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Críticas seleccionadas de conciertos y otras actividades musicales

 

Crítica / Del papel de mera acompañante al máximo esplendor - por Luis Suárez

Tarragona - 14/02/2026

La pianista rusa Yulianna Avdeeva es una de las intérpretes más respetadas de este concierto, especialmente tras ganar el prestigioso Primer Premio en el Concurso Internacional de Piano Chopin en 2010. El piano del genio franco-polaco en éste, su “Concierto nº1, Op.11 es indiscutiblemente brillante. Chopin logra que el instrumento cante como nadie más en su época. No obstante, históricamente, se ha criticado a Chopin por una orquestación supuestamente "pobre" o secundaria. Sin embargo, muchos musicólogos modernos defienden que la orquesta está deliberadamente en segundo plano para no opacar la delicadeza del piano, funcionando más como un acompañamiento atmosférico que como un rival sinfónico. Aquí no sucede sino otra cosa, y Avdeeva huye del sentimentalismo excesivo. Su enfoque es intelectual y riguroso, respetando las dinámicas originales de Chopin. Se destaca por un toque cristalino. En el Rondó, su precisión rítmica permite apreciar cada nota de la danza polaca sin que se convierta en un borrón de velocidad. A diferencia de otros pianistas que abusan del pedal para crear una atmósfera "borrosa", Avdeeva utiliza un pedal muy limpio, lo que permite que la estructura de la obra brille con transparencia. Su Chopin no es el del poeta lánguido, sino el del arquitecto emocional; fuerte, decidido y técnicamente impecable.

El “Concierto para piano n.º 1 en mi menor, op.11” de Frédéric Chopin es una de las cumbres del romanticismo musical. Curiosamente, aunque se conoce como el "número 1", fue el segundo que compuso, pero el primero en ser publicado, a los escasos 20 años del compositor, en su Polonia natal.  Chopin escribió esta obra en 1830, cuando solo tenía 20 años, justo antes de abandonar su Polonia natal para siempre. Se dice que el movimiento lento (Romanze) fue inspirado por su amor platónico hacia la joven cantante Konstancja Gładkowska. El propio Chopin lo estrenó en Varsovia el 11 de octubre de 1830. Fue su concierto de despedida antes de partir hacia París. Sigue el modelo del "concierto brillante" de la época, diseñado para exhibir el virtuosismo técnico del pianista. La obra se divide en tres movimientos que transitan desde la tragedia contenida hasta el júbilo folclórico:

  1. Allegro maestoso: Comienza con una extensa introducción orquestal. El piano entra con fuerza y despliega temas de gran elegancia y dificultad técnica.
  2. Romanze – Larghetto: Es un nocturno para piano y orquesta. Chopin lo describió como "un revivir de recuerdos queridos bajo la luz de la luna en una hermosa noche de primavera".
  3. Rondó – Vivace: Basado en la Krakowiak, una danza rápida y sincopada de Cracovia. Es pura energía y brillo técnico.

En la segunda parte, la orquesta, comandada por Tomás Grau, pasa a ser la auténtica protagonista, en una prueba de fuego como es la obra de uno de los mejores orquestadores de la historia, Maurice Ravel.

Ravel describió “Daphnis et Chloé” como una sinfonía coreográfica. Lo que comenzó como un ballet por encargo de Serguéi Diáguilev para los Ballets Rusos, terminó convirtiéndose en la obra orquestal más ambiciosa y colorida del impresionismo francés. La “Suite nº 2” es, esencialmente, el tercio final del ballet original y la sección más famosa de la obra. Aquí en la versión sin coro. Originalmente, Ravel incluyó un coro sin palabras (vocalizaciones) que añade una textura etérea y casi "sobrenatural" a la orquesta. La creación de esta obra fue un auténtico "parto" creativo que duró tres años (1909-1912). Diáguilev quería un ballet basado en la novela del escritor griego Longo. Ravel, sin embargo, no buscaba recrear la Grecia antigua real, sino la Grecia imaginada por los pintores franceses del siglo XVIII. El proceso estuvo lleno de tensiones entre Ravel, el coreógrafo Michel Fokine y Diáguilev. Mientras Fokine quería algo más salvaje, Ravel compuso una música de una sofisticación matemática. Al final se estrenó el 8 de junio de 1912 en el Théâtre du Châtelet de París, con el legendario Vaslav Nijinsky como Daphnis.

