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Crítica / Belcantismo bien avenido (Mariola Cantarero e Ismael Jordi) - por Carlos Tarín

Sevilla - 17/02/2021

Empezaron sus caminos por separado hace aproximadamente 20 años y se juntaron en los escenarios, habida cuenta de la buena química que surgió entre ellos, profesionalmente. Podemos poner muchos ejemplos, pero nos impactó especialmente en la última Traviata del Maestranza, donde pudimos asistir a los dos repartos, y no había color: no es que la otra pareja tuviera malas voces, es que parecían declararse los amores/desamores a sí mismos. Coinciden además en dominar el difícil mundo belcantista como nadie, así que formar dúos es una obligación, alternándose a solo en un recital como el que comentamos. El Maestranza los ha acogido siempre con los brazos abiertos, tanto la dirección del Teatro como el público, así que este parecía buen sitio para la conmemoración. Hablamos de Mariola Cantarero e Ismael Jordi.

Toda la primera mitad giró en torno a dos grandes europeos, un belcantista en estilo y época como Donizetti, y un autor francés que atesora belcantismo cuando lo exige el guión. Del primero la Lucia está entre las primeras opciones, por lo que el único dúo amor de esta ópera abrió el recital, donde ya evidenciaron lo que los define: Mariola como una lírico que se desplaza con exquisita elegancia por las partituras con su timbre cálido y ensoñador, capaz de alcanzar los agudos y coloraturas necesarias con firmeza y articulación, sobre un registro muy trabajado y uniforme; Ismael con una claridad de dicción absoluta, con una técnica krausista que mantiene un sonido lleno en el fuerte como en el piano, capaz de matizar infinitamente, atendiendo muy de cerca al texto: si mágico fue el dúo con la granadina, Tombe degli avi miei no lo fue menos, justo cuando Edgardo se siente más lejos de la vida y más cerca de su amada.

De ensoñación también va Pourquoi me réveiller, de gran dificultad para el tenor, si bien el ascenso es escalonado, pero a veces necesita de grandes saltos para alcanzar el agudo, y ahí estuvo el jerezano. Los dos estuvieron inmensos en el dúo de Saint Sulpice de Manon de Massenet, después de que Cantarero se “luciera” por la pasarela belcantista de Je marche sur tous les chemins y la gavota propiamente dicha, números que culminan en un poderosísimo Re cada uno. Entre el cielo y la tierra se movió la soprano en Oh nube… y el ardor guerrero de la cabaletta Nella pace, iniciada con brío por el tercer protagonista indudable de la velada, el pianista Rubén Fernández Aguirre, que ya sabemos que no se limita a acompañar, sino que “participa” de activamente en cada aria o dúo, a veces en labores “directoriales”.

La segunda mitad la ocupó la zarzuela más efervescente -aunque comenzaran con el más brumoso dúo Todos los saben de La tabernera (luego, un exultante No puede ser en las propinas), donde el lirismo de Mariola engarzaba con la nebulosa personalidad de Marola. En Doña Francisquita estuvieron cómplices y divertidos (Le van a oír) y de nuevo esplendente Jordi en Por el humo. No estamos acostumbrados a ver a Mariola cantando “achispada” las excelencias del burdeos, pero el Châteaux Margot la llevó a eso en el Vals de Angelita, número de gran frescura no exento de un consuetudinario y brillante Do agudo final.

El dúo que contiene el famosísimo pasodoble de El gato montés puso un broche muy brillante al programa y dio paso a cinco propinas, igualmente conocidas e intensas. Por cierto, el malagueño Carlos Álvarez y la granadina Mariola son merecidos galardonados de la Medalla de Oro de Andalucía; suponemos que ya le va tocando el turno al jerezano Ismael Jordi y al onubense Juan Jesús Rodríguez.

Carlos Tarín

Mariola Cantarero, Ismael Jordi / Rubén Fernández.

Obras de Donizetti, Massenet, Sorozábal, Vives, Fernández Caballero y Penella.

Teatro de la Maestranza, Sevilla.

Foto © Guillermo Mendo

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