Se celebró el quinto recital del Ciclo de cámara de la OSCyL, en su Sala correspondiente llena, a cargo de quien es ahora su Artista Residente, el cellista madrileño Pablo Ferrández, que ofreció cuatro Suites para su instrumento a solo, dos de Juan Sebastián Bach, números 3 en Do M. y 1 en Sol M., BWVs 1009 y 1007, respectivamente; la de Gaspar Cassadó (1926) y la nº 1 en Sol M., op. 72 (1964) de Benjamin Britten, con su Stradivarius “Archinto” (1689), préstamo de por vida de un miembro de la Stretton Society.
La nº 3 de Bach formó pareja con la de Cassadó en la I Parte y las número 1 en Sol M. de Bach y Britten en la II.
Si alguien no conocía la calidad internacional como intérprete de Pablo Ferrández pudo comprobarlo, por repertorio, exposición y el respeto que prestó a sí mismo por presentación y calzado y al público, que éste le devolvió con atento silencio ganado en cada pieza y las repetidas ovaciones tras cada una de éllas y al final de cada parte con varias salidas y despedida a lo grande, que no obtuvo premio porque ¿qué tocar después de lo escuchado?
Las seis suites que Bach escribió para cello, datan de su época de kapellmeister en Cöthen y se conservan gracias a una copia literal de su segunda esposa Ana Magdalena. Las dos escogidas son idénticas en estructura, excepto en la cuartea danza que en la 3 en Do M.es una doble Bourré en 2/2 y en la 1 en Sol M. un doble Mennuetto; el carácter que les da cada tonalidad fue perfectamente diferenciado por el solista, que dio al 3/4 del Preludio de la 3 su aire de regia presentación con esos grupos de 16 semicorcheas repetidos que, con el recurso de la nota pedal sol, logran una máxima intensidad, variado de método al final pero con el mismo impacto; en el 4/4 de la 1 los arpegios fueron más ligeros y sencillos porque la Suite en general lo es, pero los pasajes de bariolage, pedal en Re y ascenso cromático que Ferrández expuso tuvieron el dramatismo apropiado.
Las Allemandes respectivas fueron, majestuosa pero grácil y un punto de humor la 3 y rítmicamente moderada y equilibrada la 1; las Courantes, ambas en 3/4, fue elegante y enérgica y virtuosística la 3 y muy fluida la 1; La Sarabanda de la 3 fue modélica en su solemnidad no pesante y emotiva y la de la 1, lenta y muy expresiva. La Bourré I tuvo su fuerza rústica en la pegadiza melodía que la ha popularizado, para una II más viva y ligera, mientras que los Menuettos, auténticos intermedios de equilibrio en las Suites, el II muy bello, sonaron amables. Las Gigas tuvieron en la 3/8 de la 3 un aire de fiesta y un pasaje que suena a zanfona con el recurso del pedal y en la 1 en 6/8, hecha muy viva, sorprendió la variación sorpresa que lleva al final. Interpretaciones que mostraron técnica impoluta y conocimiento del estilo y color del sonido de la época, sólidas y cálidas.
Ese color varió al abordar la Suite de Cassadó, alumno predilecto de Casals, que a su vez había redescubierto y puesto en órbita mundial las de Bach tras su estudio y difusión. De ahí que la del gerundense bebiera de la misma fuente bachiana pero con carácter nacionalista. Pablo Ferrández, logró ese cambio en el sonido y aportó la pasión que los cantos regionales que traza Cassadó tuvieran ese carácter, sin que las altas exigencias técnicas: cuádruples cuerdas, registros extremos (los agudos fueron delicados, afinados y sobrecogedores) y mucha polifonía, dejasen de estar servidas. Así apareció esa especie de zarabanda manchega que ocupa el Preludio, con contraste dinámico y toques de Ravel (del solo de flauta de su ballet “Dafnis y Cloé” o del movimiento I de la “Sonata” op. 8 de Kodály. Tempo giusto en la sardana que comienza imitando el flabiol y la tenora, básicos en la cobla catalana; o qué decir de la jota enérgica y viva de Aragón o ese remedo de guitarra flamenca que sonó como fandango de la Andalucía sur, todos estilizados para mantener la suite barroca a la que homenajea.
Y para cerrar, la Suite que Britten dedicó a Rostropovich. La cita de esos dos nombres ya previene de su dificultad, de la que Pablo avisaba al ser la única de las cuatro en que precisó partitura. Y es que su estructuta es infrecuente pues se rige por un “Canto” de aroma barroco (Bach y su sombra con su contrapunto), que se repite con vestidos distintos (Britten no podía dejar de ser él) cada dos movimientos, que no son danzas sino “piezas de carácter” con distintas emociones: una curiosa Fuga. Lamento, con tensión tonal entre Mi y Mib resuelta al final, rubatos, muy emotivo en manos de Pablo, con esos agudos pianísimos ya citados. Imitación de la guitarra española, toda en pizzicato la alegre Serenata. Remedo de corneta y tambor para presentar la Marcha, con su desfile que llega, pasa y se aleja al son de guitarra festiva.
El íntimo Bordón (qué mano izquierda jugando ese Re con dedos alternativos realmente virtuosos); y un “Moto perpetuo” vertiginoso que parece el zumbido de un insecto cercano, en el que poco a poco va surgiendo el Canto IV original que despide la Suite, complicada de entender y hacer, con un fortísimo y semitono final. Versión soberbia la de Pablo Ferrández, haciendo honor a su prestigio y a los nombres del repertorio.
José Mª Morate Moyano
Pablo Ferrández, cello
Obras de: J. S. Bach, G. Cassadó y B. Britten
Sala de Cámara del CCMD de Valladolid