La suite se compone de tres secciones que se interpretan sin interrupción, formando un arco emocional perfecto:

  1. Lever du jour (Amanecer): Quizás el amanecer más famoso de la historia de la música. Ravel utiliza escalas cromáticas ascendentes en las maderas para imitar el rocío que gotea y el despertar de la naturaleza.
  2. Pantomime: Un interludio lírico donde destaca un solo de flauta extremadamente difícil y sensual, que representa la danza de Daphnis y Chloé.
  3. Danse générale: Una bacanal frenética en un compás de 5 por 4, que lleva a la orquesta al límite de su capacidad técnica y sonora.

Como se pudo apreciar, sin el coro la obra pierde ese “aura mística y nebulosa", pero a cambio, la orquestación de Ravel queda totalmente al desnudo. La versión sin coro permite apreciar mejor la increíble filigrana de las maderas y la percusión. Como obra maestra de la instrumentación, Ravel utiliza la orquesta como un prisma que descompone la luz. Su manejo de las texturas es tan detallado que parece que la música se puede "tocar". Es el epítome de la elegancia francesa: compleja pero nunca pesada.

El programa finaliza con el “Bolero” de Maurice Ravel es, posiblemente, la pieza de música clásica más reconocida del mundo. Lo que comenzó como un experimento técnico sin pretensiones se convirtió en un fenómeno global que, para bien o para mal, eclipsó el resto de la obra de su autor. En 1928, la bailarina Ida Rubinstein le pidió a Ravel un ballet de carácter español. Originalmente, Ravel pensó en orquestar “Iberia” de Isaac Albéniz, pero problemas de derechos de autor se lo impidieron. Enrique Fernández Arbós ya los tenía entre sus manos. Decidió entonces hacer un experimento único y arriesgado: crear una obra que consistiera en un solo tema que se repite una y otra vez, sin desarrollo musical, solo aumentando el volumen (crescendo) y cambiando los colores de la orquesta. Lo que el compositor consideró un "ejercicio técnico de orquestación sin música" se convirtió instantáneamente en un escándalo y un éxito sin precedentes. Se basa en el ritmo de la danza española "bolero", mantenido obsesivamente por la caja (tambor). El estreno tuvo lugar l 22 de noviembre de 1928 en la Ópera de París, bajo la dirección de Walther Straram. El Bolero no trata sobre la melodía, sino sobre cómo se viste esa melodía. Es una clase magistral de instrumentación. Ravel utiliza la orquesta como un pintor que mezcla colores en un lienzo. Grau entra in crescendo de entusiasmo con la dirección de la orquesta. Dos cajas claras mantienen el ritmo de principio a fin (aunque la segunda entra más tarde). El tema pasa de la flauta al clarinete, luego al fagot, al clarinete pequeño, al oboe d'amore, a la trompeta y al saxofón (un instrumento inusual en la época). En la sección media, Ravel hace algo revolucionario: pone a la flauta a tocar en una tonalidad y a la celesta/trompeta en otra para crear un efecto de "armónicos naturales", haciendo que el piano suene como un órgano gigante. Al final, tras uno quince minutos de repetición, la obra modula bruscamente de Do mayor a Mi mayor, provocando una explosión sonora antes del colapso final. Grau imprime una partitura hipnótica, casi mecánica, que refleja la fascinación de Ravel por las máquinas (su padre era ingeniero). No hay drama, no hay desarrollo de sonata; es pura acumulación de energía. Hoy se considera una obra maestra de la psicología musical. Grau, en complicidad absoluta con Ravel, logra mantener la atención del oyente mediante la tensión acumulada, demostrando que el color orquestal puede ser tan importante como la melodía o la armonía.  Mientras que hay directores que ven el Bolero como una danza que debe avanzar, Grau la concibe como una expansión del espacio. Al ralentizar el tempo, obliga al oyente a percibir cada armónico y cada cambio de color orquestal de forma casi microscópica.

Pd: Es célebre la historia de una mujer que, durante el clímax final, gritó desesperada: "¡Al loco! ¡Al loco!" (Au fou! Au fou!). Cuando Ravel fue informado de esto, comentó con su característico ingenio: "Esa señora... ella ha entendido la obra". Ravel estaba horrorizado por el éxito. Temía (con razón) que la gente le recordara únicamente por este "experimento" y olvidara sus obras más complejas y sutiles como “Daphnis et Chloé”.

Luis Suárez

 

Teatre de Tarragona.

Obras de Chopin y Ravel.

Yulianna Avdeeva, piano

Franz Schubert Filharmonia

Tomàs Grau, director

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