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Crítica - Y el verbo se hizo carne (CNDM)

Madrid - 04/12/2019

Llenar la sala de cámara del Auditorio Nacional (mientras, en la Sala Sinfónica, el popular Requiem de Mozart con la OCNE) con un programa monográfico del compositor luterano Dietrich Buxtehude, es signo de que algo está cambiando, tanto en la recepción de la Música Antigua como en la formación del público español. Es evidente que queda mucho camino por recorrer aún, pero al avance contribuyen, entre otras, iniciativas como la que lleva a cabo desde hace años el CDMN con el ciclo Universo Barroco: la difusión de repertorios anteriores a 1750 poco conocidos, de indudable calidad musical y en manos de intérpretes de primera fila tanto nacionales como internacionales. El viernes pasado asistimos a un nuevo ejemplo con el conjunto belga Vox Luminis. Fundado en 2004 por su director Lionel Meunier, presentaron en el Auditorio su último disco, Buxtehude Abendmusiken, galardonado con el  premio Gramophone 2019 a la mejor grabación de música coral.

El lugar de origen de Dieterich Buxtehude (o Dietrich) es incierto. Hijo del organista Hans Jensen Buxtehude, nació al parecer en la ciudad danesa de Helsingborg (actualmente Suecia) en 1637. Trabajó como organista en dicha ciudad y en Helsingør hasta que consiguió la plaza como organista de la Marienkirche de Lübeck en 1668, al  poco de morir su predecesor Franz Tunder. Los organistas tenían una buena consideración en Alemania, por lo que podían superar en sueldo y atribuciones el puesto de kantor, tal y como fue el caso de Buxtehude, quien se encargó a partir de 1673 de las Abendmusiken o reuniones vespertinas de Adviento. Iniciadas por Tunder y patrocinadas por empresarios de la próspera ciudad báltica, estos conciertos sacros se estuvieron celebrando en la Marienkirche hasta 1810 y tal fue su fama en vida del organista, que Händel y Mattheson asistieron a algunas y Bach recorrió pie -según cuenta la leyenda- los más de cuatrocientos kilómetros que separan Arnstadt, donde residía y trabajaba, y Lübeck para asistir a las míticas veladas. Permaneció allí tres meses en contra de la voluntad de sus patronos.

Tal y como rezan las notas al programa de Luis Gago, la figura de Buxtehude ha sido injustamente tratada por los primeros biógrafos de Bach. Considerado únicamente como organista y mero antecedente de Bach, no tuvieron en cuenta la faceta más original y visionaria de su obra, el fértil catálogo vocal que recoge todos los géneros vocales del momento (la cantata, el motete, el recitativo, el coral y el aria estrófica) y que se guardaba sin catalogar hasta finales del siglo XIX en la biblioteca de la Universidad de Uppsala. La importancia de Buxtehude en el desarrollo de la música alemana es fundamental, pues es puente de unión entre las innovaciones de la seconda prattica veneciana que fluyen hacia el norte de Europa a través del Polyhymnia caduceatrix de Praetorious, los Geestliche Koncerte de Schein, los Psalmen Davids y Symphoniae sacrae de Schütz, la Abendmusiken de Tunder hasta llegar finalmente a Bach. El estilo concertato es el hilo conductor que subyace y servirá para la exégesis de la Sagradas Escrituras en la música protestante, bien mediante el férreo corsé del cantus firmus del coral, bien mediante la interpretación subjetiva del compositor con melodías de nueva creación. Buxtehude combinará los dos recursos de forma magistral en sus cantatas, en las que sin duda el elemento principal es la estrecha unión entre música y texto y -como buen luterano- la expresión afectiva de éste como máxima prueba de fervor.

