La Filarmónica de Nueva York fue la encargada de abrir la nueva temporada de Ibermúsica la semana pasada, tras 16 años de ausencia en este ciclo, junto a su actual director titular, Gustavo Dudamel, y la especial participación del Orfeó Català y sus Cor de Noises y Cantores del Cor Infantil. Los dos conciertos programados atendieron tanto al gran repertorio sinfónico como a la nueva creación.
El primero de ellos incluyó, en su inicio, los estrenos en Madrid de Invisible House, de Z. Di Castri, y On the Transmigration of Souls, de J. Adams. Ambas obras presentaron planteamientos conceptuales similares con lenguajes bien diferenciados.
Invisible House, obra encargada conjuntamente por la New York Philharmonic y los Angeles Philharmonic, reivindica “la obligación de recordar”, según palabras de Di Castri, como respuesta ética a la creación artística en un mundo que cohabita con el horror. El sustrato poético y título provienen del poeta ucraniano IIya Kaminsky, así como de las memorias del bisabuelo de Di Castri, también ucraniano.
La obra está estructurada en secciones contrastantes alternadas. La primera explora las posibilidades tímbricas y rítmicas de la percusión en su inicio, para desplegar un ostinato en el que se superponen capas sonoras que, a través de una compleja heterofonía, nos lleva a un intenso clímax dramático, como un grito interno contenido, que se diluye gradualmente en los glissandi de las cuerdas de la sección central, más contemplativa. El chelo tiene una destacada intervención en la parte final de la obra, de intensa expresión y sutileza tímbrica, arropado por la orquesta. La escritura orquestal de Di Castri es segura y de gran riqueza colorista, si bien la deriva del discurso sonoro deja cierta indefinición en la escucha respecto al aspecto formal de la obra.
On the Transmigration of Souls, J. Adams reivindica también la memoria, en este caso la de los dramáticos acontecimientos del 11-S, en una obra que quiere ser un espacio íntimo de meditación. Para ello cuenta con una cinta pregrabada con voces y ruidos de la Ciudad de Nueva York, entre ellas nombres y conversaciones entre familiares y víctimas, difundidas por la sala de forma estratégica por altavoces, como un continuum que sirve de basamento conceptual y sonoro a la orquesta y el coro.
La música evoluciona pausadamente - “en cámara lenta, como una imagen congelada”, según palabras del propio compositor- para dirigirse a un poderoso cénit dramático orquestal remarcado por las secciones de percusión y metal, y desvanecerse gradualmente en el silencio, evocando así la transfiguración final de las almas de las víctimas de esta tragedia. La obra se percibe nítida en su devenir sonoro; los medios empleados por Adams, acústicos y electrónicos, son idóneos para dar forma al mensaje, con una brillante intervención, en esta ocasión, de todos los efectivos del Orfeo Català en las diversas texturas que conforman la parte vocal de la partitura. Una de sus integrantes sufrió, por cierto, un desvanecimiento en los bancos del coro, afortunadamente resuelto sin mayor incidencia.
La obra, que cautiva por su originalidad, serenidad e intenso dramatismo, arrancó aplausos sinceros y cálidos del público.
Dudamel dirigió con entrega y pulcra atención a los detalles ambas propuestas, apostando con plena convicción por la creación contemporánea y la natural coexistencia que ésta debe tener con el gran repertorio.
Siguió este primer concierto con la Sinfonía núm. 5 en si bemol mayor, Op. 100, de S. Prokofiev. Ya desde el Andante quedó evidente la intencionalidad dramática planteada por Dudamel en esta obra, compuesta bajo los cánones establecidos por la Sinfonía núm. 5 de D. Shostakovich, y que guarda, como en ésta última, sustratos más sombríos que su aparente plenitud. La Filarmónica de Nueva York sonó amplia y compacta, con gran aliento en el fraseo temático, fluida en el discurso musical y elocuente en los momentos de mayor intensidad dramática, destacando la gravedad de la cuerda en sus diversas intervenciones.
El Allegro marcato discurrió con fluidez rítmica y destacadas actuaciones de las maderas, sobre todo del clarinete solista. La grotesca marcha del final del movimiento cerró asertivamente el mismo. El Adagio tuvo una impecable lectura, con una cuerda cálida y amplia en fraseo, aunque Dudamel no logró bucear del todo en los estratos más profundos de la página, centro expresivo de la sinfonía.
