Música clásica desde 1929

 

Críticas seleccionadas de conciertos y otras actividades musicales

 

Crítica / Festival Bal y Gay, naturaleza salvaje - por Gonzalo Pérez Chamorro

A Mariña (Lugo) - 29/08/2022

En todo lo alto de la península, en la cornisa gallega del cantábrico, A Mariña lucense recibe al visitante con sus hermosos paisajes y acoge en sus pequeñas localidades uno de los festivales españoles con mayor encanto, el Festival Bal y Gay, que a punto de cumplir su décima edición, este año ha celebrado una novena como si ya del primer aniversario importante se tratara, tanto por nombres (Leonskaja, Pablo Ferrández, Cuartetos Armida y Quiroga, Orquesta Sinfónica de Galicia o Real Filharmonía de Galicia), como por público, con unos 3500 espectadores (todas las entradas vendidas para cada concierto), repartidos entre los diversos pueblos que acogen en esta comarca de Lugo el Festival que dirige la joven Alba Rodríguez Pérez.

El verdadero encanto del Bal y Gay reside en su diversidad, desde espacios extraordinarios como iglesias o pazos, donde el patrimonio, el paisaje y la gastronomía de la zona se unen con la música, siendo un festival de “naturaleza salvaje”, fresco y con mucha vida. De hecho, por mi experiencia, podría decir que la madurez de muchos festivales está sobrevalorada; entonces se puede perder frescura y tornarse protocolario, cuando no aburrido. En el Bal y Gay te puede pasar de todo, como en cualquier lado, pero nunca aburrirte.

Para el que quiera visitar la zona y el Festival, recomiendo hospedarse en Araucaria House, alojamiento de turismo rural con las comodidades propias de un gran hotel, situado en San Cosme de Barreiros, a escasos kilómetros de la archiconocida Playa de las Catedrales y de la senda de los acantilados, que permite recorrer cómodamente a pie o en bici (el huésped de Aruacaria dispone de este servicio), la ruta que desde Ribadeo a Foz, dentro del trazado señalizado del Camino Natural del Cantábrico, nos guía por la costa de Barreiros y sus incontables playas y acantilados de ensueño; pero también hacer la Ruta de San Esteban, que me llevó a las cascadas y fuentes de la Capilla de Santo Estevo do Ermo, y desde ahí a un sendero rodeado de bosque autóctono con la fresca temperatura que esta región disfruta en verano.

Es decir, si el Bal y Gay ofrece música y diversidad por su variedad de localizaciones y escenarios, hay además infinidad de rutas, senderos y actividades naturales de playa y montaña, por no hablar de la gastronomía, la sólida y la líquida…

El primer concierto me llevó a Ribadeo (Auditorio Hernán Naval), donde Elisabeth Leonskaja nos esperaba para ofrecer el relato del piano final de Beethoven, desde la Sonata Op. 109 a la Op. 111, en un ejercicio supremo de concentración, donde, más que tocar, explicó la evolución de la idea final beethoveniana, sembrada en el movimiento conclusivo de la Op. 109, agrandada en el de la Op. 110 y culminada en la Arietta de la Op. 111, como una trilogía en la que cada parte depende de la siguiente y no hay siguiente posible sin su antecesora. Fue así como la maestra, tras acabar las dos primeras Sonatas, se mantuvo oculta tras la tapa del piano, sin abandonar el escenario, esperando que menguaran las ovaciones, para, sin pérdida de tiempo, volver al relato pianístico que quedaba en suspenso por el protocolario aplauso; si alguien le hubiera dicho que solo se aplaudiría al final de la última Sonata, habría sonreído como una adolescente.

De Leonskaja, su suprema maestría y un programa propio de un Festival de Salzburgo, pasamos al día siguiente (Mondoñedo, Auditorio Pascual Veiga) a otro menú intenso, sin rodeos, con la mejor música posible como continuación del relato beethoveniano: Bach y sus tres primeras Suites para cello solo, con ese prodigio de la interpretación de nuestro país que es Pablo Ferrández, un cellista que acalla pesares con un sonido que penetra en cada célula del que lo escucha; sus silencios estallan con la misma intensidad que el sonido, tal es la fuerza que sale del instrumento que este Bach, sorprendentemente original y a la vez respetuoso, fluyó como una sentida plegaria (el Preludio de la Segunda Suite). No concede margen para el respiro y ataca las sarabandas antes de que las courantes expiren, convirtiendo cada Suite en una montaña emocional que concluye con un fraseo de las danzas finales de una rítmica envolvente e insólita, propia de la personalidad de este joven maestro. Tras Leonskaja y su Beethoven, Bach y Ferrández se antojaron el complemento perfecto.  

