Se cumplen 21 años desde que el actual Director Asociado Vasily Petrenko conectó por vez primera con la Orquesta Sinfónica de Castilla y León (OSCyL), estableciéndose entre ambos una especial conexión que se extendió de inmediato al público, sostenida por el buen hacer que siempre se produce y sigue produciéndose entre éllos y que, además, se incrementa en calidad a medida que la plantilla orquestal se ha ahormado y renovado con el Titular actual, y el propio Petrenko ha ganado en experiencia, amplitud de repertorio, recorrido por las principales orquestas del mundo, óperas y grabaciones.
Lógicamente, el Auditorio estuvo lleno al completo para el décimo programa de temporada, que se recordará mucho, mucho tiempo. Parte fundamental tuvo el debut de Pablo Barragán (Marchena, 1987), como solista invitado del Concierto para clarinete en La M., K 622 (1791) de Mozart, que hacía 34 años que no sonaba en los atriles de la OSCyL. Pablo tiene un especial recuerdo de Valladolid porque aquí, en 2011, resultó ganador del Concurso Permanente de Instrumentistas de Juventudes Musicales, lo que le abrió un camino profesional en la West Eastern Divan Orchestra (hoy Profesor en su Academia Barenboim-Said de Sevilla), dictando clases magistrales en la “Reina Sofía” de Madrid y otras Escuelas Superiores, tras haber ganado también el ARD Múnich International Competition 2012 y el Prix “Credit Suisse” Jeunes Solistes 2013 y ser calificado como “de sonido refinado y capacidad expresiva”.
Que este Concierto de Mozart es en sí una maravilla, es algo archisabido, y que su Adagio es de una serenidad y belleza particulares, tanto que el cine lo ha utilizado como ilustrativo de alguna de sus escenas más bucólicas (“Memorias de África” p. ej.), también. Pero la versión ofrecida tuvo un aliciente (hoy tendente a generalizarse), y es que Pablo lo tocó con su clarinete di basseto, satisfaciendo así el original del compositor, que lo escribió para su amigo masón A. Stadler, gran intérprete, restableciendo la tesitura ampliada del instrumento, con unos graves cuyo color es básico para dar ese carácter de seriedad melódica que cobra, frente a cierto sentimentalismo del que el uso del clarinete habitual le venía dando. El orgánico dispuesto por Petrenko fue el apropiado: 31 cuerdas y las 2 flautas, 2 fagotes y 2 trompas prescritos en la partitura, perfectos en su papel, afinados, justos, sin pasarse ni llegar, haciendo música. Las cuerdas sonaron limpias y conjuntas, llevadas por un Maestro cuya mano izquierda trazaba la música en el aire siendo seguida por los músicos con concentración y sutileza extremas, apoyados por la musicalidad y fácil dominio técnico del clarinetista, cuyo control respiratorio le permite hacer dinámicas y reguladores que se abren o cierran desde pianos increíbles, con un sonido brillante y noble, grato, nada acerado en los agudos y hermoso en los graves mencionados. La cadenza del mencionado Adagio fue una exhibición de refinamiento sonoro como todo el movimiento, así como fue bonito y gracioso, colorido y cuidado cierre el Allegro inicial, reservando mesurada alegría y elegancia para el Rondó final. Naturalmente, la reacción del público fue entusiasta y agradecida con razón, pues me atrevería a avanzar que, como Concierto, oímos el que será el mejor de muchas temporadas, pues los tres protagonistas, solista, orquesta y Maestro, estuvieron a la altura de ese Mozart tan complejo, tan difícil de hacer y tan hermoso como el propuesto.
Salidas y ovaciones no podían pasar sin respuesta y Pablo Barragán, con humildad y simpatía, dijo que “después de lo hacho sólo podía hacerse Bach”, lo que era imposible sin disfrazarlo para su instrumento, por lo que decidió elegir una “pequeña Improvisación suya”: Escalando el muro. que resultó una delicia donde, seguramente, alude al intento de convertir el estilizado aire flamenco y sevillano que la trufa, en una pieza virtuosa y clásica. Un buen intento.
En tarde-noche homenaje al La Mayor, completó programa la Sinfonía nº 6, WAB 106 (1881) de Bruckner, única de las suyas que no revisó, a pesar de que su acogida no fue del todo favorable. Ambos criterios tenían justificación. Por una parte, él esta ya plenamente seguro de qué hacer y cómo expresarlo, por tanto, no se dejó influir por las críticas. Y público y parte de los expertos no admitían aún las nuevas ideas que Bruckner aportaba: esa especie de polifonía orquestal que surge al mezclar distintos temas en cada tiempo, (Mozart ya lo apuntaba 90 años antes en el Concierto precedente, lo que tendía otro puente entre ambas obras), pero que aquí cobra magnitud diferente; los contrastes sonoros son múltiples y drásticos; emplea la forma sonata en el movimiento II, que es infrecuente; usa el llamado “ritmo bruckneriano": negra, negra, tresillo de negras o al revés, y estructura con toda claridad cómo quiere el aire de cada movimiento; en fin demasiada novedad entonces. Vasily Petrenko entendió todo ésto e hizo una lectura sólida, rotunda, quizá menos reflexiva que la que nos dio 13 años antes el llorado López Cobos, pero sí compacta y sonoramente brillante, para despedir una tarde que empezó triunfal y se despidió igual.
De inicio, ya las 60 cuerdas mostraron su gran noche, con los violines I y II atentos y entregados a lo mucho que el Maestro pedía, en particular en el desarrollo del Adagio, que las violas cerraron de manera suave y delicada; la firmeza de los contrabajos en la marcha fúnebre, cuyo ritmo sostuvieron junto con los timbales. Los metales abrieron la siniestra marcha que inicia el Final con figuraciones intensas, sobresalientes las trompas, unidas y afinadas en sus llamadas del Trío del Scherzo, respondidas por las maderas con mimo y pizzicati de cuerdas y los trombones compactos a inicio y fin de la Sinfonía con cellos y contrabajos. A estos detalles citados, se sumaron muchos más y, lo más importante, una interpretación con criterio orquestal claro en su concepción y realización, con la OSCyL luciendo un sonido luminoso en los fortes y recogido y con tensión en los pianos, bajo las manos diestras de un Petrenko que volvió a brillar en Valladolid. Ovaciones, saludos y salidas se repitieron numerosamente.
José Mª Morate Moyano
Pablo Barragán, clarinete
Orquesta Sinfónica de Castilla y León (OSCyL) / Vasily Petrenko
Obras de W. A. Mozart y A. Bruckner
Sala sinfónica “Jesús López Cobos” en el CCMD de Valladolid