Porque la vida está hecha de casualidades, acudí al recital de la pianista rusa Anna Vinnitskaya en Círculo de Cámara del Círculo de Bellas Artes de Madrid el pasado domingo, tras visitar la exposición que el Museo Thyssen está dedicando al pintor danés Vilhelm Hammershøi (Copenhague el 15 de mayo de 1864 – Copenhague el 13 de febrero de 1916), titulada El ojo que escucha. Dos experiencias culturales muy diferentes entre sí, pero con una cohesión estética sorprendente.
Al cabo no tan sorprendente si atendemos al programa del recital que ofreció Vinnitskaya y a la naturaleza de la obra de Hammershøi. Pudimos escuchar piezas de Ravel, Skrijabin, Brahms y Rajmáninov. Salvo la obra de este último, las Variaciones sobre un tema de Corelli, op. 42, el resto fueron escritas y estrenadas en vida del pintor danés, que pudo perfectamente escucharlas en algún momento, puesto que era un gran melómano, cellista aficionado incluso.
La primera parte del recital, sobre todo, fue la más cercana a un artista como Hammershøi. Mientras que el pintor danés, de formación académica, recrea desde sus primeras obras un universo propio, inmóvil y silencioso, alejado de cualquier estética a la moda del fin de siglo, pero a la vez tan próximo al impresionismo en su análisis y desarrollo de la luz, Ravel, sin romper nunca con lo establecido, incluso en ocasiones con un lenguaje neoclásico, supo deslizarse hacia la modernidad musical liberándose de corsés y fórmulas antiguas, para recrear él también la luz. Y en ambos, pintor y músico, el tiempo surge como un elemento temático más, intangible en la inmovilidad de los interiores domésticos recreados por Hammershøi, efímero en la música etérea del compositor.
De Ravel escuchamos la Sonatina (1905), la Pavana para una infanta difunta (1899) y los Jeux d’eau (1901). Sobre todo esta última obra, luminosa y divinamente efímera, parece resonar en las habitaciones vacías que pinta Hammershøi, en un esfuerzo por agitar el silencio donde solo se atreve a entrar un pálido rayo de sol. Vanos intentos, tanto el del óleo como el del piano, de triunfar frente al tiempo.
La música de Ravel necesita de un pianista que ponga de relieve la sensibilidad y el sentido que encierran sus notas. Su brillantez no puede ser nunca vano artificio, sino musicalidad elaborada, y Vinnitskaya supo plegarse a esas exigencias con fidelidad y gusto.
Antes de concluir la primera parte, escuchamos la Sonata nº 3 de Skrijabin, escrita a final de siglo. En este compositor, más allá de lo avanzado de su pianismo y de su lenguaje musical absolutamente moderno, y pese a su directa relación con el mundo del color, encontramos una fuente musical muy diferente a la de Ravel, con una carga de profundidad más centrada en una humanidad dubitativa y profunda, bastante alejada de la estética francesa. Vinnitskaya supo acercarnos esta humanidad, muy atenta a las dinámicas, matizando lo necesario y explayándose lo justo, presentándonos una gran versión de esta obra.
La segunda parte nos permitió comprobar la versatilidad de la pianista rusa, con dos obras muy diferentes entre sí, y bastante alejadas también de la música que escuchamos en la primera parte.
Los Tres intermezzi per a piano, op. 117(1892) de Brahms de nuevo nos remitieron a ese universo pictórico de Hammershøi, con una sensibilidad similar, donde los dos artistas se retratan mediante gestos sutiles, auténticos y sinceros, cada uno en su campo. En el caso de Brahms, a la vez ligero y hondo, un hombre mayor que se conoce bien y posee una hermosa personalidad musical, sabe describirse con seriedad. Vinnitskaya tocó este Brahms maduro desde el respeto, manteniendo el pulso y agilidad necesarios en estas obras breves.
En último lugar, las Variaciones sobre un tema de Corelli, op. 42, de Rajmáninov, que se convirtieron en la pièce de résistance del recital, donde Vinnitskaya brilló con toda su calidad pianística.
Rajmáninov elige un motivo barroco para escribir una pieza que, aunque puede parecer un puro juego técnico, se transforma en un artefacto extraordinariamente musical, con el desarrollo de diversas variaciones que, además de demostrar su virtuosismo, se convierten en reflexiones profundas sobre la misma materia musical, sobre la naturaleza de la música.
Si en la primera parte escuchamos unos juegos de agua, aquí pudimos escuchar juegos de otro tipo, donde ya no encontramos reflejos de agua o luz, sino pura música, y mil maneras de combinarla. Si recordamos de nuevo a Hammershøi, esta obra nos acerca a las diversos cuadros que el danés pintó con un mismo interior, cambios sutiles que hacen de cada uno una obra individual y valiosa en sí misma. Estas Variaciones son, a su vez, casi como bocetos, pero llenos de tanta esencia musical como puede dotarles el genio pianístico de Rajmáninov, ajeno a cualquier encasillamiento estilístico.
Las Variaciones… es una pieza mucho más intelectual que la materia original, la folía de Corelli, sin embargo Rajmáninov logra insuflar vida a todas sus desinencias, muy consciente de que tantas veces en arte lo verdaderamente creador no es el punto de partida, sino lo que el artista puede hacer con ello…
Y Vinnitskaya aprovechó todas las oportunidades que le brindaba su compatriota para resaltar la música más visceral y emocional de estas Variaciones, por encima de cualquier posible juego o competición intelectual, con la fuerza, agilidad y pulso pianístico que evidenciaron la extraordinaria pianista que es.
Blanca Gutiérrez Cardona
Círculo de Bellas Artes de Madrid. Sala Fernando de Rojas. Domingo 29 de marzo, 2026.
Obras de de Ravel, Skrijabin, Brahms y Rajmáninov
Anna Vinnitskaya, piano
Foto © Nacho Martín / CBA