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Crítica / Dos pianos, cuatro manos y piano solo - por Luis Mazorra Incera

Madrid - 12/02/2026

Un Debussy a dos pianos creó la atmósfera precisa (y preciosa, por cierto) para encauzar y arropar de principio, el programa de concierto protagonizado por Pierre-Laurent Aimard y Lorenzo Soulès en el ciclo Series 20/21 del Centro Nacional de Difusión Musical. Aimard es, a la sazón, el artista residente de la presente temporada 25/26 del CNDM.

Claude Debussy arrancó programa, pues, con su En blanc et noir para dos pianos. Un primer movimiento Avec emportement, intenso y brillante, mostró cierta fusión aún con cierto romanticismo irredento. Brillantez que tuvo su recompensa espontánea e inmediata del público que no podía esperar al final de la pieza en tres movimientos.

El Lento… Sombra era otra historia, de inicio al menos. Otra historia que abocó en un poderoso episodio intermedio… con su vuelta a casa… y brusco final.

Al igual que el Scherzando que, discursivo e insinuante, remataba la obra. Movimientos que presentaron estimulante textura pianística, muy presente, además, en las directas y definidas características acústicas de esta “sala Nouvel” del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

La Sonata de Yves Chauris interpretada a solo por Lorenzo Soulès, presentó una lógica formal compacta, subdividida en hoquetus de alturas dispares, entrecortada, que desembocara en gestos más convencionales y perlados para reconducirse de nuevo. Una pieza íntegra que promueve, de principio a fin, una escucha atenta.

Divisions para piano a cuatro manos, de un George Benjamin reconocido heredero en lo estético (y desde las Islas británicas) de aquel mundo modal de Debussy, nos devolvió a aquellos pasajes de elaborado estatismo donde la precisión de ajuste se acentúa en esta singular disposición… “a cuatro manos”.

Cahier de filigranes (Cuaderno de filigranas), para piano solo de nuevo, de Thomas Lacôte, era el estreno y encargo del CNDM interpretado por Pierre-Laurent Aimard, explicado por su autor desde su intención primera hasta su virtual resolución, al inicio de la pieza: cada Filigrana era, “a la vez, un recuerdo y una profecía (predicción)...” (sic).

Y, sí, desde una sonoridad de romanticismo schumanniano, surgió una serie de “filigranas” de muy diverso carácter, exigentes para el pianista, aprovechando el cuidado timbre pianístico, en manos de Aimard. Una misma sonoridad de textura schumanniana con la que, simétricamente por cierto, se cerró el círculo.

Monument, Selbstportrait und Bewegung (Monumento, autorretrato y movimiento), nuevamente para dos pianos, de todo un György Ligeti, cerraba esta velada pianística, ya abiertamente fuera del mundo galo y de sus influencias más directas. Incisivo, contundente e iniciático juego rítmico de tempi ajustados en Monumento, que pasó a gestos más desgranados, obsesivos e insistentes en Autorretrato hasta una tesitura grave. Para llegar al Movimiento donde se adivinaban aquellas texturas en comunión con un virtuosismo más pianístico.

Una velada que suscitó notable expectación y que respondió a este interés, como la anterior del propio Aimard que aquí relatamos (Ravel-Boulez), partiendo de una sólida exigencia programática sin tregua.

Luis Mazorra Incera

 

Pierre-Laurent Aimard y Lorenzo Soulès, pianos.

Obras de Benjamin, Chauris, Debussy, Lacôte y Ligeti.

CNDM - SERIES 20/21. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Madrid.

 

Foto © Rafa Martín

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