Bach es mi pastor, nada me falta
Repetir título no es casualidad y sí una mezcla de falta de capacidad para encontrar un título mejor y de absoluto convencimiento a la hora de adelantar conclusiones, porque si han leído antes alguna de estas críticas ya saben que Bach no se escucha, Bach se vive. Así, no ocultaremos que escribir sobre estas joyas es, aparte de muchísimo trabajo, un auténtico regalo, pues cada caja contiene una dosis importante de vida para los creyentes en Bach, y… ¿quién no lo es?
A mí me enseñaron de pequeño que hay que ser sinceros y honestos, así que sólo puedo plantear esta reseña honrando esas enseñanzas y admitiendo que no tengo nada nuevo que contar desde el punto de vista de la interpretación, porque está todo dicho y uno no es capaz de exprimir más a estos reyes Midas del universo Bach, que se instalaron en la perfección más humana y no se bajan de ella, por muchas Cantatas que registren. Y llevan muchísimas.
Así, en caso de que no tengan nada mejor que hacer, o sientan una mínima curiosidad por saber cómo se desarrolla este Er Lebt XVII, trataré de explicar algo tan complicado e intangible como la relación que tenemos con Bach y por qué estas grabaciones son algo más que un producto pluscuamperfecto, que no soy capaz de reflejar en este espacio, ni seguramente en dos vidas, porque entra de lleno en el campo metafísico, acertando con el equilibrio perfecto entre razón y emoción, pasión y mesura, técnica y musicalidad o espiritualidad y carnalidad. Amigos, es Bach.
Desde tierna edad, nos inculcaron en los conservatorios una imagen más bien difusa del Kantor, “niño, prohibido el pedal de expresión del piano, porque esto es un paradigma de seriedad, perfección técnica y rigor matemático…”. Pero pasan los años y uno se da cuenta de que Bach es eso, y también es mucho más que eso. Hay una espiritualidad extraordinaria, que empapa por igual el alma de los creyentes y la de los que no lo son, y hay una gama cuasi infinita de afectos, a veces evidentes y otras veces escondidos en el contrapunto más sutil o en una relación música texto que es de una unidad y fortaleza inquebrantables.
Las Cantatas (diría que casi todo Bach) son pasión por la vida, pasión por la música y son accesibles para todos los públicos, desde el lego que se acerca por primera vez y es automáticamente capturado por esas melodías celestiales, hasta el músico profesional rastreador de motivos contrapuntísticos y arcos infinitos, o el erudito musicólogo, ávido de encontrar la cuadratura del círculo en la cábala matemática más compleja. Las Cantatas son puro amor de Bach a la música y a la humanidad, un regalo que nos hizo desde la infinita bondad del que posee la revelación de la Música.
Y Lutz comprende a Bach. Lutz comprende esta música inabarcable. Lutz domina sus matices, es un bloque indivisible con su espíritu y es capaz de transmitir su visión a todos los que participan en semejante proyecto megalómano; ahí tienen la clave de que cada entrega de Bach Stiftung sea un regalo: un grupo de expertos entusiastas, que venera a Bach, conoce y ama lo que hace y es feliz transmitiéndolo al público. Sencillo de explicar, pero complicado de encontrar. La lectura y el espíritu que imprime Lutz al proyecto se me antojan particularmente perfectos, adecuados, en la justa medida de lo que humildemente pienso que a Bach le hubiera gustado. Miren, si no, las caras de los intérpretes, siempre las caras. Dicen tanto… son el espejo del alma y esta gente tiene el alma contenta cuando canta y toca.
Obviamente, no todo es pluscuamperfecto, porque el Stabat Mater de Pergolesi nos gusta mucho más como lamento mariano, que en este disfraz de parodia para pedir perdón por los pecados (BWV 1083). También echamos en falta la batuta de Lutz en BWV 76, con algunos desajustes y un espíritu más crudo que con el jefe del clan… Pero es por poner alguna pega insignificante a un producto redondo, una vez más.
Prefiero quedarme con lo sublime, que predomina en esta caja-tesoro que es Er Lebt XVII, como la BWV 123 y ese comienzo de absoluta dulzura en el diálogo a cuatro partes entre dos flautas y dos oboes d'amore, puro amor y comprensión del mundo. Cada nota tiene su peso específico, destinada a conformar un todo equilibrado y armónico. Esta música es la perfección del cosmos hecha partitura, prescindiendo del aburrimiento que da la perfección, porque va dirigida a encender los sentidos y activar el alma.
Siéntanlo también cuando la magnificencia del cantus firmus se une con la épica de las trompas en BWV 128, reconfortando al destinatario. Cada voz exhibe un discurso independiente, fluido e interesante como para escucharlo durante horas. Y estalla la grandeza del Kantor cuando todos esos discursos convergen en uno único, global, total, perfecto, con la grandeza del universo. Bach usa la limpieza, ternura y profundidad en las líneas del oboe d’amore para hablar del destino, de la metafísica, de lo que está escrito y no puede ser de otra forma. Bach es la voz superior que habla al alma del fiel, al alma del oyente, al alma del músico.
Y si quieren “heavy metal”, los metales festivos y el oboe da caccia de BWV 148 Bringet dem Herrn Ehre seines Namens, dan al Señor la gloria que anuncia el título. Confieso que esta la llevo en el coche bien fuerte, para evangelizar al mundo sobre la necesidad de escuchar a Bach. No nos olvidemos de la BWV 149, que ilustra su júbilo con una rica e inusual instrumentación de tres líneas de trompa, tres de oboe y timbales, propias de las grandes ocasiones. La ingente gama de colores se amplía con la Cantata profana BWV 204 Ich bin in mir vergnügt, sobre la satisfacción interior y el desprecio por las vanidades mundanas, de enorme dulzura, no exenta de momentos de desgarro emocional.
Ya hemos comentado anteriormente el éxtasis, la urgencia ineludible de destrozar la tumba en BWV 205, ese empuje imparable, la inexorabilidad del destino, la contundencia de los timbales y el temblor de los muros cayendo. O qué decir de la curiosa BWV 207, una Cantata secular de Bach, un dramma per musica compuesto para celebrar el nombramiento de un jurista, que cuando arranca la inusual marcha te inunda un sentimiento gozoso, con lógico recuerdo del Brandemburgo n. 1 (usa algunos de sus materiales) y que se recibe como un vendaval de alegría y gozo bachiano, particularmente representados en un aria divina, bien apoyada en un dúo celestial de traversos, para cerrar el tono festivo con un coral-marcha grandioso, con timbales y trompas, auténtica celebración de lo que verdaderamente importa: vivir Bach.
Álvaro de Dios