Teniendo como sólida base estos presupuestos y con la parquedad de medios y sobria puesta en escena que les caracteriza, Vox Luminis volvió a repetir el milagro. La plantilla de diez cantantes y seis instrumentistas impactaron con una presencia sonora que bien hubiera corrido libre por una acústica más reverberante. El grupo estuvo dividido en dos coros (SSATB) en los que se mezclaron los miembros más estables (Zsuzsi Tóth, Victoria Cassano, Jan Kullmann y Sebastian Myrus), con nuevas incorporaciones entre las que destacaron las sopranos Stefanie True y Anna Zawisza. Tras la inquietante introducción de notas repetidas en la cuerda (un anticipo del tormentoso comienzo de la Pasión según San Juan de Bach) se desarrollaron las distintas estrofas del Gott hilf mir, denn das Wasser geht mir bis an die Seele (BuxWV 34) alternando los ariosos para bajo o tríos de soprano y bajo con las partes corales. Aquí la voz de Sebastian Myrus quedó justa de armónicos, estrecha en el registro agudo pero se entrelazó de forma equilibrada en volumen y agilidad con las de Zsuzsi Tóth y Stefanie True, eficaces y brillantes en todo momento como sopranos I y II del primer coro.

El resto del programa alternó las piezas vocales con el Praeludium en mi menor (BuxWV 142), el monumental Passacaglia en re menor (BuxWV 161) y el Magnificat primi toni (BuxWV 204) y fueron interpretadas por otro de los pilares fundamentales, el organista Bart Jacobs. Virtuosístico en las secciones rapsódicas, destacando las distintas voces con inteligencia en los fragmentos de contrapunto, dio amplias muestras de su manejo con el pedalero y empleó una rica registración, que no siempre fue acertada para un tipo de órgano bien distinto al que pudo utilizarse en Lübeck y para el espacio relativamente reducido de la Sala de Cámara. El resto de las obras vocales, Befiehl den Engel (BuxWV 10), Jesu, meine Freude (BuxWV 60) y Herzlich lieb hab’ich dich, Oh Herr (BuxWV 41) -con la sobrecogedora presentación del cantus firmus coral con las sopranos- supieron realmente a poco. Las diez voces alternaron con fluidez y naturalidad las partes solísticas con los tutti llenos, de una sonoridad pujante, cálida, redondeada y afinada hasta la perfección. El grupo instrumental a la altura en todo momento en destreza y calidad sonora vocal, sobresalió por su fraseo expresivo y milimétricamente acorde con el conjunto vocal. Destacaron Tuomo Suni y Jacek Kurzydlo como violines I y II respectivamente, Benoit Vanden Bemden (violone) , y Anthony Romaniuk (órgano positivo) en el continuo, repartiendo el peso de la dirección con Lionel Meunier.

Pero lo más importante se esconde tras la apabullante perfección técnica y calidad sonora. El abandono del ego de intérprete para expresar, no ya la intención del compositor, sino el sentido último del texto. La expresión teológica y afectiva de la Palabra es clave en la recuperación histórica de la música luterana del Barroco. Esta cualidad, que es el sello de distinción de Vox Luminis, quedó patente con la clarísima dicción del alemán y la expresividad que sólo posible conseguir con un profundo conocimiento de la retórica. Las miradas entre ellos y el balanceo de sus cuerpos con una misma intención y sentimiento, despertaron las mismas pasiones en el público que, asombrado, conmocionado, vitoreó al conjunto vocal hasta que regaló como propina el dulce Jesu, meinen Lebens Leben (BuxWV 62). Olvidándose de sí mismos ofrecieron lo mejor, dar paso a la palabra y a la plasmación afectiva de ésta,  sin la cual un concierto de estas características queda desprovisto de alma.

A dos días de Adviento, Vox Luminis consiguió que recordáramos las palabras el Evangelio de San Juan: “Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.”

Mercedes García Molina


Vox Luminis / Lionel Meunier, bajo y dirección.
Abendmusiken de Dieterich Buxtehude.
Ciclo Universo Barroco, CNDM.
Auditorio Nacional de Música, Madrid. 29/11/2019. 

Foto © Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) - Elvira Megías

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