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Crítica / ¡Más madera! Es un 'Cazador Furtivo' de Tcherniakov... - por Juan Antonio Llorente

Munich - 31/07/2026

El año 2021, al cumplirse el bicentenario del estreno de El cazador furtivo (Der Freischütz), la ópera de Munich encomendó a Dmitri Tcherniakov una producción para recordar la efeméride. El director ruso procedió como acostumbra (lo saben bien en la casa, para la que ha producido media docena de títulos), partiendo de hacer tierra quemada para, a partir de ese momento, entrando a saco, dar forma a su propuesta, sin tener en consideración las bases de las que partía. Contradiciéndolas, incluso, llegada la ocasión.

Ha pasado un lustro desde entonces, y el Teatro, después de reponerla hace dos años, ha vuelto a programarla sin duda por comprobar si continúa produciendo estragos entre la audiencia. Y vaya si continúa.

En mi función contabilicé al menos dos lipotimias. Rigurosamente cierto. Lo más normal es que se achacasen a la temperatura, que en estos días bate récords también en Baviera. Pero algo tendría que ver con la reacción al encontrar en esas condiciones la obra maestra de Carl Maria von Weber, considerada la madre de la ópera romántica alemana, además de referente patrio y fuente de inspiración entre otros de Richard Wagner.

Como punto de partida, Tcherniakov, después de trasladar a nuestros días la leyenda en la que se inspira y recortar la música a su antojo, elimina los espacios de Bohemia que el libreto de Friedrich Kind determina para cada uno de los tres actos, y reduce la acción a un único ámbito: la sala de reuniones de una gran empresa ubicada en un rascacielos, que, como acostumbra, forrará de suelo a techo con maderas articuladas, por las que entran y salen unos personajes que poco o nada tienen que ver con los descritos.

Tcherniakov intenta transmitir sus ideas mediante proyecciones en la gran pantalla que ocupa la parte superior del escenario: desde inventadas conversaciones a cronometrar el momento en que discurre la acción, como procedió en el Don Giovanni que llegó a Madrid desde el Festival de Aix en Provence. Así, la relación de Agathe, protagonista femenina, con su padre es inexistente. Aquella niña símbolo de ternura y sumisión ahora es una mujer liberada, que sigue los consejos de su amiga. Mientras Kaspar, en un juego de ventriloquía, asumirá a su vez el rol de Samiel, o el ermitaño protector de Agathe que determina el final feliz de la ópera, se convierte en el jefe de camareros que preparan el festín para el frustrado casamiento.

A los abucheos de rigor tras el oscuro final, siguieron los reconocimientos a los intérpretes, en buena parte procedentes del cuerpo estable y colaboradores habituales de la Bayerisches Oper.

Brillando por su acogida las dos sopranos que dieron vida a las amigas: la estonia Mirjiam Mesak y la sudafricana Golda Schultz (Ännchen y Agathe respectivamente), el bajo Tarek Nazmi, bien resuelto como el eremita, además del bajo barítono norteamericano Kyle Ketelsen por su comentado doble cometido Kaspar/Samiel y el tenor francés Stanislas de Barbeyrac, que construyó un aceptable Max.

Musicalmente, no se pudo pedir más. La orquesta, en este lugar y con Daniele Rustioni al frente, destila emocionante autenticidad. Excelente también el coro, evocando esos emotivos pasajes que tanto nos acercan al Wartburgh de Tannhäuser.

Juan Antonio Llorente

 

Mirjam Mesak, Golda Schültz, Tareq Nazmi, Kyle Ketelsen, Stanislas de Barbeyrac, Vitor Bispo, Bálint Szabó…

Bayerisches Staatsorchester / Daniele Rustioni.

Bayerisches Staatsoperchor / Franz Obermair.

Der Freischütz, de Weber.

Bayerisches Staatsoper (29.07.26), Festival Ópera Munich.

 

Foto © W. Hoesl

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