La curiosa soprano Mar Morán alterna con idéntica pasión su faceta como cantante y la inquietud por rescatar el patrimonio musical español menos frecuentado, siendo dueña de una carrera cada vez más asentada en nuestro panorama musical.
Flautista en sus inicios, el deseo de indagar más sobre su voz la llevó a decantarse finalmente por la ópera y por la canción, a la que mima sin descanso desde sus inicios. Esta cantante extremeña, que ya ha sido Violetta, Gilda, Lauretta, la Reina de la Noche, Musetta o Soeur Constance, defiende además lo versátil de una vocalidad que ofrece muchas posibilidades de expansión, siempre ligadas al autodescubrimiento y a la verdad teatral en su caso.
Con tres recitales discográficos ya publicados (en el cuarto reivindicará la figura de su paisano Cristóbal Oudrid) y una trayectoria que la ha llevado a pisar hasta la fecha muchos de los escenarios de nuestro país, en su horizonte próximo se vislumbran Asia y Sudamérica, combinando allí proyectos de vanguardia y tradición respectivamente.
De su instrumento, de su incansable búsqueda en “los cajones que llevan injustamente cerrados demasiado tiempo”, del rumbo de su carrera y de cómo ve el perfil del artista lírico del siglo XXI, nos habló al finalizar la tanda de funciones del reciente Il trovatore del Teatro Real en la que ha participado. La savia nueva se abre paso con entusiasmo.
Más que un debut, lo suyo ha sido una vuelta al Teatro Real, pero desde otra perspectiva, ¿qué ha supuesto?
Ha supuesto, en cierto modo, cerrar un círculo, porque formé parte del Coro del Teatro durante cuatro años y, es curioso, precisamente la última ópera en la que participé como corista fue Il trovatore, en 2019, con la misma producción de Francisco Negrín que se ha vuelto a ver ahora. Regresar siete años después, tras haber finalizado un máster, tras pasar por un Opera Studio en Bélgica, estar haciendo ya mi carrera… ha sido muy especial, porque conozco a casi todo el mundo allí y he crecido con esas personas. Con ellas he pasado, además, muchísimas horas, tanto en el escenario como tras él, y hemos formado una familia que va más allá de lo meramente profesional. Ojalá todos los teatros a los que vaya en el futuro me traten del mismo modo que lo hacen en el Real. Además, tanto en este Teatro como en el Liceu, quizás ahora más que antes, están apostando mucho por cantantes españoles con carreras que están despegando, y se nos da la oportunidad de crecer y de cantar en ellos no solo cuando ya lo has hecho fuera, cuando “has hecho las Américas”, como se decía antes.
Como le va a ocurrir a usted en octubre, cuando debute como Olympia en el Colón de Buenos Aires...
Es uno de esos sueños que cualquier cantante de ópera tiene desde que empieza esta profesión. El Teatro Colón es un escenario mítico, por el que han pasado muchos de los artistas más importantes de la historia, y debutar allí supone un enorme privilegio y también una gran responsabilidad. Además, Olympia es un personaje que siento muy cercano vocalmente: reúne la precisión técnica, la agilidad y la teatralidad que tanto disfruto sobre el escenario. Afronto este debut con muchísima ilusión y con el deseo de seguir creciendo paso a paso en escenarios de referencia internacional.
Usted comenzó a estudiar flauta en el conservatorio, ¿qué queda de esa instrumentista?
Queda mucho. Como música, mi base viene de ahí, y hay muchos aspectos que se comparten, por ejemplo, todo lo relativo a la respiración, al control del fiato, que supone un entrenamiento previo a nuestra faceta como cantantes. Y esto lo he podido compartir con otras compañeras sopranos, como Marina Monzó, que también han sido flautistas en el pasado. A mí me encantaba la flauta, pero una vez que pruebas el canto, ¡no lo puedes dejar, no hay vuelta atrás! Tengo que decir que yo empecé desde pequeña también a cantar, compaginando la flauta con el canto, pero hubo un momento en el que empecé a interesarme más por dar clases con una maestra y tomar más en serio a mi voz; ese fue el momento decisivo del cambio.
