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Crítica / Un Réquiem de Verdi llevado por el fuego del teatro - por Juan Carlos Moreno

Barcelona - 05/11/2026

Nicola Luisotti es uno de esos directores que no saben de medias tintas. Dotado de un instinto dramático incuestionable y de un temperamento arrollador, no teme arriesgar, lo que convierte sus interpretaciones en algo vívido y profundamente impactante. La Messa da Requiem de Verdi le va como anillo al dedo, como pudo apreciarse el pasado 3 de noviembre en el Gran Teatre del Liceu.

Sin batuta y a través de una gestualidad expansiva y elocuente, Luisotti supo sacar lo mejor de la orquesta y el coro titulares del Liceu. Su lectura fue así de una riqueza de acentos extraordinaria, ya desde ese inicio en el que sorprendió por el extremo cuidado con que fue dando forma a la música desde el silencio y por unas primeras intervenciones del coro entonadas de un modo más próximo al habla que al canto, como si de Schönberg o Penderecki se tratara.

La intensidad no se negociaba, pero tampoco el matiz, ya fuera un trémolo de los violines en pianissimo o ese inesperado suspiro con el que Luisotti hace que el coro cierre la obra. De lo que se trataba, en suma, era de resaltar los contrastes de una partitura que, más allá de su inspiración sacra, está atravesada de principio a fin por el nervio teatral de Verdi.

Hubo así estallidos de rabia, desesperación y ansias de rebelarse contra el destino, pero también momentos para el recogimiento, la paz y la esperanza. En la Sequenza, la contundencia aterradora del Dies irae y el Tuba mirum y el grito estremecedor “Salva me” del Rex tremendae contrastaban con la dulzura del Quid sum miser o la milagrosa belleza del Lacrymosa. El Offertorium fue un prodigio de delicadeza, lo mismo que el Lux aeternam del Communio, todo para culminar en un Libera me planificado con mano maestra.

Las secciones del coro brillaron a gran nivel, incluso en esas partes dominadas por una escritura contrapuntística que no es la habitual en la escena operística. Cantaron con fuerza, incluso con fiereza, pero manteniendo siempre la cohesión y mostrando una flexibilidad encomiable. La orquesta respondió de forma no menos eficiente a la enérgica gestualidad de Luisotti, sobre todo la cuerda, que fue exigida al máximo.

Una obra como esta necesita de solistas de altura, y el cuarteto escogido lo era, como demostró tanto en sus intervenciones conjuntas como en los pasajes en solitario. El bajo Christian Van Horn abordó con la autoridad necesaria el Mors stupebit, mientras que la mezzosoprano Aigul Akhmetshina destacó por su buena línea en el Liber scriptus. Freddie De Tommaso, por su parte, mostró que es un tenor verdiano de referencia en el modo en que sorteó las dificultades del Ingemisco y destacó su belleza, aunque en el Hostias trató de apianar tanto la voz, que la emisión se vio afectada.

En cuanto a la soprano Lise Davidsen, poco que decir. Su instrumento es excepcional y no lo es menos su inteligencia interpretativa, de ahí un Libera me que fue un compendio de emociones y sensibilidad hasta culminar en una última frase recitada de una forma que expresaba más aceptación y serenidad que rebeldía o resignación.

El concierto estuvo dedicado a las víctimas del accidente ferroviario de Urda.

Juan Carlos Moreno

 

Lise Davidsen, Aigul Akhmetshina, Freddie DeTommaso, Christian Van Horn.

Cor i Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu / Nicola Luisotti.

Réquiem, de Verdi.

Gran Teatre del Liceu, Barcelona.

 

Foto © Sergi Panizo

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