Doble debut de músicos italianos con la Filarmónica de Gran Canaria, ambos en una trayectoria ascendente de sus carreras. El director Jader Bignamini, titular desde 2020 de la Sinfónica de Detroit, que compagina su labor sinfónica y operística en algunos importantes escenarios internacionales y Giuseppe Gibboni, lanzado a una carrera internacional tras ganar en 2021 la 56 edición del prestigioso Concurso Paganini de Génova.
No extrañó, por tanto, que la primera parte del programa estuviera dedicada al repertorio italiano, con la Sinfonía de Il diavolo della notte de Bottessini, obertura para la ópera del mismo nombre, música brillante de fuerte impronta teatral que despierta la atención de los espectadores ante la acción que inmediatamente la seguirá, interpretada con estilo y desparpajo por Bignamini y la Filarmónica de Gran Canaria, marcando acertadamente los contrastes entre los tres temas que la conforman.
Posteriormente escuchamos el Concierto para violín y orquesta nº 1, en Re mayor, op. 6 de Nicolo Paganini. Los conciertos del mítico violinista italiano han desaparecido de los programas de las orquestas, no solo en nuestro país, en las últimas décadas, tal vez por arrastrar una fama de vacuo exhibicionismo. Algo que tiene sus matices, pues si bien no presentan la hondura de los grandes conciertos del XIX, a los que precedió y sirvió en buena medida como modelo, no es menos cierto que son obras de impecable factura, con una ardua parte solista, hecha a la medida de las legendarias dotes de su autor, muy agradecidas para el oyente, escritas en un estilo cantable de resonancias belcantistas que sigue la estela de los grandes autores operísticos de la época, con Rossini a la cabeza.
Gibboni hizo honor a sus laureles de ganador del concurso genovés impartiendo una lección de virtuosismo, sorteando con insultante facilidad todas las trampas que Paganini le pone sus intérpretes, con un sonido terso y excelentemente proyectado, haciendo un certero uso del vibrato, diáfano en la digitación, incluso en pasajes rápidos a dobles cuerdas, en los muy solicitados registros extremos, especialmente un recurrente registro agudo con amplio uso de los armónicos muy del gusto de su autor, o en los más diversos golpes de arco, luciendo un admirable legato que le permitió recrearse en las amplias melodías de resonancias operísticas. Bignamini acompañó con desenvoltura otorgando amplio margen al solista para sus acrobacias, sin permitir que la parte orquestal perdiera pulso y dinamismo.
La Sinfonía Fantástica de Berlioz es pieza predilecta de los directores de orquesta pues les permite mostrar las variadísimas cualidades de la orquesta moderna, con multiplicidad de efectos instrumentales que cubren todo el espectro posible de sensaciones de lo macabro a lo poético, otorgando un amplio margen para el desenvolvimiento personal de la batuta.
Bignamini no desaprovecho la ocasión, ofreciendo una lectura muy cuidada, evidenciando el amplio catálogo de posibilidades instrumentales sin perder el hilo de la narración. Muy meticuloso en el trabajo con las texturas, evitó los sonidos amazacotados en los que frecuentemente caen muchas batutas en esta pieza, ofreciendo texturas diáfanas incluso en los instantes de mayor densidad instrumental, con un fraseo maleable acorde a cada circunstancia.
Ensueños, pasiones fue especialmente afortunado en plasmar la alternancia entre la ensoñación poética y la agitación apasionada que vertebra este movimiento, con un trabajo muy delicado de la sección de cuerdas. El Vals fue afrontado con certero sentido del rubato, que remarcó su libérrimo carácter dancístico, incluyendo un amplio empleo de ritardandos y acelerandos. La escena campestre obtuvo su esperado aire bucólico con un delicado dúo entre oboe, fuera de escena, y corno inglés, desentrañando el variado carácter de las distintas secciones que lo componen, marcando con sutileza el desempeño de los cuatro timbaleros. La Marcha al cadalso permitió el lucimiento de la amplia sección de metales, empastados y con una muy trabajada agógica que enfatizó la sección central de la marcha. Por último, Sueño de un de aquelarre situó en primer plano la panoplia de efectos instrumentales ideados por Berlioz para distorsionar el timbre de los instrumentos, subrayando su carácter alucinado y grotesco: cuerdas sul ponticello, o col legno, amplio y variado uso de registros extremos, con una impecable gradación de volúmenes y densidades que evitó los sonidos broncos y descontrolados conduciéndonos a un explosivo final. Impecable trabajo de Jader Bignamini el que esperamos volver a escuchar con nuestra orquesta en próximas ocasiones.
Juan Francisco Román Rodríguez
Giuseppe Gibboni, violín.
Orquesta Filarmónica de Gran Canaria / Jader Bignamini.
Obras de Bottesini, Paganini y Berlioz.
Auditorio Alfredo Kraus. Las Palmas de Gran Canaria.