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Crítica / Deslumbrante orquesta de cámara - por José Antonio Cantón

Alicante - 12/02/2026

Un diferenciado sentido emocional de tristeza y júbilo ha determinado el carácter de la extraordinaria actuación de la Concertgebouw Chamber Orchestra en el Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA), dando contenido a su noveno concierto de temporada con un programa que ha servido para disfrutar de las excelencias de esta formación liderada por el violinista neerlandés Michael Waterman desde hace catorce años con gran éxito artístico en su función de concertino-director. Se presentaba con tres obras que, derivadas de unas muy valoradas piezas de música de cámara en su formato extendido, han conseguido situarse entre las más admiradas del repertorio para orquesta de cuerda.

Así se pudo percibir en la versión del pequeño cuarteto en un solo movimiento titulado Crisantemi, en Do sostenido menor que Giacomo Puccini compuso en 1890 con motivo de la muerte del que llegara a ser rey de España, Amadeo I, duque de Aosta. Siguiendo el criterio de recogimiento emocional que indicaba el maestro Waterman, la orquesta expresó, desde la especial distinción que le permitía un muy cuidado lenguaje cromático, una sonoridad sostenida que parecía suspenderse en el espacio, haciéndose patente un sentimiento de resignación sustentado por un realce de la calidad lírica de la obra acentuada por una cierta profundidad religiosa que remarcaba aún más su carácter elegíaco.

Éste se incrementó con una modélica interpretación de la Sinfonía de cámara, Op. 110a de Dmitri Shostakovich, obra cargada de violenta amargura que el violinista y director ruso Rudolf Barshai extrajo de su Octavo Cuarteto en Do menor Op. 110 durante la década de los sesenta del siglo pasado. Sus encadenados cinco movimientos significaron toda una declaración trágica de expresividad musical sirviendo de presentación el Largo con el que se inicia realizado con una profundidad que llevó al público a ser sumido en un estático recogimiento emocional, que se mantuvo hasta el Allegro molto subsiguiente en el que el carácter paroxístico de su desesperado ritmo de danza vino a compensarse con el vals que contiene el tercer movimiento, un Allegretto que funcionó a la perfección para que el maestro Michael Waterman acompasara con su gesto la orgánica conjunción de la orquesta hasta su conclusión, que fue toda una declaración de cómo hay que tocar piano escuchándose toda la trama armónica con especial distinción, lo que dejaba de manifiesto el poderío técnico de esta muy bien escogida formación en la que sobresalían los maestros de la gran orquesta madre como vectores de apoyo y fijación del sonido de cada una las sub-secciones de cuerda. El otro momento sorpresivo de la obra apareció impactante en el segundo Largo, tiempo que Waterman convirtió en el momento nuclear de esta extraordinaria composición en la que Shostakovich quiso de algún modo recordar la devastación de Dresde por los aliados en febrero de 1945, en su visita a esta ciudad sajona, todavía en ruinas, en el verano de 1960. Pasaje culminante de este movimiento fue el aria a cargo del violonchelo en su registro agudo que vino a determinar la enorme musicalidad de su solista. La interpretación crecía estéticamente conforme iba decayendo el último tiempo, el tercer Largo que recoge la partitura, con el que terminaba este verdadero acontecimiento de recreación musical en que se convertía esta actuación que quedará en la memoria como uno de los grandes conciertos de la historia del ADDA.

Todo el drama concentrado en la primera parte de la velada quedaba diluido ante la excelente y jubilosa interpretación de la versión para orquesta de cuerda del Sexteto, Op. 70, “Souvenir de Florence” de Piotr Illich Tchaikovsky, que daba título este concierto del ADDA. El primer efecto percibido en el espiritual allegro inicial fue coreográfico dada la sincronía cinética de la orquesta respondiendo a las indicaciones de gesto implementadas con su arco por el maestro Michael Waterman, concluyendo con un intenso impulso que demostraba la enorme capacidad técnica del grupo. En el Adagio cantabile e con moto que siguió destacó la precisión en la acción a punta d´arco que la orquesta exhibió en su Moderato central, que permitía pudiera percibirse por el oyente con una admirable distinción cada una de sus voces con espectral y diferenciada sonoridad, lo que dice mucho de la capacidad de experimentación del maestro Waterman buscando el brillo sonoro desde el implemento que supuso un portentoso tratamiento de los reguladores dinámicos que realzaba aún más el virtuosismo de esta formación de cuerda, que hace honor sobradamente al afamado nivel artístico de la Real Orquesta del Concertgebouw, a cuyo organigrama pertenece.

La vitalidad danzante del Allegro moderato situado en tercer lugar significó, un vez más, todo un ejemplo de los portentosos recursos técnicos y artísticos de esta orquesta que se manifestaba como si ella misma fuese un cuerpo de danza sonante con desenfrenada alegría, que terminó asombrando aún más al público. Éste siguió embriagado por la exaltación contrapuntística con la que el director dinamizó su desarrollo para llegar a una verdadera sublimación con la ingeniosa fuga con la que la obra se encamina a su conclusión, en la que todos los músicos entraron en un verdadero trance que llevó a levantar una cerrada ovación del auditorio contagiado por la alegría que desprende esta obra única y espectacular en la historia de la música de cámara del último periodo romántico.

José Antonio Cantón

 

Foto: la Concertgebouw Chamber Orchestra en el Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA).

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