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Crítica / Dausgaard baila con el diablo – por Justino Losada

Madrid - 27/01/2026

Conocido por sus programas bien urdidos y su estilo interpretativo, de persuasivo poder narrativo, regresaba al podio del Teatro Monumental de Madrid el director danés Thomas Dausgaard, principal director invitado de la Orquesta Sinfónica y Coro RTVE con la Sinfonía No. 10 de Gustav Mahler en versión del musicólogo británico Deryck Cooke, obra que, desde que la tradujera Jesús López Cobos con la misma formación hace más de 25 años, no se había vuelto a poner sobre los atriles de la formación mediática.

Como apunta el experto en la figura de Gustav Mahler, Henry-Louis de La Grange, a la muerte del compositor en 1911 corrió el rumor de que había dejado cierto material inconcluso relacionado con una obra, la décima sinfonía, en la que Mahler rendía cuentas con sus fantasmas, ya fueran los de su salud o los problemas matrimoniales con Alma, su esposa, que empezó una nueva relación con el arquitecto Walter Gropius. Tras una transcripción de los movimientos primero y tercero que Alma pide a su yerno Ernst Krenek quien, además, rechazaría completar la obra, el editor Paul Szolnay hizo pública la partitura hológrafa en formato facsímil en 1924 lo que popularizó el material primigenio -mucho más que boceto y en un grado de desarrollo notable- de una música que, no obstante, necesitaba ser arreglada para poderse interpretar. Tras los intentos en vano de Jack Diether y Alma Mahler para que Schönberg o Shostakovich concluyeran la sinfonía, no fue hasta 1959 cuando la BBC, preludiando el centenario Mahler, le encarga al musicólogo Deryck Cooke que trabaje sobre el facsímil Szolnay resolviendo, para 1960, una realización parcial que se emite por la BBC. Pese a estos esfuerzos Alma Mahler, quien para entonces no había escuchado la emisión, prohíbe interpretaciones futuras hasta 1963, cuando finalmente escucha lo propuesto por Cooke para advertir con emoción que lo recogido no dejaba de ser Mahler.

A partir de ese momento, respaldará el trabajo de Cooke, cuya versión final interpretable -tal y como la conocemos hoy pese a posteriores revisiones- y con sus cinco movimientos, será estrenada por la Orquesta Sinfónica de Londres dirigida por Berthold Goldschmitt en los PROMS de 1964. A partir de ese momento, la esforzada versión de Cooke, sobria y de gran concisión, muy en el estilo del último Mahler, se convertiría en la referencia de lo que a ediciones interpretables se refiere, comparándose con otras propuestas contemporáneas y posteriores -alentadas incluso por el propio Cooke quien manifestaba no disponer de la verdad absoluta- como la más nutrida y densa de Carpenter, la más futurista de Barshai, la inventivas de Mazzeti y Samale-Mazzuca o la más conciliar y reciente de Gamzou.

Convencido intérprete mahleriano, Dausgaard empleó la III edición de Cooke, fruto de la última revisión de Colin y David Matthews en 1989, para delinear con muy buen trazo el arco narrativo del bruckneriano Andante-Adagio con el que da comienzo la partitura, prestando atención a todos los detalles posibles ya fuera el cuidado fraseo de la cuerda, con todos sus portamenti, y un tempo que permitió una narrativa tan pedagógica como lírica y mordaz evidente en los tormentosos cluster que se resolvieron con buen equilibrio de familias instrumentales. Dausgaard, de todos modos, no tendrá una visión unívoca de este cromático movimiento inicial, permitiendo súbitos arranques en contraste con cierto estatismo agógico, tanto en las muy cuidadas transiciones como en los introspectivos y bellísimos pasajes de la cuerda, explicándonos que buena parte del material de la sinfonía ya se enuncia ahí.

El Scherzo, de contundente resolución, se vio arramblado por la magnética pasión de Dausgaard en una lectura convincente, muy bien armada y de gran contraste dinámico que, pese a pequeños desajustes –comprensibles dada la complejidad de la partitura- no deslucieron el vitalista brío de la sección y su alocada coda. El cambio de humor del director danés fue evidente en el siniestro y ciclotímico Purgatorio. La ironía, la mala leche presente en el color de la orquesta y su siniestro discurso fueron la acertada tónica general antes de llegar al más expresivo segundo Scherzo, movimiento en el que Mahler danza con el diablo como anotara el compositor a un lado de la partitura.

También trepidante y de aproximación variable, encantador en el Trío central y descarnado en sus clímax, se despliega con energía antes de la seca y cortante transición al Adagio final. Con los desgarradores golpes de bombo los profesores de la Orquesta Sinfónica RTVE y Dausgaard nos emplazaron en otro clima, lúgubre y desolado que progresivamente metamorfiza la oscuridad en un sereno y esperanzador tema que, enunciado por la flauta, avanza el concentrado y ultraterreno desarrollo final. Llevado por Dausgaard con un criterio arquitectónico y una musicalidad de primera, plasmaba lo que posiblemente para Mahler, como para el director danés, es el mensaje pretendidamente esperanzador de la obra, que se abre también a lo trascendental. Así también lo debió entender el público que, al finalizar la interpretación, esperó veinte largos segundos sin aplaudir antes de estallar en una jubilosa muestra de cariño a Dausgaard y la Orquesta Sinfónica RTVE que fue secundada, también, por los propios músicos ante el estupendo trabajo del director.

Aunque el nombramiento de Thomas Dausgaard como principal director invitado de la Orquesta Sinfónica RTVE concluya al finalizar la actual temporada, desde estas líneas confiamos en que regrese con frecuencia a los atriles de una orquesta que ha notado su presencia, bien por sus estimulantes propuestas y las maneras con las que ha trabajado que, estoy seguro, se van a echar de menos. Todavía podremos escucharle de nuevo en mayo, por última vez, con la Misa Solemnis de Beethoven. No se lo pierdan.

Justino Losada

 

Orquesta Sinfónica RTVE

Thomas Dausgaard

Música de Mahler

Temporada de la Orquesta Sinfónica y Coro RTVE  2025/2026

Teatro Monumental, Madrid.

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