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Crítica / 25+1: Ismael Jordi con Leonor Bonilla en plenitud - por Pedro Coco

Jerez de la Frontera - 16/04/2026

Veintiséis años de compromiso con un teatro que lo vio nacer artísticamente, que le ha ofrecido muchas oportunidades de ensayo y crecimiento y que se ha convertido ya en territorio sentimental para una voz patrimonio íntimo de los suyos.

Celebrado ya desde el inicio, Ismael Jordi quiso compartir con la soprano Leonor Bonilla su fiesta musical de bodas de plata, confeccionada con esmero y basándose en muchos roles clave de su carrera. Este recorrido por la memoria comenzó con la obertura de Don Pasquale —el guiño estaba claro, primer título operístico que el tenor jerezano cantó en el Villamarta—, para dar paso a una selección de arias y dúos que iban del belcanto a la zarzuela.

Tenor de solidísima base belcantista, con una línea siempre impecable y un canto ligado de categoría, es especialmente valioso en él el inteligente uso de los reguladores; así, quiso regalarnos un Edgardo despojado de heroísmo y lleno de matices y noble melancolía. No son pocas las veces que se ha enfrentado a “Tombe degli avi miei” —tantas quizás como a la inefable “Una furtiva lagrima”—, aunque esta vez se encontró una insólita plenitud expansiva in crescendo que repitió con “Porquoi me reveiller”; Werther —gesto al cielo para celebrar a su maestro Kraus al final de la interpretación— es una nueva incorporación en un momento ideal. Espontáneo y cálido en “Bella enamorada” o “No puede ser”, con una dicción clara, vigor y afinidad total con el repertorio.

Las mejores armas mostró también Leonor Bonilla, soprano de excepcionales mimbres, gusto exquisito y perfecta desenvoltura escénica. La inteligencia con que usa su instrumento, con una irreprochable afinidad estilística y una total seguridad en peliagudos territorios, la hace ideal intérprete de roles como Lucia, cuya aria de entrada bordó por flexibilidad, capacidad narrativa y redondez. Cándida y ágil, de limpio sobreagudo, resultó la donizettiana Linda, y arrebatadora sin reservas una Juliette que esperemos pueda recuperar con el mismo compañero en latitudes próximas como las de un Maestranza. Sorprende que solo la haya cantado una vez. Eligió el aria del veneno, que bordó de inicio a fin, corriéndole la voz luminosa y desafiante.

En los dúos, vibraron en las mismas frecuencias con un variado catálogo de recursos; desde la delicadeza casi susurrada de los amantes veroneses al impulso pasional de los escoceses de Lammermoor; desde el desparpajo en El gato montés al humor bien entendido en el Elisir.

Buen desempeño en líneas generales el de la Filarmónica de Málaga, habituada a esta tipología de eventos, y muy atenta a los cantantes e imaginativa la dirección de José María Moreno, que, además, se atrevió a explotar sus facultades canoras en Doña Francisquita y los bises. Una celebración a la altura de las expectativas.

Pedro Coco

 

Arias, romanzas y dúos de Donizetti, Gounod, Massenet, Penella, Vives, etc.

Ismael Jordi (tenor) y Leonor Bonilla (soprano)

Orquesta Filarmónica de Málaga / José María Moreno

Teatro Villamarta, Jerez de la Frontera

 

Foto © Miguel Ángel González

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