De las más de cuarenta óperas que Haendel escribió, ocupa especial lugar, por su trascendencia tras la recuperación después de dos siglos de olvido, una trilogía de títulos -Orlando, Ariodante y Alcina- basados en Orlando Furioso, obra cumbre de Ludovico Ariosto.
Los resultados obtenidos en 1733 por Haendel con Orlando en el His Majesty's Theatre londinense, llevaron a su consideración un año más tarde, acudir de nuevo al autor italiano. Esta vez con Ariodante, para su primera aportación al recién inaugurado Covent Garden, espacio moderno perfecto para materializar los efectos especiales de magia y encantamientos que embelesaban al público. Para ello era perfecta la obra de Ariosto, enrevesado poema de aventuras con fondo caballeresco, cuya crítica en forma de novela daría como resultado el Quijote cervantino.
Tres meses después de aquel Ariodante, subía a escena Alcina, remedo de la maléfica Circe homérica. Una despiadada mujer, que convertía a sus pretendientes no deseados en piedra, árbol o animal. El planteamiento se resume en una narración entretejida de lances heroicos, amoríos y magia. De ahí las dificultades que afronta en el día de hoy su traslación a la escena. Se ha podido comprobar ahora, para el debut en la ópera de Baviera de la regista de Bonn Johanna Wehner, cuya propuesta se desvelaba el pasado 13 de julio, dentro del marco del Festival, en el Prinzregententheater, donde ya es tradición que reine el barroco en estas fechas.
Wehner, en un empeño por dotar de humanidad y sentimientos a Alcina, ha intentado simplificar el relato evitando tanta lucha y encantamiento, sin considerar que, ante argumentos así, tal vez es lo que el público reclama. Su idea, que parte por alterar los espacios y eliminar las pequeñas intervenciones del ballet, confunde al espectador desde un imaginario prólogo cuando, sobre la obertura, tras destrozar los objetos que la rodean, Alcina asume desconsolada su inevitable soledad.
El desarrollo de la acción, una vez restaurado el entorno, se convierte en un flashback de lo sucedido. Primero, en una residencia convencional de dudoso gusto y de dos alturas. Para el tercer acto, un espacio suntuoso, entre salón señorial y museo de cera, donde exhibir a los pretendientes de Alcina convertidos en objetos inanimados cuyo lugar, aparentemente, acabará ocupando la protagonista…
Lo que no admite ninguna objeción es el apartado musical, del que se ha responsabilizado el violinista y clave Stefano Montanari, actual director musical del Teatro Petruzzelli de Bari. Especialista en música barroca, Montanari, oficiante esta vez desde el órgano, ha convertido para la ocasión a la Orquesta Estatal de Baviera, titular de la Ópera muniquesa, en una agrupación históricamente informada para la interpretación barroca, recurriendo por primera vez a instrumentos y arcos de época con la afinación de aquel periodo. Logrando calidades insólitas en general, y sublimes en determinados pasajes. Como el estremecedor dúo de trompas para acompañar el aria de Ruggiero Sta nell’Ircana.
En el apartado vocal, cabe destacar otro debut: el de la soprano de Trinidad Jeanine De Bique, excelente actriz, poseedora de un magnífico instrumento pulimentado en un amplio repertorio en el que conviven Rameau y Britten. Tras una impecable entrada con Di cor mio quanto t'amai, en el segundo acto cuando, tan irascible como indefensa al intuir su fracaso para retener al amado, acabó de convencer con los escalofriantes agudos y la filatura introspectiva de Ah! mio cor, schernito sei!. Por fin, en su convincente aria final Mi restano le lacrime, transmitiendo la reflexión del personaje, arrancó la mayor salva de ovaciones del desfile de reconocimientos en que se convirtió el espectáculo.
Si hace dos décadas, en la anterior producción del Festival de Munich de esta ópera, se optó por la mezzosoprano Vesselina Kasarova para el inexperto enamoradizo Ruggiero, objetivo de Alcina, Montanari apuesta acertadamente por el espectacular contratenor norteamericano John Holiday, familiar en la casa, capaz con su carisma y su dominio de la técnica, cambiar naturalmente del agudo más estridente a los bajos con más peso.
Compartiendo la trilogía central, Morgana, hermana de Alcina, la soprano francesa Elsa Benoit. Auténtico reto para los acompañantes de cartel y gozo para la audiencia, Benoit brilló en sus numerosas intervenciones, con deslumbrante coloratura y acertadas agilidades, convenciendo al público desde el primer momento, metiéndoselo en el bolsillo en el cierre del primer acto con un indescriptible Tornami a vagheggiar, consiguiendo por momentos convertirse en la favorita. Como en Credete al mio dolore, apoyada en el lucimiento del chelo solista.
De absoluta justicia citar el resolutivo Bradamante de la mezzo norteamericana Avery Amereau, sustentada con una imponente carga de bajos, propios de contralto de gran calidad y, rematando cartel, la sopranista Carine Tinney, el tenor lírico Julian Prégardien y el barítono Gerrit Illenberg, perfectos en sus respectivos cometidos como Oberto, Oronte y Melisso- Una velada de lujo, premiada con interminables ovaciones que obligaron a los artistas a saludar repetidas veces.
Juan Antonio Llorente
Jeanine De Bique, John Holiday, Elsa Benoit, Avery Amereau, Carine Tinney, Julian Prégardien, Geerrit Illenberg.
Bayerisches Staatsorchester / Stefano Montanaro.
Alcina, de Händel.
Prinzregententheate (28.07.26), Festival Ópera Munich.
Foto © G. Schied