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Crítica / De la India a Mozart - por Luis Mazorra Incera

Madrid - 08/05/2026

La combinación de clarinete y cuerda ha dado algunas de las obras y proporcionado alguna de las sonoridades, más celebradas de la historia de la música. El programa del ciclo Satélites-OCNE que tenía como protagonistas al Quinteto Stadler conformado por Ángel Belda al clarinete, Ane Matxain y Laura Salcedo, violines; Martí Varela a la viola; y Joaquín Fernández al violonchelo, trajo a los atriles de la sala de cámara del Auditorio Nacional de Música en su segunda parte, una de ellas: el celebérrimo Quinteto para clarinete de Wolfgang Amadeus Mozart.

Pero, antes de degustar semejante plato del menú, escuchamos, en una intensa primera parte, una atractiva, interesante y muy bien presentada obra de un veterano autor vivo, el londinense Richard Blackford, donde el protagonismo lo compartía el quinteto con una luminosa solista vocal: la mezzosoprano Beatriz Oleaga.

Y sí, se disfrutó de una relativa novedad del repertorio que aprovechaba un neo-romanticismo contemporáneo bien entendido y sensible, bien pertrechado también, técnicamente hablando, en un estilo un tanto multipolar en sus raíces, que cuadra con la moderada tradición sintética y sincrética británica.

Five Naidu Songs (Cinco canciones sobre la poetisa Sarojini Naidu) para mezzosoprano, clarinete y cuarteto de cuerda de Blackford, configuró una bella suite donde la voz reinó por definición, con aquella corte instrumental no menos expresiva, eso sí, con todos sus roles bien definidos y dispuestos idiomáticamente, donde destacaba por tímbrica, fraseo y natural diálogo con la voz, el clarinete.

Desde A Love Song from the North (Una canción de amor del norte) donde se explotaban paralelismos al unísono u octavas, asertivas, concluyentes, enérgicas, en una forma que (mutatis mutandi…, por supuesto) me recordó (en una forma más tonal) a aquel Messiaen del fin de los tiempos, hasta la ultima In Salutation to the Eternal Peace (Como saludo a la Paz eterna), con su punto dramático y curiosa disposición en su acorde final, pasando, entre otros episodios, sobre las andas de animados y festivos, ligeros Portadores de Palanquín (Palanquin Bearers). Espíritu de scherzo donde la textura rítmica de base, perfectamente definida por el cuarteto de cuerda, se equilibraba por el diálogo de mezzosoprano y clarinete, del que puntualmente participaban.

Y como ya dije, el incombustible Quinteto para clarinete en la mayor, K.581 de Mozart esperaba como colofón en programa (salvando la propina), tras un breve descanso.

De inicio, un Allegro pleno de ánimo y delicadeza, trufado de la genialidad que aporta la partitura, con sus momentos fugados en el desarrollo (especialmente bien resueltos con claridad de articulación y dinamismo sutil), pianos súbitos y una flexible tersura sobre la solidez de la forma.

Su célebre y cándido Larghetto, destacó nuevamente la expresividad elocuente del clarinetista, sobre la definición clara y distinta de la cuerda.

El Menuetto con sus tríos devolvió el ritmo danzable al concierto, sus papeles repartidos con ingenio y final dispuesto senza rit.

El Allegretto con variaciones es toda una pieza en sí misma, con su pizpireto tema que da pie a todo tipo de atmósferas, incluidas las más retiradas, reposadas o líricas, y donde el clarinete tanto se diluye como impera. Un empoderamiento que, en la última variación, recuperaba tintes aún ingenuos pero categórícos, que no podían evitar la presencia latente del trance previo por el que se había presentado.

Luis Mazorra Incera

 

Beatriz Oleaga, mezzosoprano.

Quinteto Stadler: Ángel Belda, clarinete; Ane Matxain y Laura Salcedo, violines; Martí Varela, viola; Joaquín Fernández, violonchelo.

Obras de Blackford y Mozart.

Satélites-OCNE. Auditorio Nacional de Música. Madrid.

 

Foto © Rafa Martín

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