El legendario Restaurante Atrio, con el privilegiado complejo hostelero y gastronómico que lo envuelve, se ha convertido en uno de los faros culturales más potentes de la monumental Cáceres. Entre sus milenarios muros y sus mimados manteles siempre planchados con cariño por esa prima donna de la cocina que es Toño Pérez, junto al conquistador de paladares de José Antonio Polo (que no se pierde ningún concierto), crearon a través de su Fundación el festival Atrium Musicae que acaba de deshojar su cuarta edición, protegido por la alargada sombra del sabio Antonio Moral. Un certamen que se presenta con un variado menú de ofertas culturales, patrimoniales y musicales (17 espectáculos nada menos), ideal para redescubrir una tierra que pide a gritos ser agasajada no solo por exigentes paladares, sino por oídos abiertos a nuevas experiencias sonoras.
Inmerso en la gira conmemorativa de los 150 años del nacimiento de Falla, Javier Perianes, antes de vestirse con el traje de luces patrio en una segunda parte para guardar en vitrina, echó a torear al gaditano con Chopin, en un mano a mano antológico y bellísimo. El duelo ofreció una hermosa lucha entre los Nocturnos, Mazurkas, Valses y Nanas paridas por ambos en un toma y daca inolvidable. El momento más inalcanzable fue esa Serenata Andaluza mezclada con el Vals Op. 34/2, donde el onubense estiró como un chicle el tempo en un magistral uso del rubato.
El trovador de Nerva
Perianes es el más avezado heredero del siglo de oro del teclado hispano. Lo demostró con una selección de cuatro piezas de la gigantesca Iberia, desgranada con fiereza y apabullante despliegue técnico (detonante Triana), de tintes folclóricos sin brillantina y una tímbrica vigorosa y afilada, repleta de músculo (soberbia Almería). No quiso despedirse, estando donde estaba, sin acordarse de uno de los más grandes e inclasificables del teclado patrio, el indomable Esteban Sánchez, a quien le dedicó una volcánica Fantasía Bætica escrita a sangre y fuego.
Repetía el de Nerva junto a la flor y nata española germinada a la sombra de la Filarmónica de Berlín, pero organizar un Festival en invierno conlleva riesgos, tales como que un griposo Luis Esnaola se quedara en casa. Le sustituyó la frescura y el desparpajo de María Florea, acompañada por la esplendorosa viola de Joaquín Riquelme y el cello de Olaf Maninger. Tras Schubert y Brahms, juntos ofrecieron el Cuarteto con piano KV 478 de Mozart, en una lectura repleta de luminosidad y refulgente belleza (hermosísimo Andante).
La enfermería se agrandó con la ausencia de Florian Boesch, finalmente suplido a contra reloj por Manuel Walser, que sustituyó el mítico Schwanengesang schubertiano por una selección de Lieder cuya temática estaba protagonizada por el halo funesto del Sehnsucht. El instrumento del suizo no ostenta excesiva envergadura ni resonancia. El recital, en el que abusó del pianissimo (convertido casi en susurro) y que fue acompañado por el piano de Malcom Martineau (acertadísimo en el manejo de los silencios), pareció ser un único, afligido e interminable Lied (abrumador Der Zwerg). El gran acierto de la traducción simultánea nos hizo disfrutar doblemente con el tremendismo schubertiano, felizmente doblegado por la frescura y luminosidad del An die Musik que cerró de propina la velada.
Gloriosa polifonía
Escuchar a Tomás Luis de Victoria en una iglesia es como oír Parsifal en el Festspielhaus de Bayreuth. Nunca una música ha ido tan íntimamente ligada a la arquitectura. Penetrante misticismo, sobria expresividad, desgarrado cromatismo y esas prodigiosas texturas en claroscuro se fundieron a la perfección entre los muros de la concatedral de Santa María a través del Officium Defunctorum que escribiera para las exequias de la emperatriz María de Austria, junto a dos instrumentos de extática y profunda musicalidad como son El León de Oro de Marco Antonio García de Paz (prodigio de empaste y afinación) y la Schola Antiqua de Juan Carlos Asensio, encargada de dilucidar el canto llano. Una música que traspasa la carne encogiéndote el corazón y logrando que algunos nos elevemos unos centímetros del suelo.
García de Paz y sus leones repitieron al día siguiente en la Iglesia de Santiago Apóstol con un maravilloso programa polifónico, donde se mezcló provechosamente piezas renacentistas de Victoria y Palestrina, con obras corales paridas por compositores de nuestro presente como Pärt, Donati o Whitacre. La vista y el oído convertidos en un solo sentido capaz de transportarnos a otra dimensión. El pasmo extático, el majestuoso canto, la armonía, el equilibrio, el poder del basso continuo, la consonancia de las escalas mayores y el paraíso celestial de Palestrina y Victoria (maravilloso Nunc dimittis), mezclado con las conflagraciones existenciales, los modos menores, el obsesivo ostinato, las resonancias organísticas y esa búsqueda constante del halo divino de Pärt y compañía. Para toda la vida.
por Javier Extremera
https://fundacionatriocaceres.com/atrium-musicae-26
Foto: Javier Perianes en el IV Festival Atrium Musicae.
© Sandra Polo