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Festival de Ravello

Un escenario frente al infinito

Octubre 2026

En lo alto de la Costa Amalfitana, donde los jardines se asoman al azul y las montañas parecen detener el tiempo, Ravello convierte el verano en música. El Festival reúne música en los jardines de Klingsor de la Villa Rufolo, piedra y paisaje en un mismo escenario: conciertos que parecen nacer entre los limoneros y perderse, lentamente, sobre el Mediterráneo, en un infinito mar cuna de las civilizaciones occidentales. Aquí, la música no solo se escucha; también se contempla, se respira y permanece.

 

En los jardines de Villa Rufolo fue donde Richard Wagner encontró inspiración para su imaginario jardín del segundo acto de Parsifal, fascinado por la belleza y la atmósfera casi irreal de Ravello. Desde 1953, estos jardines y su entorno, así como su auditorio asomado al mar, celebran cada verano el Ravello Festival, que en 2026 se efectuó entre el 4 de julio y el 5 de septiembre, con la dirección artística de Alessio Vlad y la presidencia de la Fondazione Ravello de Lucio Gregoretti.

Entre los grandes nombres de esta 74 edición, entre otros, estuvieron Daniel Harding y la Orchestra del Maggio Musicale Fiorentino, Il Pomo d'Oro, Jordi Savall con Le Concert des Nations y La Capella Reial de Catalunya, Pygmalion con Raphaël Pichon, Jan Lisiecki, Kent Nagano con la Dresdner Festspielorchester y Concerto Köln, Jean-Efflam Bavouzet, Philippe Jordan y la Gustav Mahler Jugendorchester, John Eliot Gardiner con The Constellation Choir and Orchestra o Simon Rattle dirigiendo a Isabelle Faust y la Freiburger Barockorchester en el concierto de clausura.

Ravello y Wagner

La vinculación de Ravello y Wagner se hace extensible en muchos programas que, por deferencia al lugar, incluyen obras de Wagner o bien programas que lo remiten directamente, caso de Gardiner dirigiendo la Segunda Sinfonía de Mendelssohn (una clara visión de El holandés errante) y la Canción del destino de Brahms. O la Cuarta Sinfonía de Bruckner (el más wagneriano de sus contemporáneos) por Philippe Jordan y la Gustav Mahler Jugendorchester. Antes, en la Sala dei Cavalieri, un precioso escenario dentro de los jardines de Villa Rufolo, el elegante pianista Jean-Efflam Bavouzet ofreció en dos sesiones casi consecutivas la integral de Maurice Ravel, demostrando por qué es uno de los grandes especialistas en el francés, destilando emotividad, claridad de discurso y narración en obras tan complejas como Miroirs o Gaspard de la Nuit.

La acústica abierta del auditorio sobre el infinito mar y las espectaculares montañas de la costa Amalfitana, necesita de un maestro para interpretar la música de manera distinta a como si estuviera en un auditorio cerrado, donde los armónicos se reproducen con naturalidad. Jordan y sus muy jóvenes integrantes de la Orquesta Gustav Mahler (en algunos casos adolescentes, con un futuro muy prometedor) llevaron los Encantamientos del Viernes Santo de Parsifal y la Cuarta de Bruckner por terrenos nada cómodos; bajo el cielo abierto, la música encuentra en el aire su propia sala de conciertos: cada nota se resiente si no es tratada como hizo Gardiner con sus excelentes The Constellation Choir and Orchestra, recreando un Mendelssohn bellísimo (memorable el tenor Jonathan Hanley en sus dos arias, tan cercanas a una Pasión bachiana como al inminente timonel del Holandés wagneriano).

Asistir al Festival de Ravello es dejar que la mejor música se funda con la noche, la luna, el cielo y el infinito azul de la Costa Amalfitana. Hay que vivirlo para entenderlo.

por Gonzalo Pérez Chamorro

Foto: La inmensidad de la noche y el azul del Mediterráneo en el Festival de Ravello.
Crédito: © Andrea Boni

 

www.fondazioneravello.com

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