Y a la hora de leer una partitura, ¿haber estudiado un instrumento influye?
Claro... De hecho, al principio, para estudiar, he llegado a tocar previamente con la flauta algún pasaje que me costaba leer; o después, una ornamentación o una cadencia, para buscarle un mayor sentido musical. Primero las tocaba con la flauta y después las ponía en la voz. Y esto es verdad que lo he compartido con personas que han estado en esta misma situación y coincidimos. No sé, no es una verdad científica, claro, pero quizás la voz busque adaptarse a ese instrumento que suena, como referencia. Mimetizarse, buscar ese sonido aflautado, esas notas imposibles, esa sonoridad en una cadencia o una variación… Y, curiosamente, las compañeras flautistas con las que lo he hablado son todas lírico-ligeras también.
Hablando de las lírico-ligeras, ¿qué le interesaría reivindicar de su vocalidad en este momento?
La versatilidad, que se pueda abarcar mucho del repertorio, porque una ligera se centra la mayoría del tiempo en el registro agudo. Sin embargo, nosotras podemos hacer incursiones en repertorios un poco más pesados. Es verdad que esto depende de tu edad y del momento en el que te encuentres. Yo, por ejemplo, tengo mucho color en la parte lírica, pero me sigo encontrando muy cómoda también en el repertorio más ligero. Cuando interpreto roles como la Reina de la Noche, un repertorio más asociado a las ligeras, suele sorprender que, además, pueda aportarles mucho color. Eso ocurría a menudo cuando estaba en mi etapa de los concursos. Sorprendía al cantar el repertorio más ligero, pero con un color mucho más lírico. En definitiva, es una tipología vocal que tiene mucha capacidad de sorprender. Permite los fuegos artificiales, porque ahí están la agilidad y el sobreagudo, pero también están el color, el lirismo… Considero que, quizás a veces, las ligeras nos han hecho un poco de sombra, porque hay roles impresionantes de ligera, pero las lírico-ligeras tenemos la posibilidad de jugar con una mayor versatilidad. ¡Y ahora, además, hay muy buenas compañeras españolas!
Los grandes maestros, que los ha tenido, son fundamentales, pero, hablemos del aprendizaje autónomo. ¿Qué considera que ha aprendido más de Mar Morán en estos años?
Cada maestro tiene su opinión de cómo usar el instrumento, ayudándote a entenderlo; cada uno de manera más o menos clara con sus explicaciones, pero creo que el aprendizaje mayor viene de escucharse a una misma, escuchar siempre a tu voz. En mi caso, ha sido muy difícil encontrar mi sitio, porque al tener una voz con mucho color, muchas veces me ofrecían roles muy líricos y pesados, y he tenido que decir mucho que no. Y esperar la oportunidad del “sí, vale, vamos a probar este rol a ver si funciona”, porque hay roles que sí van y roles que no. Soy lírico-ligera y hago Traviata, por ejemplo. Es el rol que más he cantado. Y eso no está reñido con que haga una Olympia, o una Gilda. Al respecto, algo que me han preguntado mucho es: “Mar, ¿tú cómo haces los pianos?”. Porque encontré la manera de simular el sonido etéreo como el de la flauta; lo descubrí y trabajé mucho en mi etapa en Bélgica, cuando estaba en el Opera Studio. Yo sola ante el piano, escuchándome, buscando cómo diferenciarme. ¿Qué puedo dejar que me distinga a la hora de interpretar la misma aria que ya han cantado muy bien tantas grandes artistas? Para responder a esta pregunta hay que escucharse mucho, respetar tu voz y no intentar imitar a ninguna otra.
Pasemos ahora al amor que siente por el repertorio español de cámara, donde lleva tiempo dejando frutos en forma de discos y recitales. ¿De dónde surge y cómo sigue alimentándose esa pasión?
