El violonchelista Miklós Perényi es uno de los más significativos ejemplos de la gran escuela de interpretación musical de violonchelo que se ha generado en Hungría a lo largo del siglo XX junto a figuras de la relevancia de János Starker, Lázló Varga, Imre Hartmann, en calidad de destacados solistas, y los también insignes Vilmos Palotai o Paul Szabó, integrantes con este instrumento de los míticos Cuarteto Húngaro y Cuarteto Végh respectivamente. Con un programa muy interesante, el maestro Perényi ha sido invitado a la temporada de la Sociedad de Conciertos de Alicante por cuarta ocasión en compañía de su compatriota el pianista Imre Rohmann, que participaba por vez primera.
Iniciaron la actuación con la conocida Sonata”Arpeggione”en La menor, D 821 de Franz Schubert que toma el sobrenombre del instrumento para el que fue compuesta: una especie de híbrido entre violonchelo y guitarra, con seis cuerdas y varios trastes inventado por el lutier vienés Johann Georg Staufer en 1823, pero que perduró poco en el tiempo por su escasísima aceptación entre los compositores e intérpretes. La obra, pese a este hándicap, tiene un carácter de encantadora improvisación en el conjunto de sus tres movimientos. Desde el piano, con suave pulsación, Rohmann expuso con delicado sentido melancólico el tema inicial del Allegro moderato que abre la obra que, con sustancial imitación, retomó el violonchelista para asumir la responsabilidad de exponer el segundo motivo con una viveza contenida. Desde ese instante se pudo percibir que había cierta diferencia de afinación entre los registros medios altos y agudos del violonchelo en relación a la profunda y precisa respuesta de los graves, que sólo puede entenderse desde la tensión y precisa pulsación que requieren aquellos, generándose un exceso de vibrato. La fluctuación resultante quedaba muy amortiguada por la extraordinaria musicalidad que atesora Miklós Perényi, cualidad que surgía con esa naturalidad que poseen aquellos intérpretes que recrean las partituras con un altísimo grado de interiorización. Toda su capacidad de canto la puso de manifiesto en el Adagio central, el movimiento posiblemente más identificado con la expresividad del ‘arpeggione’, secreto con el que revalorizaba la adaptación de esta sonata al violonchelo recibiendo en todo momento una muy discreta respuesta del piano, como si Imre Rohmann quisiera evitar el potencial polifónico y dinámico de su instrumento. Las últimas notas de este movimiento las enlazaron de inmediato con el Allegretto con el último, en el que el violonchelista apuntó una más fácil adecuación al carácter de rondó que propone el compositor.
Después de una acogida del público de respetuosa consideración en sus aplausos, el dúo se adentró en los compases de la Sonata en Si bemol mayor, Op. 45 compuesta por Felix Mendelssohn, con la que se incrementó el interés por la actuación al estar en una tesitura cómoda para el violonchelista que pudo aprovechar al máximo la expresiva sonoridad que emitían las cuerdas graves, lo que le permitió en el primer movimiento introducir una atmósfera relajada en la que la natural facilidad melódica de Mendelssohn lucía de en toda su magnitud. El piano ofrecía algo más que un simple acompañamiento, asumiendo un papel de igual al del violonchelo, sin eclipsar jamás la voz cantabile natural que surgía de la prodigiosa técnica de arco de Perényi, que lograba con naturalidad la previsibilidad y el desarrollo lógico que ofrece la transparente inspiración del gran músico romántico. Con un aire lúdico y caprichosamente enigmático, ambos intérpretes plantearon el Andante central, tiempo en el que Imre Rohmann apuntó un mayor grado de virtuosismo que servía para acentuar el dramatismo de sus temas, que progresivamente se convertía en cierta ligereza desenfadada al aparecer un pianismo de clara y diáfana sonoridad, que contrastaba con el alto nivel en articulación, ornamentación y fraseo del violonchelo
Iniciaron la segunda parte con la Sonata en Do, Op. 102 núm. 1 de Ludwig van Beethoven desarrollando entre ellos la tensión de su dialogante lenguaje que les llevaba a manifestar un grado de compromiso mutuo de curioso antagonismo que, paradójicamente producía en su mezcla tímbrica esa sustanciación armónica que representa la última etapa creativa del compositor por la expresiva concisión tanto temática como en su desarrollo, que este dúo llevó a efecto con espacial habilidad, adoptando una traducción “libre” en la exposición de su concepto como era el deseo expreso Beethoven, que llevaba al oyente a que percibiera su determinante capacidad de análisis como docentes de la prestigiosa Academia Franz Liszt de Budapest, donde ambos intérpretes han ejercido su cualificado maestrazgo.
A continuación, como consecuencia de su destacado puesto en el claustro de tan famosa institución musical, afrontaron la interpretación de la Sonata en Re menor, Op. 4 de Zoltán Kodály desde una conciencia de lenguaje de la mayor autenticidad. Si hay alguien vivo que conozca el sentir musical de este gran compositor húngaro no es otro de Miklós Perényi, que tuvo el privilegio de tenerle como maestro en su juventud como inspirador de su personalidad artística, como ha quedado registrado en su referencial integral de su obra para violonchelo en el sello fonográfico Hungaroton Classic. Con ese antecedente de estrecha relación tanto personal como artística más que reconocida, se pudo escuchar una de las interpretaciones más esenciales que se pueden ofrecer de esta obra. La “fantasía” que abre el primer tiempo, Adagio di molto, estuvo muy marcada por el aire meditativo que quiso imprimirle Perényi, a la espera del impulso posterior que le dio el pianista, que destacó por el carácter rapsódico de su conclusión imitando desde una particular pulsación la sonoridad del címbalo húngaro, que generaba un curioso y muy interesante efecto tímbrico que sólo se puede escuchar a músicos que llevan en la sangre el más auténtico espíritu musical magiar. En el segundo movimiento, Allegro con spirito, hicieron aparecer el sentido beethoveniano que lo inspira, como deseaba el propio Kodály, con resolutiva definición estilística corroborada en su brillante coda magistralmente matizada en su diminuendo conclusivo. En definitiva una interpretación que provocó las más singulares emociones de la velada.
Ésta terminó con una muy sentida versión de seis de las siete Canciones populares de Manuel de Falla que escribió el violonchelista francés Maurice Maréchal con la que este dúo dejó constancia de su capacidad de adaptación a los sones populares, en este caso hispanos, estilizados en el fino pensamiento musical del músico gaditano. Siguiendo con este pequeño reconocimiento a nuestra música, ofrecieron como bis la adaptación que hizo el gran violonchelista Gaspar Cassadó del interludio de Goyescas de Enrique Granados, interpretación que fue también muy satisfactoriamente correspondida por los aplausos del público que así reconocía la maestría de ambos.
José Antonio Cantón
SOCIEDAD DE CONCIERTOS DE ALICANTE
Dúo: MIKLÓS PERÉNYI (violonchelo) y IMRE ROHMANN (piano)
Obras de Beethoven, Falla, Kodály, Mendelssohn y Schubert.
Teatro Principal de Alicante. 28-IV-2026
Foto © Ángel Juste