Se cerró el Círculo de Cámara del Círculo de Bellas Artes. Y siendo coherente con lo que ha supuesto esta temporada: con calidad y emoción. La coda final no podía resultar más brillante: Johann Sebastian Bach, en concreto sus Seis sonatas para clave obligado y violín, BWV 1014 – 1019. Como las buenas obras maestras, estas páginas recogen lo mejor de lo aprendido y, a la vez, dejan al pasado en su tumba y siembran lo nuevo sobre la tierra. Sólo así se avanza. Estas seis sonatas poseen todavía rasgos de la tradición, vale, pero indudablemente le abren la puerta a los aires del mañana, como el reparto de protagonismo entre instrumentos (el teclado deja de ser un mero soporte armónico y rítmico) y la expresividad impúdica (¡bendita sea la falta de pudor!). Páginas como estas favorecieron el alumbramiento de joyas posteriores firmadas por un Mozart o un Beethoven. Cierto que la estructura es diferente, que en Bach, salvo en la última de la serie, cuatro movimientos se alternan entre lentitud y viveza, pero la exigencia técnica y la emocional se fusionan íntegramente (así se forma eso que los modernos/pedantes/carne de secta llaman holístico o no sé qué).
Existen dudas sobre si el compositor ideó estas páginas como un todo unificado, pero los seis diferentes números de catálogo funcionan perfectamente como un solo corpus. Algo así como la trinidad multiplicada por dos, perteneciendo una mitad al modo menor y la otra al mayor. No obstante, la música extraordinaria puede serlo sobre el papel, lo cual solo podrían apreciar monjes solitarios que se dediquen a leer pentagramas. Pero la música debe sonar, más que nada para comunicarse, y páginas tan complejas necesitan intérpretes de absoluta calidad para que las ofrezcan al auditorio. El Círculo contó para ello con dos monstruos: la violinista Isabelle Faust y el clavecinista Kristian Bezuidenhout (que empleó un maravilloso Keith Hill, copia del clave franco-flamenco Ruckers-Taskin).
Con intérpretes así, el cierre del Círculo fue tan perfecto como la misma figura geométrica lo era para los antiguos. Faust y Bezuidenhout no solo muestran una coordinación absoluta (son viejos camaradas y estas obras las han grabado), sino que comparten visión y actitud ante este Bach: su historicismo no es una forma amanerada y académica de ejecutar, sino una escafandra con la que bucear en las sonoridades y necesidades técnicas con la que se concibieron las sonatas; el virtuosismo resulta explosivo, tanto en los movimientos vivos como en los fraseos casi cabalísticos que deben afrontar; y, ante todo, colocan al público frente al enorme amor que sienten por Bach, amor que respeta y reconoce pero que nunca corta las alas del placer interpretativo. Hubo escollos que superar, claro, como la necesidad de afinar repetidamente unos instrumentos frágiles o las zancadillas que propina el violín del barroco, mucho menos gratificante y maleable que uno actual. Pero ante obstáculos semejantes ambos intérpretes se crecieron, vengándose de las dificultades añadidas con empuje.
Todo el concierto fue igual de extraordinario, desde el puro comienzo del Adagio de la 1014 hasta el lúdico e impresionante Allegro final de la 1019, pasando por el trágico lamento que supone la 1018 o el brillo colorista de la 1016. Que todo fuese extraordinario puede parecer un contrasentido, porque si todo resulta excelente, ¿cómo se sabe que algo es sobresaliente? Y sin embargo lo consiguieron, creando una especie de liturgia conmovedora (un hecho significativo: apenas hubo toses entre números, y sólo un móvil amenazó el comienzo de la velada). La homogeneidad no se convirtió en aburrimiento, en absoluto.
Lograr un éxito con semejantes obras e intérpretes puede carecer de mérito, la verdad, porque la calidad está garantizada, pero en realidad hay que aplaudir el mérito de quienes programan una maravilla así. En este caso, el equipo del Círculo de Bellas Artes, que ha conseguido que su ciclo de cámara sea, sin duda, el mejor de la capital y uno de los principales del país. La próxima temporada se anuncia con una apuesta en la misma línea de calidad y amor por la música. Sin embargo, el ciclo se acortará, pasando de quince a diez conciertos. Esta disminución se debe a una (anti)política de recortes municipales; ciertas garras son diestras a la hora de escupir sobre la cultura, entre otras cosas. Desde aquí, todo mi apoyo al Círculo y un agradecimiento eterno por brindarnos jornadas de conmoción como las de su ciclo de cámara.
Juan Gómez Espinosa
Círculo de Cámara. Temporada 2025/2026.
Obras de: Johann Sebastian Bach (Seis sonatas para clave obligado y violín, BWV 1014 – 1019)
Intérpretes: Isabelle Faust (violín) y Kristian Bezuidenhout (clave).
Fecha y lugar: 14 de junio de 2026. Teatro Fernando de Rojas del Círculo de Bellas Artes de Madrid.
Foto © Nacho Martín