Pues el culpable tiene nombre y apellido, Aurelio Viribay, quien fue mi profesor de canción española cuando estaba estudiando el superior. Aurelio es un arqueólogo musical de la canción española, y es un referente. Me picó el gusanillo con él, que me metió en esta vorágine de recuperar lo que está en un cajón y el amor por nuestro género. Cuando estás estudiando, sobre todo Lied o mélodie, piensas “¿por qué no defendemos más, como intérpretes españoles, el género español y lo programamos más?”. Esta inquietud, sumada a la de Aurelio, nos hizo embarcarnos en el primer CD, que fue además de obras de Jesús García Leoz, lo primero que hicimos juntos en clase y mi primer acercamiento a la canción española. Cuando se es niño, las primeras canciones que escuchas, las que te canta tu abuela, las que te canta tu madre, la tradición que nos identifica, creo que se ha perdido un poquito, pero todo está ahí. Hay que conocer de dónde venimos y, sobre todo, a compositores que, como García Leoz, como Manuel Palau, tienen bastante relevancia en nuestra historia musical. Que haya gran parte de su música metida en un cajón, que no la hayamos vuelto a escuchar y que no esté donde merece, en los escenarios, fue lo que me impulsó a comenzar con Aurelio Viribay un sendero de recuperación y de investigación para intentar dejarlos en el sitio que les corresponde. Por otra parte, también se pueden mirar hacia composiciones nuevas y ahí está mi otro disco, de canciones de Borja Mariño, compositor en activo.
Y el próximo año saldrá su nuevo disco, “La Salerosa”, con obras de Cristóbal Oudrid, figura fundamental de la zarzuela del XIX...
Sí, en 2025 se cumplieron los 200 años de su nacimiento y en 2027 se cumplirán los 150 de su muerte, así que era una buena oportunidad. Buscando, porque cada año seguimos poniéndonos de acuerdo para ir recuperando música española, me pregunté si, además de zarzuelas, Oudrid tenía canciones. Y las tenía, y no estaban grabadas, ¿cómo era posible? Si se codeaba con el mismísimo Barbieri… Encima, siendo yo pacense, paisana suya, me indignaba mucho más el olvido. Así que sí, el año que viene saldrá la grabación con trece canciones y, como extra, dos romanzas de sus zarzuelas (“Fugaz Ventura”, de El estudiante en Salamanca y la Malagueña de Nadie se muere hasta que Dios quiere), porque, claro, no podíamos no incluir el género donde tanto brilló. Creo que incluso sigue teniendo el récord de más tiempo en taquilla con la obra Buenas tardes, señor don Simón. Y su Salve marinera la tomó la Armada Española como himno no oficial. ¡Algo estaría haciendo bien el señor Cristóbal Oudrid!
En este caso, el proyecto ha sido más ambicioso, y ha incluido ediciones musicales y clases magistrales en conservatorios...
Sí, el primer acercamiento fue la recuperación de su música y llevar a cabo ediciones. Tocando muchas puertas, y gracias a la Diputación de Badajoz, se pudo hacer la edición crítica de cuatro zarzuelas completas (Nadie se muere hasta que Dios quiere, El postillón de La Rioja, El estudiante en Salamanca y Café-teatro, restaurant cantante). Se trata de ediciones para orquesta y también para voz y piano, porque mi idea era que se pudieran representar en los teatros, ya sea en el Teatro de la Zarzuela o en cualquier otro interesado en hacerlas. Y, como quienes cantamos, necesitamos un material de estudio, se hicieron ambas ediciones de cada una. El bicentenario nos impulsó a hacer esto en 2025 y, además, se hicieron algunas clases magistrales en conservatorios en 2025 e incluso en este 2026, porque no se pudieron encajar todas en el año anterior, buscando acercar esta música a alumnado y a profesorado. El objetivo es que puedan conocer bien este repertorio, al igual que conocen el de Barbieri, y puedan, en un futuro, incluirlos en sus programas de concierto, de canción o de zarzuela.
¿Y qué tiene de particular la música de Cristóbal Oudrid?
