Dos obras y dos autores respectivos, Walton y Rachmaninov, mantuvieron en su día un denominador común en esa comprometida dualidad entre una melodía extendida, y la armonía difusa, envolvente y algo melosa (para el momento en que fueron compuestas, al menos) que la sustentaba. Fue de facto, el atractivo menú musical del (feliz) re-encuentro de la Orquesta Nacional de España con su último y fecundo titular: David Afkham.
El Concierto para violín en si menor de William Walton está a la sombra de su celebrado y programado a menudo, hermano para viola y, sinceramente, no entiendo el porqué de esta discriminación… Porque, a la vista, o mejor, a la escucha atenta (y algo perpleja…) de las obras respectivas, yo invertiría sin dudarlo, esta supuesta jerarquía no escrita. Aunque el volumen absolutamente dispar de ambos repertorios, el de violín y el de viola solistas con orquesta me refiero, parece ser la verdadera razón de este extraño abandono o trueque de relevancias absolutamente injustificado (para un mismo catálogo, además…).
Al frente de la parte solista estaba hoy un asiduo al proscenio de estas ya curtidas tablas y temporadas, Frank Peter Zimmermann. Un violinista que aporta un saber-hacer, una solidez y control de la partitura que contagia a todo el conjunto.
Una primera parte de concierto que contó, así, con tres (diría que imprescindibles) ingredientes: un (relativo…) descubrimiento de una partitura no tan habitual en el repertorio (al menos por esos pagos), una brillantez técnica desde la solidez interpretativa y, una respuesta orquestal firme y entregada que se manifestó con cierta contundencia desde su primer tutti. Disfruté la obra según iba avanzando tras un esperable arranque, con sus impetuosos cambios de carácter traducidos con enérgica determinación por todos, del solista a la orquesta y viceversa.
Destacada interpretación de la Segunda sinfonía en mi menor (... de si a mi…) de Serguei Rachmaninov, tras propina (con su esmerada polifonía… ¡al violín solo!) de “Johann Sebastian… Bach” (sic) y su descanso preceptivo. Una cuestión, destacarse digo, que no es fácil dada la partitura, esta Sinfonía, y su frecuente puesta en atriles en este mismo escenario. Evidente hoy (pese a los disimulos de Rachmaninov) la deuda técnica con la brillante orquesta de Tchaikovsky, oculta a menudo en el meloso lirismo un tanto farragoso y estático, que tanto daño ha hecho a la real ponderación de este autor en el mundo sinfónico.
Ya el amplio Largo - Allegro moderato presentó estás credenciales técnicas con solvencia. Cuidado en un metal perfilado, rítmico… sin colas… puntual y concreto, con su punto de agresividad técnica no dinámica… al estilo de Tchaikovsky… incluso, si me apuran y salvando distancias, del primer Stravinsky del Pájaro de fuego. Prestancia y agilidad en lo individual y en lo orquestal, con un (relativo) protagonismo rítmico que no es tan habitual en esta pieza (ni en este atribulado autor…).
El Allegro molto abundó en estas características en un movimiento en el que habitualmente se recrean los directores y que se caracterizó por los contrastes impuestos por Afkham.
Como el Adagio que seguía, que robó algún que otro aplauso final espontáneo, arrebatado por su inspiración y ante el empaque de su sutil final en el conjunto de la forma.
En dimensiones más asequibles el Allegro vivace final remató faena con elegancia y precisa contundencia.
Dos obras de sendos autores respectivos que, cada uno a su manera, se encuentran en posiciones estéticas controvertidas, y que aquí se ofrecieron con una actitud asertiva, flexible y lúcida.
Luis Mazorra Incera
Orquesta Nacional de España / David Afkham.
Obras de Bach, Rachmaninov y Walton.
OCNE. Auditorio Nacional de Música. Madrid.