"Ningún crítico me ha aclarado jamás ningún aspecto de mi trabajo” (Stanley Kubrick)
Engullidos en la primera gran ola de calor del verano, uno tenía la sensación de estar ya dentro de ese irrespirable desierto egipcio caminando hacia el Teatro de la Maestranza para admirar esta “Aida”, con la que el coso del Guadalquivir va a dar por finiquitada una magnífica temporada, que siempre será recordada por el cegador fogonazo de teatro musical propuesto por Laurent Pelly en su fascinadora visión de “El sueño de una noche de verano” de Benjamin Britten, una de las más altas cimas artísticas en el largo currículo del teatro hispalense. Una “Aida” diseñada para el auditorio al aire libre del veraniego Festival de Perelada, pero que por desgracia frustró la pandemia y las posteriores obras de renovación del espacio escénico ubicado entre los jardines del bello Castell.
Aparte de Sevilla, el montaje viajará hasta Bilbao, Tenerife, Santiago de Chile y Lisboa, pero, caprichos del destino, no se podrá contemplar (ojalá que sea cuestión de tiempo) en el espacio para el que fue delineado. Cuando uno piensa en la ante penúltima ópera compuesta por Verdi, lo primero que se le viene a la mente es la magnificencia y la opulencia, el espectáculo grandilocuente y casi bíblico a lo película hollywoodiense de Cecil B. DeMille, cuando en realidad estamos frente a una oda musical sobre el intimismo y la concisión, sobre el conflicto entre el amor y el deber, pues al más inmortal Verdi hay que buscarlo aquí entre esos susurros, suspiros, lágrimas y caricias que atiborran la partitura.
El funambulista de Paco Azorín
Comentaba el escenógrafo y director de escena murciano en las páginas al programa, que su propuesta se inspiraba en el universo visionario del cineasta Stanley Kubrick, pues intenta sumergirnos en un viaje por el tiempo (en alusión al clásico 2001: Una Odisea del Espacio) conectando el presente del año 3001 d. C. con la civilización egipcia de hace casi cuatro milenios. La osadía, todo hay que decirlo, no salió muy bien parada. En parte, porque el encargado de enlazar ambos mundos, nuestro guía, nuestro particular Odiseo viajero (o nuestro HAL 9000), es un desquiciante saltimbanqui que continuamente se entromete en la acción (por tierra, mar y aire) surcando el escenario subido a su circense cable. Por desgracia, su repetitiva presencia lastra la escucha, pues al final el ojo puede más que oído, lo que hace que se preste más atención a sus piruetas y malabares que a lo que se está cantando en ese momento. Él es capaz de despedazar, con su inexplicable aparición, la belleza mortuoria y el hechizo sonoro del memorable final de esos solitarios amantes emparedados en su tumba. Como dice el refrán, si dos es compañía, tres son multitud.
Kubrick fue el maestro de la innovación y la elipsis (recordar simplemente la del hueso y la nave espacial), un perfeccionista narrador visual y escrupuloso pintor de simetrías. Si este obsesivo realizador siempre planteaba preguntas sin ofrecer jamás una sola respuesta al espectador, Azorín hace completamente lo opuesto, pues intenta resolver y explicar al público cada una de las remotas situaciones argumentales que plantea en su desorientada propuesta, que está cimentada en imágenes proyectadas sobre unas gigantescas pantallas y geométricos leds, uno de los cuales incluso parece resucitar aquel legendario monolito kubrickiano, al que casi medio siglo después aún nadie ha conseguido ofrecer una explicación veraz.
El de Yecla, es por desgracia un artista visual, curtido en la imagen, pero no en la dramaturgia o el teatro. Torpe director de actores, extirpa de la obra las escenas de ballet, por lo que renuncia expresamente a uno de los principales mandamientos de la grand ópera que fundamenta narrativamente el libreto, cometiendo errores de bulto como la escena del tercer acto (pese a todo, el mejor planteado escénicamente), en el que Amonasro escucha agazapado que las tropas cruzarán por la garganta de Nápata. En vez de estar escondido, el rey etíope se encuentra pegado a Radamés, por lo que tiene poco sentido que este replique aquello de ¿quién nos escucha? O la más frustrante e imperdonable, ese memorable juicio al héroe “fuera de campo” de la primera escena del cuarto acto, en el que Verdi decidió vetarnos como espectadores que contempláramos lo que estaba sucediendo en la sala del tribunal, para que nos lo imaginásemos nosotros mismos a través de la escucha y creando tensión y suspense con la música, en lo que es uno de los momentos dramáticos y teatrales más memorables de todo su legado operístico.
Egipcios y etíopes
La gran triunfadora vocal de la aventura egipcia fue, sin duda, Marigona Qerkezi que daba vida a la esclava etíope. Voz de lírico spinto bella y rotunda, esmaltada y caudalosa, con agudos naturales, frescos y poderosos, para una Aida de casta y bravura. Magnífico su Retorna vincitor repleto de angustia y carga psicológica (bellísimo pianissimo final incluido) y fabulosa en la exigente O patria mia del tercer acto, cantada con grandes dosis de delicadeza, expresividad y un refinado legato (embriagador do sobreagudo). Fue la cúspide vocal de la representación.
Aunque su instrumento arrancó gélido y dubitativo ante ese rosal plagado de espinas que es la Romanza Celeste Aida, el gijonés Alejandro Roy posee una voz timbrada y robusta de lírico spinto, con un agudo potente, repleto de anchura, aunque eso sí, con muchas restricciones en la media voz. Es capaz de escalar sin aprietos hasta las notas más altas, sin que la emisión se resienta o pierda luminosidad y decibelios. Fue un Radamès seductor, mezclando heroísmo y ternura. Muy bien coloreados los pianissimi del hermoso dúo final dentro del sepulcro (O terra addio), pese a los intentos del saltimbanqui por boicotear su mágica y ensoñadora atmósfera.
Con algunos problemas, la mezzo Ketevan Kemoklidze, que cerraba el triángulo amoroso como Amneris. Excesivo vibrato y agudos algo estrangulados y forzados, que compensó con una temperamental expresión corporal y una explosiva fisicidad sobre el escenario de verdadera leona enjaulada (Morire! Ah, tu dei vivere!). Muy bien el electrizante y siniestro Amonasro del italiano Ernesto Petti (con un timbre que recordaba al mismísimo Thomas Hampson), bien emitido El Rey del bajo Manuel Fuentes y más recitado que cantado el Ramfis del surcoreano Insung Sim.
El faraón
Danielle Callegari demostró por qué es un gran maestro verdiano alabado en medio mundo, consiguiendo de una estupenda Real Sinfónica Sevillana un sonido algodonoso, muy brumoso y repleto de colores cálidos en los momentos más íntimos y líricos. Con un ojo en las cantantes y otro en el palpitante ritmo para que no decayera jamás la acción, el milanés consiguió momentos de gran esplendor orquestal, como en los números de baile o en esa impalpable y espiritual textura sonora espolvoreada sobre la mortuoria escena final. El Coro del Maestranza, capitaneado por Iñigo Sampil, sigue demostrando que está entre los mejores del país en un derroche de prestancia vocal.
Javier Extremera
Sevilla. Teatro de la Maestranza. 20-Junio-2026.
Giuseppe Verdi: Aida.
Marigona Qerkezi, Alejandro Roy, Ketevan Kemoklidze, Ernesto Petti, Manuel Fuentes, Insung Sim, Néstor Galván, Patricia Calvache.
Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Coro del Maestranza.
Dirección musical: Daniele Callegari.
Dirección escénica: Paco Azorín.
Foto © Guillermo Mendo