Lo que más me ha sorprendido es el carácter español que tiene. Hay mucho de música popular, es un compositor magistral en eso, creo que por ello se llevaba de calle al público, porque la gente salía del teatro cantando y silbando sus melodías. Su música es muy pegadiza. En cuanto al género de la zarzuela, lo que me sorprende es la facilidad que tenía para componer, porque hemos rescatado cuatro obras, pero es que tiene más de ochenta compuestas. Hemos rescatado de género chico, que duran una media hora o cuarenta minutos y son cómicas, y asimismo zarzuelas grandes de tres o cuatro actos. Y me sorprende la capacidad que tiene de expresar con la música lo que aparece escrito en el libreto. Siento que tiene mucho de Barbieri; o quizás Barbieri bebía mucho de Oudrid, no sabría decir. Lo cierto es que ambos coincidieron en una misma época y compartieron un mismo contexto creativo.
El disco se va a presentar además en el Teatro de la Zarzuela, ¿han mostrado interés por recuperar alguno de esos títulos desde la dirección?
Sí, lo que pasa es que las temporadas se cierran con mucha antelación. Entonces, obviamente, no llegamos para 2027, pero espero que tarde o temprano se pueda llevar a cabo este acto de justicia. Que llegue cuando tenga que llegar, no pasa nada porque no sea en el año de su aniversario, que hubiese sido ya como un lazo; pero llegará en algún momento, porque la verdad es que su música es muy buena, ¡y ahora ya no hay excusa! Y sí que hay repertorio y ediciones disponibles para plantearse una nueva producción. Simplemente se trata de buscar un momento en el que todo cuadre y presentárselas al público.
Desde aquí nos sumamos a esa reivindicación, porque nos ha despertado la curiosidad. También en el Teatro de la Zarzuela se presentará esta temporada con Las trece rosas rojas de Cecilia Bercovich y, justo después, se irá a Singapur para interpretar Klara de Pedro Halffter. ¿Qué tal se lleva con las nuevas creaciones?
A mí, como música, me gustan los retos. Me gusta hacer repertorio clásico, ese que a todo el mundo le encanta y que tiene en el oído, pero me fascina ser la primera en ponerle la voz a algo. Y que luego ya, a partir de ahí, haya más interpretaciones. Lo disfruto mucho. Como nunca se ha interpretado antes, tienes toda la libertad interpretativa; además, puedes hablar con el compositor, que está vivo. Se trabaja de otra manera, porque no tenemos la posibilidad de preguntarle a Verdi por qué quería esto aquí o si lo quería así o no. A veces, la escritura musical llega hasta donde llega. Entonces, es muy bonito el trabajo con un compositor al lado, e intentar hacer realidad la música que él había pensado. En ocasiones, incluso para tu propia voz. Esto me enriquece mucho como artista y como música. Normalmente suele ser un poco más difícil de abordar, porque no tienes referencias y es más complejo, pero es un reto que me encanta. En todos los terrenos he podido experimentarlo. Es maravilloso que se compongan nuevas canciones, como las de Borja Mariño, o que se hagan nuevas óperas como la de Las trece rosas rojas o la Klara de Halffter.
Ya la ha interpretado en Hungría previamente, ¿cómo fue la experiencia?
Es un proyecto que me motivó muchísimo. Estoy casada con un ingeniero informático que trabaja mucho con la inteligencia artificial, así que ser Klara, una inteligencia artificial, un único personaje operístico, me llamaba bastante la atención. Cuando la hicimos en Hungría, se grabó, y aparecerá próximamente dicha grabación. El compositor quería una voz que fuera muy precisa, que tuviera la capacidad de dar un sobreagudo nítido, perfecto, como lo haría una inteligencia artificial. Pero, a su vez, esa inteligencia artificial entra un poco en conflicto, pues, de repente, quiere, desea, todos los sentimientos que tiene un ser humano, y eso precisa el lirismo en la voz. Se necesitaba una voz que cumpliera la parte técnica y perfecta de una máquina y la parte más pasional que tenemos los humanos. Esta dualidad ha sido apasionante vivirla, la verdad. Y explorar nuevos territorios como una pionera.