En la románica basílica de San Martiño de Mondoñedo (considerada como la catedral más antigua de España, de los siglos IX-XI) cuenta la leyenda que San Gonzalo (tomo nota) lanzó una zapatilla como así, y brotó una fuente con agua milagrosa, la llamada fuente de A Zapata. El prodigio de ingeniería acuática de ir tirando zapatillas y creando fuentes aún se supera con la que es una acústica única y mágica para que un cuarteto de cuerda (sus armónicos) suene perfecto, equilibrado y natural, sin excesiva reverberación o mutabilidad según las zonas de un templo que nunca se construyó pensando que en 2022 el Cuarteto Quiroga tocaría obras para las que aún quedaban ocho siglos para ver nacer. Y nada mejor que aprovechar esta acústica para que el Quiroga se reivindicara una vez más como gran cuarteto de cuerda internacional que es. Son más cuarteto que nunca, pues se entienden cada vez mejor, adivinan sus respiraciones y ante una pequeña sorpresa surgida del primer violín de Aitor Hevia (Vivace final de Haydn), el resto reacciona y le sigue el juego creando muchos instantes de puro gozo interpretativo.

Como introdujo Cibrán Sierra en sus acostumbradas pequeñas charlas previas a los conciertos que los presentes disfrutan y agradecen por igual, Madrid fue uno de los centros creativos más activos de la escena europea del cuarteto en el XVIII, aunque quizá a primera vista uno no lo imaginara; de ahí surge la música de Manuel Canales (Cuarteto Op. 3 n. 5), que el Quiroga grabó en aquel precioso disco “Heritage” y que volvió a ser de tanta calidad como en cualquier escucha que tenga. En Haydn, el dominio de todas las situaciones del Quiroga, hace que el oyente descubra una música desde la cadencia perfecta de tónica con la que comienza y se desarrolla el Cuarteto Op. 74 n. 1, que contiene multitud de pequeños pliegues y cambios, sonando con una belleza, fluidez y naturalidad de maestros. Y en el Cuarteto n. 2 de Brahms más de lo mismo, ya que el sentido de la forma es esencial para entrar en el mundo otoñal del hamburgués, beneficiado por la densa y compacta sonoridad de esta basílica incomparable.

Como es lógico, Leonskaja no quiso dar ningún bis tras sus tres Sonatas de Beethoven (nadie debería tocar algo cuando la última nota escuchada es de la Arietta de la Op. 111), pero tanto Ferrández como el Quiroga regalaron dos joyitas, cada uno a su manera; el cellista el emotivo El cant dels ocells, mientras el Quiroga el arreglo para cuarteto de la canción In Stiller Nacht, tan apropiada como pequeña banda sonora a la tranquila paz de paisajes verdes que rodeaban ya entrada la noche la basílica donde acabó mi periplo lucense.

por Gonzalo Pérez Chamorro

 

Festival Bal y Gay, Lugo (diversos escenarios)

Del 12 al 24 de agosto

Elisabeth Leonskaja, Pablo Ferrández, Cuarteto Quiroga

(También en el Festival: Orquesta Sinfónica de Galicia, Lucas Macías, Serena Sáenz, Armida Quartet, Carlos Mena, Real Filharmonía de Galicia, Maximino Zumalave, Dúo del Valle, Andreas Prittwitz)

 

Foto: Elisabeth Leonskaja en el Festival Bal y Gay / © Xaora Fotógrafos

319
Anterior Crítica / Capuçon y Orquesta de Lausana (II): luminoso Ravel - por Darío Fernández Ruiz
Siguiente Crítica / De la sobriedad a la apoteosis sonora final - por Darío Fernández Ruiz