Son muchas las variantes que, a lo largo de los años, ha desplegado la Orquesta Sinfónica del Vallès en el terreno de la música de cine: propuestas más emotivas, más espectaculares o con un acento más reivindicativo. Sin embargo, todas comparten un mismo principio de equilibrio y mesura que explica su eficacia. No se trata de sustituir la experiencia cinematográfica ni de competir con ella, sino de ofrecer una síntesis inteligente: una cata de fragmentos hilados mediante guiones con sensibilidad, ideas y concisión, con un discurso que tiene tanto de lógico como de poético, de emotivo como de evidente, capaz de hacer comprensible lo abstracto y de elevar lo concreto a categoría universal para interpelarnos como espectadores.
En este sentido, el público —heterogéneo y receptivo— responde con una implicación que va más allá de la mera escucha. El éxito de la propuesta no reside tanto en el detalle solista o en la exigencia estrictamente sonora (que también está presente), como en su concepción global: una experiencia capaz de estimular y ampliar horizontes a partir de un repertorio reconocible y emocionalmente significativo. Es ahí donde radica su fuerza como reclamo cultural, tal como señalaban las notas al programa de Albert Beorlegui, al reivindicar el valor de lo popular como puerta de acceso.
Este modelo, a medio camino entre el concierto y la gala, se ha convertido en un instrumento de gran eficacia tanto en el ámbito divulgativo como en la recepción pública. Su accesibilidad y transversalidad permiten congregar perfiles diversos, desde el melómano habitual hasta espectadores menos habituados. Y dentro de esta voluntad integradora, cabe subrayar también el acierto de visibilizar figuras a menudo relegadas, como los actores de doblaje —representados en esta ocasión por Lluís Posada—, cuya voz forma parte indisociable del imaginario cinematográfico contemporáneo.
Entre todas las orquestas del Estado, la Sinfónica del Vallès se ha consolidado así como un referente indiscutible en este ámbito, gracias a un modelo propio, pionero y ampliamente imitado. Su aportación consiste en reformular el concierto sinfónico tradicional y convertirlo en una auténtica arquitectura multimodal, en la que música, imagen, palabra y luz convergen bajo la coherencia de un guion ágil y evocador. No se trata de encadenar suites completas, sino de seleccionar con criterio aquellos fragmentos que, en relación, generan fluidez y sentido dramático, evitando reiteraciones y reforzando la cohesión del conjunto.
El programa de esta ocasión, bajo la dirección musical de Isabel Rubio, se centraba en el imaginario cinematográfico en torno a Cristo y el cristianismo. Títulos como La misión, Jesucristo Superstar o Ángeles y demonios convivían con el aliento casi bruckneriano de Des Chevaliers de Sangreal (El código Da Vinci), antes de una segunda parte dedicada íntegramente a la monumental banda sonora de Ben-Hur de Miklós Rózsa. La epopeya sonora —del tema principal a la carrera de cuadrigas, pasando por el episodio de las galeras o el Hallelujah— se veía reforzada por las proyecciones de Iván Mardones, de estética acuarelada, que aportaban una dimensión visual sugerente sin caer en el exceso.
En esta articulación del discurso cabe reconocer nuevamente la figura de Jordi Cos, músico y presidente de la Sinfónica del Vallès, quien, con su guion y habilidad dramatúrgica, ha sabido reconvertir la tradicional gira de Semana Santa en una propuesta con entidad propia. La participación de formaciones como el Cor Ciutat de Tarragona, el Cor de la Universitat Rovira i Virgili, el Cor de Cambra Enric Granados de Lleida, el Grup Dríade Vocal, entre otros, reforzaba esta dimensión colectiva y, al mismo tiempo, simbólica: una celebración artística que apela a unos valores —el amor, la compasión, el perdón— que, con independencia de la fe, forman parte del sustrato cultural europeo.
Y es precisamente desde esta conciencia desde donde la propuesta adquiere una resonancia que trasciende el ámbito estrictamente musical. En un contexto europeo marcado por la desorientación política y social, y por una progresiva erosión de sus referentes culturales, iniciativas como esta operan también como recordatorio. Porque, en última instancia, lo que está en juego no es solo un repertorio o una fórmula de éxito, sino una manera de entender la cultura como transmisión de sentido en una Europa política y social en decadencia, dirigida por una clase política abiertamente corrompida, donde incluso el alcalde del barrio marítimo de Sabadell hacía la recomendación de no comer y evitar la música por ser época de Ramadán... Quien pierde sus orígenes, pierde su identidad.
Albert Ferrer Flamarich
Obres de Lloyd Webber, Morricone, Zimmer, Rozsa.
Lluis Posada, actor doblador. Jordi Cos, guión.
Cor Ciutat de Tarragona, Cor de la Universitat Rovira i Virgili, Cor de Cambra Enric Granados de Lleida, Coral Escriny de Santpedor, Grup Dríade Vocal i Cor Jove Athene Noctua. OSV.
Isabel Rubio, directora.
Palau de la Música Catalana. 28-3-26.