Eso cuesta más con títulos más populares del repertorio…
No tanto si hablamos de canciones, lied, mélodie…, porque ahí te sientes más libre de dejar tu impronta, de innovar con tu interpretación, pero sí en la ópera. Normalmente en la ópera, en la zarzuela también, pero sobre todo en la ópera, hay ya estandarizada una cadencia tradicional, una variación de tal o cual cantante, y tienes menos margen de maniobra, porque se supone que el público está esperando el sobreagudo, las variaciones… Y como están esperando eso, te sientes un poco más cohibida. Pero está claro que tienes que dejar algo tuyo en cada rol. Si se hiciera siempre lo mismo de la misma manera…
¿Cuál es la suya?
A mí me encanta el cine, y hace poco leí, creo que era Vanessa Goikoetxea la que lo decía, que ahora más que nunca las cantantes de ópera nos podemos sentir como actrices de Hollywood. Yo pienso lo mismo. Por supuesto que prestamos atención a la parte vocal y técnica, todo eso tiene que estar ahí, pero creo que, cada vez más, cuando se interpreta un rol, este tiene que ser muy real. Y aparte de eso, trabajar, claro, la parte musical, pero me gusta mucho, muchísimo, meterme completamente en el personaje, y ser Gilda o Violetta. Violetta para mí fue un viaje. No fue un impedimento el primer acto, al ser lírico-ligera, mi trabajo se centró sobre todo en los siguientes: buscar el dramatismo, el lirismo en la voz sin hacerla más pesada, sino indagando desde mi voz una verdad. Además, no puedo estar pensando solo en dar un sobreagudo potentísimo, impresionante, si hasta llegar a él no ha habido realidad. Me acerco a los personajes de una manera muy actoral. Es lo que me gusta realmente de interpretar roles tan conocidos, porque, al final, Gilda, Violetta, Reina de la Noche… las hay con interpretaciones musicales muy buenas, magistrales, pero ¿por qué la tuya será especial? En esa búsqueda de lo teatral yo me he encontrado siempre muy a gusto. Y si tuviera que decir algo mío desde la parte vocal, pues creo que lo que más sorprende de mi voz es ese margen, ese volumen y ese contraste entre el lirismo y la facilidad para buscar un piano o un pianissimo en una nota imposible. Quizás esto sería lo que yo pueda dejar de mí a esos personajes.
A lo largo la entrevista, se ha ido destilando que los y las cantantes del siglo XXI deberán, más que antes, y para desmarcarse, interesarse también por la investigación, plantearse tareas de gestión cultural y defender con entusiasmo sus propios proyectos…
Sí, estoy de acuerdo. Creo que ahora tenemos que ser más abiertos y explorar más alternativas, especialmente por el mundo en el que vivimos. Antes había menos cantantes, eso es innegable, y había menos competencia. Temporada solo hay una en cada teatro, dura lo que dura, y en realidad aquí hay pocos teatros de ópera. Y todos los demás cantantes tenemos que seguir trabajando cuando no estamos en ellos. Sí, es verdad que existe la posibilidad de irnos fuera a hacer ópera, y esto es estupendo también, pero un buen cantante debe tener un bagaje no solo operístico, sino uno que incluya estudio e investigación musical, porque esto enriquece mucho lo que tú vas a hacer luego en la ópera. También se debe hacer Lied y tener un contacto más cercano con el público, casi mano a mano, algo camerístico, porque este aprendizaje y esta trayectoria se pueden llevar después al teatro; es algo enriquecedor. Y, sobre todo, veo que muchos de mis colegas están haciendo festivales o espectáculos propios. Somos muchos, tenemos mucho que dar al público, no solo en los teatros grandes cuando toque en una temporada determinada. Todos estos meses que nos quedan en blanco podemos dedicarlos a estas otras cosas y estar constantemente activo y creciendo, no solo en la ópera. En mi opinión, te enriquecen igualmente, ¿verdad? Incluso está la parte de gestión cultural, en el sentido de promover nuevos proyectos. Proyectos con entidad, que interesen.
Como los que esperemos que siga proponiendo del repertorio español más desconocido. Muchas gracias y mucho ánimo para esta recta final de 2026.
por Pedro Coco
Foto © Gemma Escribano