En el espectacular Allegro giocoso, la orquesta brilló en todas sus secciones y solistas, totalmente encajada gracias a la dirección de un Dudamel preciso y claro en sus gestos, que conoce la obra a la perfección dejando que los bloques sonoros se sucedan con naturalidad, imprimiéndoles el pulso y carácter adecuado que confluyó en un vibrante y pletórico final.
Las persistentes y sonoras ovaciones del público arrancaron un bis, el segundo movimiento del Divertimento de L. Bernstein, ejecutado con singular delicadeza por la sección de cuerdas de la formación neoyorquina, reivindicando así a uno de sus más famosos y genuinos directores y creadores.
Segunda entrega de la NYP
La segunda actuación se inició con el estreno en Madrid de Imágenes mestizas, de la compositora cubano-estadounidense Tania León. La obra, encargo también de la New York Philharmonic, se abre con texturas melódicas cuyo núcleo es un canto orisha nigeriano, que abre y cierra el ciclo de la vida. La pieza, de unos once minutos de duración, tiene una buena factura instrumental, delicadas texturas sonoras e intensidad lírica, combinando con coherencia elementos musicales de distintas procedencias. Su escucha resultó grata pese a su uniformidad discursiva.
En la segunda parte del concierto fue interpretada la Sinfonía núm. 5, en do sostenido menor, de G. Mahler. El solista de trompeta inició la Trauermarsch con un carácter más lírico que trágico, contestando la orquesta de forma algo abrupta a dicha llamada. Dudamel no logró del todo el adecuado balance dinámico entre secciones orquestales en este primer movimiento, en el que el solista de trompeta presentó evidentes imprecisiones. Hubo, sin embargo, pasajes bien planteados y con gran fuerza dramática, como fue el caso del contrastante Plötzlich schneller. En el Stürmisch bewegt, mit größter Vehemenz, director y orquesta encontraron un mayor punto de encuentro en equilibrio y empaste. La cuerda sonó recia y afilada en los incesantes episodios de vertiginoso tempo, así como sutil en los fraseos melódicos, sobre todo en los violonchelos.
El Scherzo, centro de gravedad de la sinfonía, y que ocupa toda su segunda parte, fue de lo más logrado en esta versión. Aquí todo fluyó adecuadamente, las secciones orquestales estuvieron al nivel que les corresponde, el ritmo fue moldeado con flexibilidad bajo las indicaciones de Dudamel en las contrastantes secciones del movimiento, y las trompas resaltaron magníficamente en todas sus intervenciones, con especial mención al solista que, centrado estratégicamente en la parte posterior de la orquesta y con el pabellón del instrumento al aire, se convirtió en un verdadero catalizador del discurso sonoro. El Adagietto fue pulcramente abordado, con gran sutileza en el fraseo, las dinámicas y las respiraciones en toda la sección de cuerdas y arpa. A pesar de la precisión y belleza sonora logradas, no cautivó del todo por quedarse Dudamel envuelto en las capas más epidérmicas de la citada página.
El Rondo finale cerró con contundencia la sinfonía mahleriana, en un alarde de verdadera maestría y virtuosismo por parte de todos los agentes sonoros implicados. Los pasajes contrapuntísticos fueron desplegados con gran claridad expositiva, y el conflicto temático resuelto con elocuencia y brillantez en el poderoso coral final.
En suma, una 5ª de Mahler algo desigual, con aciertos y carencias que dejaron cierta frialdad en su escucha.
El público madrileño, que admira vivamente a Gustavo Dudamel, dedicó una larguísima y cálida ovación a maestro y orquesta por los dos días de intensa presencia en los escenarios de la capital.
Juan Manuel Ruiz
Filarmónica de Nueva York, Orfeó Català, Cor de Noises y Cantores del Cor Infantil de l’Orfeó Català, Xavier Puig, Monserrat Meneses, Glòria Coma i Pedrals / Gustavo Dudamel.
Obras de Di Castri, Adams, León, Prokofiev y Mahler.
Ibermúsica. Auditorio Nacional. Madrid.
Foto © Todd Rosenberg