Una Novena Sinfonía de Gustav Mahler, en su día rodeada de maleficios (para su autor, al menos), fue la tarjeta de despedida de David Afkham como director titular de la Orquesta Nacional de España.
Una superstición histórica acompañada de dosis de trascendencia, para una obra de absoluta madurez, sólida, de síntesis, que se encierra en sí misma empoderada en la tradición sinfónica heredada, y que sirve de cierre para este ciclo, para esta amplia, natural y celebrada titularidad del director alemán, en ésta su última temporada con la OCNE.
Culmina, así, “sin meterse en docenas”, con una temporada, séptima como “titular” del conjunto, pero duodécima de facto si añadimos las cinco anteriores en que fuera su “director principal” (alguno podría decir aquello de “¡llámalo hache…!”). Y no, no se prolongará (supersticiones aparte, de nuevo) con prórrogas o propinas de “docena de fraile”...
El Andante comodo inicial de esta monumental Novena, perfilado con solidez, transitó sin complejos desde los matices más silenciosos y apagados (por momentos, exigentes para todos, como aquél que destacó al primer arpa en tareas de frágil línea medular), a las explosiones orquestales magníficas que propicia una partitura pletórica. Una partitura escrita en consabidos cuatro movimientos sin demasiados experimentos, muestra de un savoir-faire ya consumado. Explosiones instrumentales que se sirvieron de la lógica dinámica de tesituras fronterizas, comprometidas, traducidas por una cuerda especialmente centrada y decidida.
Un segundo movimiento henchido de ese rústico carácter que exige su descriptivo título, certificó aquella disposición con la “tosca” (sic) brillantez que exige su indicación original. Un remate del flautín con clara articulación y pareja disposición de acentos, concluyó un estimulante pasaje de espléndida asertividad.
El Rondo-burleske se apostaba después desafiante (sic) con un punto de exorcismo de aquella consumada técnica orquestal que ha caracterizado toda su obra sinfónica. Una síntesis brillante y compacta de las sobredosis y desplantes subliminales mahlerianos.
Se retomó su vena más lírica en busca texturas que parecían beber del Berlioz de la Sinfonía fantástica, para de seguido volver a recuperar aquel espíritu desafiante hasta rematar con celeridad categórica.
Especial mención aquí a la actitud de una orquesta que demostraba entrega constante en esta ardua empresa sinfónica: una Novena pensada (quizás) como el “revelado” (fotográfico…) del otro hímnico, coral y cósmico re menor beethoveniano de referencia (mítica), pasado a un re mayor empoderado, material y concluyente.
El movimiento final largamente esperado, me recordó de esta guisa, por actitud y situación, aquella popular Sinfonía “patética” de Tchaikovsky. Y sí, por mucho que digan y se desdigan, aquí se perciben también atisbos testamentarios ocultos. O, al menos, una parodia consciente (y subliminal) de esta intención formal, que será lo más probable.
Lento y contenido, siempre intenso, serpenteó ese característico giro melódico, tan tradicional y clásico (diría que clasicista incluso) por otro lado, en el que se resume su vocación clásica en el fondo y en la forma (el puño y letra de Mahler así lo atestigua) y, claro, vienesa por adopción de su autor bohemio. Un giro e impulso melódico que, como pieza de ornamentación tradicional (hasta vulgar y trillada, diría yo), se erige aquí en motivo medular. Un motivo que aparece, desaparece, y se multiplica por doquier.
Momentos íntimos, los hubo aquí también, en ambos extremos resaltados en esta versión pues, donde cierto estatismo (sin pretensión de éxtasis) tomó de vez en cuando ese protagonismo que parece negarle la fortaleza orquestal de un contingente con viento madera a cuatro (¡como mínimo…!) y cuerda dimensionada sobre la base de ocho contrabajos (con el siguiente reparto: 15/13/12/10/8).
La contemplación final dibujada desde un terso violonchelo… violines segundos, primeros, violas… con querencia permanente hacia portamentos algo agónicos… se enfrentó a la intermitencia (impertinente) de móviles y relojes destemplados a esas nueve en punto en que terminaba el concierto…
Un remate en su conjunto, ejemplificante, un broche a todo un amplio ciclo director sensible, juicioso y mesurado, técnico y detallista en lo gestual, de David Afkham que recibió una calurosa y gratificante aclamación en este sábado de temporada al que asistimos.
El concierto fue dedicado explícitamente desde las pantallas donde habitualmente se vierten los textos cantados, a las víctimas del trágico terremoto en Venezuela, y en solidaridad con dicho país.
Luis Mazorra Incera
Orquesta Nacional de España / David Afkham.
Novena Sinfonía de Mahler.
OCNE. Auditorio Nacional de Música. Madrid.