Después de dirigir en el Covent Garden una puesta de Christoph Loy, Antonio Pappano grabó con la orquesta de la casa un Tristán e Isolda de elenco estelar encabezado por Domingo y Stemme. La ventaja de la versión de concierto de la obra, que once años después Pappano acaba de presentar en el Barbican de Londres, es que en este caso no sólo contó con una mejor orquesta (una Sinfónica de Londres en la actualidad superlativa), sino que pudo confrontar la obra sin los obstáculos puestos por una versión escénica antojadiza.
En este caso la confrontación fue arrolladora, tal vez excesivamente enfatizada, pero superlativa por su variación cromática y de dinámicas y por su acabado detalle orquestal. Tanto los sforzando del celebérrimo “acorde Tristan” al comienzo, como los que acompañan la contrita presentación de este héroe ante Isolda en el primer acto fueron magistralmente graduados, bien en consonancia con el ahogo de esa Isolda que en medio de su histeria inicial pide desesperadamente aire (“Luft! Luft!”). Con similar intensidad emergió la sombría nota grave de clarinete apoyado en cuerdas al final del preludio, justo antes de la canción a capella del marinero. Gracias a la enfática diferenciación puesta en este tipo de contrastes, la obra fue afianzando progresivamente su carácter premonitorio hasta la resolución final, en la cual aquellos angustiosos “Luft” logran rimar con ese “Lust” (deleite) con que Isolda logra responder al dilema de amor y muerte propuesto por esta obra incomparable.
En medio del Tsunami desencadenado por Pappano nadó la Isolda de Sara Jakubiak, una soprano lirico dramática de timbre brillante e impostado con una solidez de acero que permite compararla con Helen Traubel. En lugar del reflexionado distanciamiento con que muchas sopranos cantan la transfiguración final, Jakubiak decidió protestarla como un alegato espetado al público con apasionado dramatismo: “¡Mírenlo amigos!... ¿no ven como resplandece?... ¡mírenlo!…”. El efecto fue electrizante y acreditó a la primera Isolda de Jakubiak con una convicción similar al de Lisa Davidsen y Malin Byström que también debutaron en este rol en Barcelona y Amsterdam. Tal vez un poquitín menos de pasión, y un fraseo más intensamente articulado en pasajes que piden más mezzo piano que forte sean requerimientos a cultivar por la formidable Jakubiak a través de un rol cada vez más insondable cuanto más se lo interpreta.
La Brangaene de Marina Prudenskaya no se quedó atrás en intensidad y robustez dramática y desafió los extremos estados de ánimo de su ama con asertivos parlando y una expresividad segura en su confrontación del primer acto y su desesperada plegaria en el segundo.
El tercer gran cantante, y también el más completo por su calidez de timbre, fraseo e interpretación dramática fue Franz-Joseph Selig. Es raro escuchar un Marke tan convincente en las variadísimas inflexiones de su extenso monólogo; y al final de éste, en la explosión emotiva del reproche a Tristán que define el dilema central de toda la obra: ¿por qué esta afrenta? ¿Quién puede sondear este abismo inescrutable? (“warum mir diese Schmach? Den unerforschlich tief geheimnisvollen Grund, wer macht der Welt ihn kund?”).
También Clive Hilley se apasionó hasta el punto de agarrarse desesperadamente a la baranda del podio orquestal durante el monólogo del tercer acto como un Tristán que interpretó sin partitura y con consumado histrionismo. Todo ello con una voz siempre firme y segura, pero con menos fuerza de proyección que la lograda por sus colegas. Excelentemente proyectado en cambio estuvo el Kurwenal de Gyula Orendt, un cantante excepcional tanto por su la combinación de densidad y claridad de timbre como por la intencionalidad de su fraseo.
Agustín Blanco Bazán
Clay Hilley, Sara Jakubiak, Marina Prudenskaya, Franz-Josef Selig, Gyula Orendt, Neal Cooper...
Coro Sinfónico y Orquesta Sinfónica de Londres / Antonio Pappano.
Tristán e Isolda de Richard Wagner.
Londres, sala de conciertos del Barbican.
Foto © Mark Allan