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Crítica / Una Traviata imperfecta conmueve al público cántabro - por Darío Fernández Ruiz

Alberto Aja - 21/09/2026

En tiempos de presupuestos forzosamente modestos, recuperar la ópera para la temporada habitual del Palacio de Festivales de Cantabria supone un empeño tan arriesgado como digno de agradecimiento. Isabel Ibarra y Cristina Presmanes merecen, por ello, un reconocimiento expreso: no solo han devuelto el género al lugar que le corresponde en la programación del teatro, sino que han permitido a los espectadores más longevos recordar aquellos buenos tiempos de Juan Calzada y Román Calleja, cuando la ópera mantenía una presencia regular en Santander.

Vaya por delante que esta Traviata no fue perfecta, pero es que pocas cosas verdaderamente vivas lo son. Las irregularidades no impidieron que se alcanzasen momentos de intensa verdad dramática, como, por ejemplo, el gran dúo entre Violetta y Giorgio Germont o el concertante que cierra el segundo acto. Principal artífice de la cohesión y el nivel musical de la representación fue Miquel Ortega. Presencia habitual en aquellas temporadas líricas que ahora recordamos, regresó al foso del Palacio de Festivales al frente de la correcta Orquesta Sinfónica de Bilbao y ofreció una versión muy inspirada, personal y cuidadosamente depurada de la partitura verdiana. Trazó con transparencia los preludios, pero destacó más por la extraordinaria variedad de acentos y atmósferas que supo imprimir al discurso global, particularmente perceptible en los dúos de los actos segundo y tercero, donde priorizó dibujos y timbres que no habíamos escuchado antes. Ortega mantuvo un ajuste permanente, al milímetro y al milisegundo, entre el foso y el escenario. Fue un acompañante atento a las voces y, al mismo tiempo, un verdadero narrador, capaz de dotar de sentido propio al tejido orquestal. Respiró con los personajes, anticipó sus temores y sostuvo sus estallidos; se le agradece, además, que incluyese las cabalettas «O mio rimorso» y «Non udrai rimproveri», aunque ambas se ofrecieran sin repetición. El mayor reparo que podría ponérsele fue el tempo del coro de las gitanas, que se nos hizo un punto demasiado lento.

La segunda función, que es la que se comenta, estuvo condicionada por la indisposición de Sabina Puértolas, que únicamente pudo cantar la primera, y la incorporación de ultimísima hora de Maylin Cruz. La joven soprano cubana obtuvo un absoluto triunfo personal, refrendado al final por una tremenda ovación, numerosos espectadores puestos en pie y bravos por doquier. Más allá del titubeante comienzo, su actuación, asumida en circunstancias excepcionales, merece admiración por la entrega y la creciente autoridad con las que sostuvo un papel tan exigente.

Cruz posee una voz de soprano lírica de apreciable cuerpo y capacidad para imponerse en el escenario. Alcanzó sus mejores resultados en el segundo acto, especialmente en el enfrentamiento con Germont, donde canto y actuación confluyeron en una escena muy convincente. Sin embargo, nos parece que debería prestar mayor atención a la expresión mediante el canto de la evolución psicológica —y, en este caso, también física— del personaje. Violetta no solo cambia de estado de ánimo: se despoja sucesivamente de su máscara social, renuncia a su felicidad y se encamina hacia su muerte. Esa transformación exige contrastes dinámicos, refinamiento en el fraseo, intimidad en la emisión y un empleo sutil del color vocal. En el tercer acto faltó parte de ese trabajo fino. Es razonable pensar que la causa estuviera en la premura extrema de su incorporación, que difícilmente podía permitir una elaboración minuciosa del personaje dentro de esta propuesta concreta. Su éxito, con todo, fue legítimo.

Andrés Sánchez-Joglar mostró como una poderosa vis dramática como Alfredo, especialmente en la escena de la fiesta de Flora. Su voz posee mimbres de interés: el timbre es cálido, vibrante, denso, compacto y más adecuado para papeles de mayor peso. Canta con pulcritud, cierta elegancia y moderados toques de apasionamiento. Su emisión se vio, no obstante, lastrada por un discutible uso de la gola, con la consiguiente oclusión del sonido, que no termina de resultar redondo ni brillante.

Mario Cassi compuso un Giorgio Germont de bello timbre, dicción clara, agudo fácil y muchas tablas. Comprendió bien la transformación del padre que llega dispuesto a juzgar a Violetta y acaba reconociendo su grandeza moral. De hecho, su escena con Cruz constituyó el corazón dramático de la noche.

Medea Chikashvili (Flora), Miguel Ferrando (Doctor Grenvil), Alejandro von Büren (Marqués de Obigny) y Emilio Suárez (Barón Douphol) aportaron la presencia requerida. Conviene subrayar, asimismo, el significativo y meritorio componente local del reparto: Jesús Lavid como Gastone, Noemi López Vázquez como Annina, Javier Díez Herranz como Giuseppe y Pablo Gómez como Comisario.

El montaje procedente del Teatro Municipal de Piacenza, concebido por Roberto Catalano y repuesto por Anna Laura Miszerak, demostró que la eficacia teatral no depende necesariamente de la ostentación. Sin pretender reinventar la rueda, jugó inteligentemente con los espacios y la luz, narró con claridad y permitió que el drama respirase. El Coro Lírico de Cantabria, dirigido por Elena Ramos, obtuvo un sonoro éxito en una obra en la que goza de un cometido de gran relevancia. Especial mención merece su decisivo papel en el concertante final del segundo acto, tanto por lo musical como por la feliz solución escénica de Roberto Catalano y Anna Laura Miszerak. Allí, mientras aseguran a Violetta que se encuentra entre amigos que comparten su dolor, los coralistas permanecen estáticos y físicamente distantes de ella: una aparente disfunción entre palabra y obra que revela con fina inteligencia la hipocresía de ese círculo social, que a partir de ese momento dará la espalda a la desdichada protagonista.

El resultado global confirmó, en definitiva, que un presupuesto limitado no tiene por qué conducir a una experiencia artística menor. No fueron pocos los aficionados que, valorando las dificultades económicas que entraña cualquier producción lírica, quisieron reconocer con una cálida y por momentos estruendosa ovación la capacidad de obtener buenos resultados sin disponer de muchos medios. Y es que cuando existen criterio, oficio, compromiso y una dirección musical de la categoría demostrada por Miquel Ortega, la ópera vuelve a cumplir su misión: transfigurar durante unas horas la pálida y gris realidad en una emoción luminosa y compartida.

Darío Fernández Ruiz

 

Maylin Cruz, Andrés Sánchez-Joglar, Mario Cassi, barítono y otros.

Orquesta Sinfónica de Bilbao / Miquel Ortega.

Coro Lírico de Cantabria / Elena Ramos.

Escena: Roberto Catalano (dirección), Anna Laura Miszerak (reposición), Mariana Moreira (escenografía), Veronica Pattuelli (vestuario), Silvia Vacca (iluminación).

La Traviata de Verdi

Sala Argenta del Palacio de Festivales de Cantabria, Santander

 

Foto © Alberto Aja

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