Música clásica desde 1929

Discos recomendados de Ritmo

En esta sección encontrará los 10 discos que la revista RITMO recomienda cada mes, clasificados por meses y por su orden de recomendación del 1 al 10. Se archivan los recomendados desde junio 2011, para ver anteriores ir a "Ritmo Histórico".
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Ritmo Enero 2019 - Núm. 925

DEBUSSY: Preludios (Libro I). Estampes.

Javier Perianes, piano.
Harmonia Mundi HMM902301 (CD)



La crítica

El sonido como génesis

Me voy a tomar una licencia; algo de lo que ahora procuro huir, pero siendo perfectamente consciente de que casi era para mí una norma de trabajo cuando era joven. Hace ya algunos años, sin embargo, lo procuro evitar en la medida de lo posible. Tras el desliz, les prometo que les hablaré de Perianes y su nuevo Debussy. Nuevo, además, porque es la segunda vez que lo lleva al disco.

Heinrich Neuhaus, 1948. Walter Gieseking, 1953. Werner Haas, 1961. Samson François, 1968. Arturo Benedetti-Michelangeli, 1978. Claudio Arrau, 1979. Krystian Zimerman, 1994. Jean-Yves Thibaudet, 1996. Daniel Barenboim, 1998. Maurizio Pollini, 2000. Pierre-Laurent Aimard, 2012... Y hay más, claro, aunque como son estos los que conozco, suficiente para contarles lo que quiero.

No; no se trata de una comparativa, sino de algo más sencillo. He tomado el primero de los Preludios, Danseuses de Delphes, y lo he escuchado en todas esas versiones, y en orden cronológico de registro. Lo que he buscado es la evolución, no la calidad puntual, o menos la comparada. Y lo que he encontrado es que Debussy constituye un pozo sin fondo para los pianistas, para los intérpretes. Entre dos minutos y 57 segundos y tres minutos y 38 segundos de música, según la más rápida y la más lenta, es más que suficiente para darnos cuenta que estamos en otro mundo sonoro. Es muy poco tiempo para un discurso de semejante concentración sonora y, sin embargo, parece suficiente para bucear hasta el más profundo fondo en busca de los mil y un debussys que hay en Debussy y que se manifiestan en cada momento con un acento que acaba deviniendo en puro ejercicio sociológico.

Al principio, años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, se trataba de distanciarlo, a la manera brechtiana, de todo romanticismo posible. Y quizá tal vocación implicaba un cierto descuido en el color, en el aspecto del sonido, poco atractivo. A mi entender, la culminación del debate entre lo anti y lo pro estuvo en las soberbias e históricas interpretaciones de Michelangeli y Arrau, que además se grabaron casi al mismo tiempo. He aquí dos visones muy impresionistas, pero opuestas en su grado de acidez expresiva. Una diferencia que estaba sobre todo en el sonido. A mi entender, luego Zimerman profundizó en la línea de Michelangeli, aunque quizá a partir de un sonido todavía más objetivado, aunque para un discurso de dinámicas más expansivas, y quizá atractivas. El asunto se queda más o menos ahí desde entonces, en esa discusión permanente sobre la situación real de esta música en su contexto histórico, es decir, una música que apetece ser escuchada bajo un prisma sonoro moderno pero sin perder el espíritu y el misterio románticos. A propósito, Perianes tiene un disco en el que alterna músicas de Chopin y Debussy.  

Javier Perianes ya grabó esta música hace casi dos décadas, un disco no comercializado y editado por la Junta de Andalucía (que incluía además Alborada en Aurinx de Montsalvatge). Esto es, desde luego, otra cosa. Para mí tan otra cosa que les haré una confesión: me ha adentrado en el anterior juego porque al escuchar a esos delfos en la interpretación del onubense, he quedado tocado. Tanto, que he querido buscar, o más bien repasar, vivencias que siempre me  condujeron a la pura fascinación y que creía recordar como algo de marca única. No; no es así. Quedaba vida fuera de ese compendio de versiones de toda una vida, lo que confirmaba algo que, por un lado, ya sabía, que el piano de Debussy es de una riqueza sensorial sin límites, y, por otro, que en música, siempre, quedan cosas por decir.

Sería un estupidez afirmar que Perianes toca mejor que Michelangeli, Arrau, Zimerman o Barenboim, pero ya está bien con asegurar, cosa que hago sin que se me caiga nada al suelo, que frente a todos ellos este señor es dueño de un mundo personal distinto, que además es muy accesible porque es perfectamente comprensible y entendible. Y tan admirable como cualquiera de ellos. Y no sé si más hermoso. En esa pequeña experiencia me resultó especialmente resaltable el sonido, la gran gama existente en los ejemplos consultados. Y es en ese campo donde creo que Perianes plantea su batalla (ayudado por la extraordinaria grabación). Es algo que salta a la vista al proseguir la escucha de su disco, que sigue y sigue siendo igual de sorprendente a medida que avanza; que seduce preludio a preludio, hasta acabar en una especie de extenuación feliz y placentera con las tres  Estampes. El sonido, sí, pero como génesis de toda la música que se desarrolla en estos doce pequeños oasis de sensualidad y belleza. ¿Hay más cosas? Vamos a ver…

La pulsación, de una extraña redondez, que parece ha sido objeto de especial reflexión en este trabajo; el sutil planteamiento dinámico: el tempo, nunca sujeto a variaciones agógicas de efecto; fijo pero volátil; la flotante atmósfera creada por texturas que siendo tenues, ingrávidas, evolucionan hacia una solidez de implacable carácter; los silencios y el valor individual de las notas, que campan como pequeños universos independientes que tratan de buscarse los unos a los otros; la suspensión del tiempo. Y no sé cuántas cosas más. Todas esas impresiones (¡bendita palabra!) se van acumulando entre misterios sin desvelar y verdades adivinadas hasta un auténtico punto culminante y explosivo, no otro que el Preludio diez, La Cathédrale engloutie, que el maestro Perianes aborda como lo que es, un conjunto de arcos y bóvedas del que se van precipitando todas y cada una de las cosas que se puede hacer con un piano. Y de manera absolutamente magistral.

Este disco me ha ayudado a repasar ideas; me ha ayudado a comprender por fin ¿del todo? algo que siempre rondó en mi cabeza y que no había sabido racionalizar, quizá demasiado abducido por el pianismo clásico, hacia cuya estética declaro un total vasallaje: esta música constituye una milagrosa e irrepetible síntesis entre el espíritu del piano romántico (tan lleno de preguntas sin respuesta, de misterio y esquinas, etc.) y la belleza más abstracta y pura del sonido del instrumento. Pero tocada así. En caso contrario, tras la escucha continuaría en el mismo limbo de incertidumbres y desconocimiento de siempre.

Pedro González Mira

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