La Orquesta Sinfónica de Bilbao, junto a sus invitados mexicanos y venezolanos, puso, en un primer plano, el ritmo de la tradición y la vanguardia de los compositores contemporáneos de estos países en el último de los conciertos de la temporada.
Con un gran protagonismo del director y violinista mexicano Carlos Miguel Prieto que explicó a un público entregado el origen y el análisis de las músicas y de los instrumentos autóctonos (con los que se mostró muy perfeccionista) fuimos navegando por las composiciones que se crearon, produjeron o estrenaron en México (escrito con X y no con J).
La primera pieza fue la Sinfonía n.2 “India” del compositor, pianista, director y docente Carlos Cháves, muy admirado en su país por su amplia labor en el desarrollo de sus instituciones musicales. El nombre de la sinfonía proviene de la utilización de melodías que proceden de tribus nativas mexicanas del norte del territorio. La utilización de instrumentos originarios se centró, sobre todo, en el área de la percusión que protagonizó el brillante episodio final.
El vals Morocota interpretado por el propio compositor Pacho Flores, y dedicado a su madre, fue la primera interpretación del extraordinario trompetista, cálido o enérgico según el sentimiento de cada momento.
El Concerto venezolano del cubano Paquito D’Rivera estuvo lleno de sorpresas e incluso improvisaciones, no sólo por parte de las diferentes trompetas que utilizó P. Flores que demostraron la enorme evolución que ha experimentado el instrumento, (el músico es firme admirador de Miles Davis del que se cumple el centenario de su nacimiento), sino también por el concurso de uno de los mejores cuatristas del momento, Leo Rondón, que utiliza el cuatro, la pequeña guitarra de cuatro cuerdas.
El concierto es una fantasía en un solo movimiento del que emerge un merengue y que termina en un danzón cubano o venezolano, según quién lo explique y que describe, gracias a los nuevos prototipos de trompeta que amplían enormemente la tesitura y los colores y timbres del instrumento, la exuberante belleza de Venezuela y otros países americanos.
La Orquesta Sinfónica de Bilbao, brillante toda la noche, aportó con madurez sus secciones de viento madera (flautas, oboe y clarinetes), viento metal (trompas y trombones) así como el piano, arpa y la sección completa de cuerdas y participó, como oyente, cuando se creó un trío con la trompeta, el cuatro y un contrabajo en una especie de joropo (género musical y de danza venezolano) que incluso felicitó musicalmente a L. Rondón, ya que al parecer era su cumpleaños, y que regaló al entusiasmado público otras melodías del repertorio americano.
En la segunda parte, además de la composición que es considerada como el segundo himno de México, Huapango, del músico José Pablo Moncayo, construido por tres sones pertenecientes a la música tradicional de las tribus huastecas, tuvimos la oportunidad de escuchar una pieza de la compositora Gabriela Ortiz, Téenek (ser humano), subtitulada Invenciones de Territorio, que la músico ha construido como una alegoría musical que quiere transcender las fronteras con el reconocimiento de las características de los diferentes pueblos que se enriquecen mutuamente. Esta idea central se concreta musicalmente en un tema principal al que se van añadiendo diferentes voces con elementos vanguardistas en un todo con predominio de los vientos, la percusión y las cuerdas, arpa y piano.
El espectáculo que el público de Bilbao disfrutó es el resultado de la extensa investigación de estos compositores, intérpretes y directores en el folklore nativo de los diferentes pueblos originarios de las tierras de México y Venezuela, principalmente, y puede que sirva como desagravio por la ignorancia de algunas gentes.
Genma Sánchez Mugarra
Palacio Euskalduna de Bilbao
Orquesta Sinfónica de Bilbao
Carlos Miguel Prieto, director
Música de C. Chávez, P.Flores, P. D’Rivera, G. Ortiz y J.P. Moncayo
P. Flores, trompeta
L. Rondón, Cuatro venezolano
Foto © Miguel San Cristóbal