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Críticas seleccionadas de conciertos y otras actividades musicales

 

Crítica / De la sobriedad a la apoteosis sonora final - por Darío Fernández Ruiz

Santander - 31/08/2022

La 71ª edición del Festival Internacional de Santander ha llegado a su fin con dos veladas protagonizadas por la Filarmónica Checa y Semyon Bychkov, su director titular desde 2019. La primera de ellas estuvo dedicada a la Séptima Sinfonía de Gustav Mahler, mientras que la segunda reunió la Obertura Carnaval de Dvorák, el Concierto para dos pianos y orquesta H292 de Martinu y la Misa Glagolítica de Janacek con la participación de las hermanas Labèque y el Orfeón Donostiarra.

Si hace unos días, al reseñar el concierto de la Orquesta de Cámara de Lausanne y Renaud Capuçon, señalábamos el acierto que supone proponer conciertos con grandes orquestas y sus directores titulares, hoy toca reconocer el valor añadido que supone escucharles -como en este caso- en un repertorio afín, con el que se hallen tan íntima e históricamente asociados como lo están los filarmónicos checos y la música del compositor bohemio.

En este sentido, no estará de más repetir que Mahler contó con esta orquesta para el estreno de la Séptima ni subrayar que la relación actual entre sus maestros y Bychkov vive un momento particularmente feliz y estimulante. No en vano, la crítica ha dispensado una acogida muy favorable a su grabación de la Cuarta, prometedor arranque de la primera integral de las sinfonías de Mahler que afronta la Filarmónica desde la dirigida por Vaclav Neumann, allá por los años setenta.

Bychkov siempre tiene algo interesante que decir y pudimos constatarlo una vez más en estos dos conciertos. Probablemente, la Séptima de Mahler no es la obra más asequible para un auditorio que se enfrenta con ella a arduas y continuas disonancias, aunque el movimiento amplio y claro de sus brazos y sus golpes de batuta anticipan al oyente lo que va a suceder. Al igual que en su última visita al Festival -al frente de la Orquesta de Euskadi en 2020-, el director ruso derrochó brío, energía y vitalidad rítmica, para cuya exhibición la partitura le ofrece, dicho sea de paso, incontables oportunidades.

Creo que su interpretación de la Séptima fue de menos a más y que estuvo caracterizada por la mesura y el equilibrio que solo puede conferirle el maestro que sabe lo que se trae entre manos. Es cierto que ese equilibrio se resintió de la excesiva morosidad del primer movimiento, que se aproximó a la media hora de duración; también se le puede achacar poco contraste dinámico, pues apenas se distinguió ningún pianissimo ni, por ejemplo, el sonido de la guitarra en el cuarto; no obstante, prevaleció lo bueno, incluso lo muy bueno, como el vals burlón, siniestro, casi fantasmagórico, del scherzo y el deslumbrante rondó final, auténtica apoteosis sonora en que cobró sentido aquello que hasta entonces parecía inconexo o deslavazado.

En su segundo concierto -el de la clausura- Bychkov transitó por los mismos senderos interpretativos: contundencia no exenta de sutileza, vigor rítmico y obsesiva atención a la tensión armónica y el color. De nuevo, las obras elegidas resultaron particularmente propicias para el lucimiento, tanto la exultante y festiva Obertura Carnaval, como el jazzístico Concierto de Martinu, a ratos enérgico y brillante, pero también sombrío y melancólico en su adagio central, del que las hermanas Labèque fueron las intérpretes ideales.

No obstante, el plato fuerte de la velada era (fue) la inclasificable Misa glagolítica de Janacek. La partitura exige una orquesta y coro voluminosos, un medio en el que Bychkov se mueve a gusto y con evidente desenvoltura; su opulencia y esplendor revelan que el compositor la concibió más como una celebración de la cultura eslava que debía ser escuchada en la sala de conciertos que como el desaforado acompañamiento de la liturgia en un templo que su nombre sugiere.

En semejante coyuntura, creo que no se trataba de comprobar la afinidad de la orquesta con el estilo de Janacek, ni descubrir el potencial del Orfeón Donostiarra, tantas veces alabado; ni siquiera pretendíamos apreciar las dotes de un cuarteto vocal adecuado que exige muchísimo de un tenor lírico de tintes heroicos y bastante menos a una mezzosoprano sin apenas cometido; no, no se trataba de eso, sino de vivir la experiencia física de sumergirse en un océano de trompetería, un marasmo de timbales, fanfarrias y plegarias que asombra a todos, aturde a unos y admira a otros. Bychkov hizo un buen trabajo con esta partitura colosal, pero debo admitir que su inspiración y espiritualidad no me conmueven.

Darío Fernández Ruiz

 

Semyon Bychkov, director

Katia y Marielle Labèque, piano

Evelina Dobraceva, soprano, Lucie Hilscherova, mezzo, Ales Briscein, tenor y Jan Martinik, bajo

Daniela Valtova Kosinova

Orfeón Donostiarra

Orquesta Filarmónica Checa

71º Festival Internacional de Santander

Sala Argenta del Palacio de Festivales

 

Foto © Pedro Puente

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