El Titular Thierry Fischer diseñó un monográfico Brahms para este decimocuarto de la Temporada de Abono de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León en su sede vallisoletana, con una de sus obras más populares entre las maestras, su Concierto para violín y orquesta en Re M., op. 77 (1878), que suponía novena vez en los atriles de esta orquesta. Y como primicia para la misma, el arreglo que Schönberg hizo en 1937 del Cuarteto con piano nº 1 en Sol m., op. 25 (1861) de Brahms, que le gustaba tanto, que le llamaba “la 5ª Sinfonía del Maestro”. Como solista invitado estaba previsto Daniel Lozakovich pero, alegando enfermedad, hubo de ser sustituido días antes por el ruso Sergei Dogadin (1988), Premio del Público en 2011 y II Premio (el I quedó desierto) del XIV Internacional Chaikovski, el IX “Josep Joachim” de Hannover en 2015, el de Singapur en 2018 y, en 2019, el I en el XVI “Chaikovski”. Desde 2022 es Profesor en la Escuela S. “Katarina Gurska” de Madrid.
Su Concierto para violín, uno de los cuatro grandes junto con los de Beethoven, Mendelssohn y Bruch, fue dedicado por Brahms a su gran amigo y concertista Josep Joachim, lo que justifica que le dotara de extensión, gran dificultad y carácter sinfónico, con profundos diálogos entre el solista y la orquesta. Quizá la justeza del volumen solista en éllos, fue la única tacha que pudo apuntarse, especialmente al comienzo, porque ese problema se fue paliando a medida que se progresó en la lectura y el equilibrio se alcanzó sin dificultad. Todo lo demás que mostró Sergei Dogadin en su debut en Valladolid, fueron virtudes y muy acusadas: temperamento musical, afinación, técnica irreprochable y, sobre todas, calidad y belleza en su sonido. Fischer, con sus ideas muy claras como siempre y la OSCyL muy colaboradora al igual, fueron poniendo los sillares sobre los que el violinista construyó su versión; primero esa tríada en Re M. unísona con la que Brahms propone el tema principal, que el oboe siguió con acierto y el tutti a la octava; orquesta y más el solista fueron sumando temas secundarios, hasta aparecer el segundo que el autor regala por su lirismo al violín; la cadenza que dejó Joachim (la que más se usa), tuvo en Dogadin sólido y afectuoso intérprete, que Fischer y sus músicos recogieron con mucho mimo e ir juntos a la bella coda y despedir el Allegro con el tema.
Pero donde se creó una atmósfera deliciosa, de cámara, fue en el Adagio en Fa M., con el oboe y los vientos (en una noche en que estuvieron sembrados) en pianísimo, trazando lo que Brahms llamó “escena idílica”; la entrada de Dogadin sobre las 40 cuerdas atentas y sensibles la hizo aún más hermosa, aprovechando lo imaginativo de la escritura.
Sin tomar citas literales, pero sí creando el ambiente festivo de la alegre música popular húngara como homenaje al origen del querido dedicatario, Brahms construye un Allegro giocoso, non troppo vivace, no como exhibición de puro virtuosismo en el solista, sino como una perfecta construcción musical donde esos aires enérgicos se mezclan con otros más líricos con cambio de compás. Fischer pidió y obtuvo de la OSCyL esa energía y precisión precisa para equilibrarse con la excelente prestación de un Dogadin que lo dio todo, sin perder el buen gusto y el sentido del ritmo en ningún momento, logrando ya en la coda un poco más presto la complacencia de todos y el Conciertto cerrado con ímpetu. Ovaciones y salidas se sucedieron, hasta que Sergei Dogadin regaló exuberante prueba de sus virtudes musicales, técnicas y expresivas entusiasmando ya al lleno Auditorio.
La segunda parte alarmó a alguno por el nombre Schönberg en el programa unido al de Brahms. Pero esta primera vez demostró que primero hay que escuchar y, luego juzgar. Su versión sinfónica del Cuarteto con piano en Sol m. del de Hamburgo es extraordinaria. A Arnold siempre le molestó al escucharlo, que cuanto mejor era el pianista menos se oían las cuerdas y él prefería oírlo todo al ser tan bueno. Por eso cuando Otto Klemperer, a instancia de la Filarmónica de Los Ángeles, le pidió que lo orquestara para estrenarlo, accedió con gusto, manteniendo sus cuatro movimientos, respetándolo y combinando el contrapunto brahmsiano con las nuevas ideas del S. XX para dar brillo a la orquestación, como glissandi de trombones y uso amplio de la percusión con xilófono, pandereta, glockenspiel, platos, timbal, bombo, timbales, caja y triángulo.
De nuevo Thierry Fischer desmenuzó y dominó la pieza en todos sus extremos y ofreció una versión redonda. El Allegro tuvo su forma sonata bien expuesta y mantuvo claro el motivo de 4 notas base, que Brahms había tratado originalmente aportando variaciones y transformaciones al mismo y que Schönberg desarrolló con gran acierto, sólo algún golpe sorprendente de timbal o plato muy medido. Violines II y maderas introdujeron, elegantes y cálidos y con la trompa en bonito detalle, el Intermezzo que sustituye al habitual scherzo. Siempre tocando con amplitud, las 58 cuerdas serenas y empastadas, los vientos todos sensibles y los metales con suavidad, hicieron rítmica la marcha central del lento y lírico Andante. El afecto que Brahms tenía por los aires zíngaros, Schönberg lo potenció con las percusiones, que estuvieron muy medidas en ese aire de fiesta que tuvo el Rondó; y todo el tutti solventó con limpieza los complicados acelerandos propuestos, con sus cortes justos. Todo ello consiguió que se cumpliera lo que Klemperer dijo tras oír el estreno de esta orquestación: “”es tan buena, que tratándose de la misma obra, apenas puede oírse el Cuarteto original””. De Fischer y su OSCyL pudo decirse lo mismo, por tanto: ¡éxito total!
José Mª Morate Moyano
Sergei Dogadin, piano
Sinfónica de Castilla y León (OSCyL) / Thierry Fischer
Obras de J. Brahms y J. Brahms / A. Schönberg
Sala sinfónica “J. López Cobos” en el CCMD de Valladolid