural, y por la labor de Lugansky tan comedida, justa y exacta, que dieron sensación de serenidad y facilidad, como si hacer que la música fluyera así, estuviese al alcance de cualquiera; el ritmo común en el animato y la gracia algo irónica del autor en el allegretto leggero e scherzando fueron un encanto y emotivo y lírico el final. El público que casi llenó la Sala, aún con otros espectáculos coincidentes, premió con calor a los artistas.
Subió mucho la temperatura con la Sonata para Violín y Piano nº 1, en Fa m., op. 80 (1938-1946), que Prokófiev inició tras su regreso a la URSS de un viaje, cuya gestación fue interrumpida por la II Guerra y no pudo acabarla hasta que acabó en plena represión staliniana, de ahí que su atmósfera sea triste, dramática, opresiva, desgarradora. Se la dedicó a D. Oistraj quien, con L. Oborin, la estrenó en Moscú en 1946 y volvió a interpretarla en el funeral del autor. Alterna lo rápido-lento, como en las sonatas da Chiesa del barroco tipo Händel, con personalidad propia. El andante que la abre, vaticinó con tétricos y pianísimos graves de las notas iniciales de ambos, el funeral que el violín iba a describir para la civilización; Repin lo hizo como Prokófiev solicitó: “amplia introducción” al allegro brusco que le sigue, que sonó tal cual, con el furor de guerra amenaza y realidad, el arco recorriendo de punta a talón todas las cuerdas, pinzando, golpeando con precisión coincidente con las teclas del piano, como si fueran uno solo en color, matiz e intención y pasar al lírico andante, con esa melancólica nana que duda si la vida seguirá siendo posible, con un Lugansky portentoso dando su apropiado color a cada nota pulsada; y la alegría final por el fin de la batalla, con el Dúo trepidante en sus compases compuestos e irregulares exactos que, al apreciar después el desastre creado, vuelve al doloroso tema tétrico inicial, ese “viento batiendo un cementerio” que Prokófiev pedía y que las escalas con sordina que sirvió Repin en apoyado susurro, conmovieron al público, que liberó su tensa emoción en una explosión de aplausos, repetidos en las tres salidas provocadas.
Y vino Franck con su célebre Sonata en La M. FWV 8 (1886), que dedicó a E. Ysaÿe como regalo de boda, que la tocó en privado el día del enlace para días después, hacerlo en el Museo de Pintura de París con L. Bordes-Pène al piano; como anécdota, con la prohibición de luces artificiales por seguridad y la longitud del Programa, anocheció y los tres últimos movimientos se tocaron casi a oscuras. Repin la interpreta sin partitura, tal es el dominio que de élla tiene y la sabiduría con que el Dúo la interpreta, por lo que describir lo escuchado, es tarea imposible, hay que oírlo para apreciarlo plenamente. Estructura cíclica siempre presente. Bárbara la exposición del allegretto y la melodía famosa prólogo del allegro, núcleo de la Sonata que bordó Lugansky a pesar de su exigencia; el recitativo-fantasía fue un prodigio de expresión, dramático, casi improvisatorio, cantando ambos de igual a igual; y dulzura la imitación repetida como rondó que lleva al brillante final. Éxtasis y ovaciones merecidas, prolongadas y repetidas, hasta que nos regalaron otras dos de sus especialidades: Scherzo-Tarantella de Wieniawski y movimiento de la Sonata “Kreutzer”, nº 9 de Beethoven, que terminaron de enloquecer de gusto y admiración al auditorio.
José Mª Morate Moyano
Vadim Repin, violín; Nikolay Lugansky, piano
Obras de S. Prokófiev y C. Franck
Sala de Cámara en el CCMD de Valladolid